Karateka: por fin una película que nos representa

Nov 8, 2026

La película de Sandra Sánchez consigue algo que parecía difícil: llevar el kata a la gran pantalla sin desvirtuarlo y convertir una pasión que compartimos unos pocos en una historia capaz de emocionar a cualquiera.

Por David Cruz | Dojo Digital

A quienes vivimos el karate nos ocurre algo curioso. Podemos pasar horas hablando de una competición, de un kata o de ese pequeño detalle técnico que llevamos semanas intentando perfeccionar. Pero encontrar a alguien fuera de nuestro entorno que comparta ese entusiasmo no resulta precisamente sencillo.

El fútbol está presente en cualquier conversación. El baloncesto tiene sus grandes ligas y estrellas internacionales; el tenis cuenta con figuras que trascienden su propio deporte; el ciclismo y la Fórmula 1 movilizan a millones de aficionados, y las artes marciales mixtas han conquistado un espacio creciente en el entretenimiento y la cultura popular.

Sin embargo, el karate, especialmente el kata de competición, apenas consigue salir de su propio entorno. A veces, cuando empezamos a hablar de nuestra pasión, tenemos la sensación de que quienes nos rodean piensan: «Ya están otra vez estos con el karate».

Quizá por eso esperaba Karateka con tantas ganas. Porque, por una vez, alguien iba a contar una historia sobre nuestro deporte. Sobre el karate que practicamos, el que vemos en los campeonatos, el que entrenamos durante horas y que tantas veces nos cuesta explicar a quienes nunca han pisado un tatami.

Y después de verla, tengo una sensación muy clara: esta es una película que nos hace sentir orgullosos de ser karatekas.

Una película de karate. De karate de verdad.

Reconozco que llegué al cine con ciertos prejuicios. Sabía que Sandra Sánchez y Jesús del Moral habían participado activamente en el proyecto y conocía el esfuerzo de preparación de los actores. Pero tenía mis dudas.

Quienes practicamos karate nos hemos acostumbrado a ver películas y series que utilizan nuestro deporte como punto de partida para construir algo que, finalmente, poco tiene que ver con él.

Karate Kid forma parte de la cultura popular y Cobra Kai ha contribuido a mantener vivo el interés por las artes marciales. Pero son producciones que se toman enormes libertades técnicas y deportivas. Incluso hemos visto películas tituladas Karate Kid en las que el karate prácticamente desaparecía para dejar paso al kung fu.

Con Karateka ocurre algo diferente.

Aritz Moreno ha entendido que no hacía falta reinventar el karate para contar una buena historia. No necesitaba introducir técnicas imposibles ni transformar nuestro deporte en un espectáculo ajeno a su realidad.

Ha hecho algo mucho más difícil: respetarlo.

Y ese respeto se percibe en los entrenamientos, en la preparación de las competiciones, en el lenguaje de los protagonistas y, especialmente, en el tratamiento del kata.

Por fin podía ver una película de karate sin estar constantemente pensando que aquello que aparecía en pantalla no tenía nada que ver con el deporte que conozco.

El kata también es arte. Y también puede emocionar.

Hay algo que quienes practicamos kata conocemos perfectamente, aunque a veces nos resulte difícil explicarlo: ¿qué tiene esta disciplina para atraparnos tanto?

¿Por qué dedicamos horas y horas a repetir una secuencia de movimientos? ¿Por qué seguimos buscando un pequeño ajuste en una posición, una transición más limpia o una ejecución que se acerque un poco más a lo que tenemos en la cabeza?

La película consigue transmitir parte de esa fascinación.

Y lo hace, en buena medida, a través de Jesús del Moral.

La interpretación de Patrick Criado me parece uno de los grandes aciertos de la película. Su personaje refleja una manera de vivir el karate que a muchos nos resultará familiar: la exigencia permanente, la búsqueda del detalle y esa obsesión por perfeccionar algo que para cualquier observador ajeno podría parecer insignificante.

En determinados momentos, Jesús puede parecer casi un personaje extravagante. Pero quienes estamos metidos en este mundo reconocemos perfectamente esa pasión. Y quizá también nos reconozcamos un poco a nosotros mismos.

Andrea Ros realiza igualmente un trabajo extraordinario interpretando a Sandra Sánchez. Consigue transmitir la determinación, las dudas y el carácter de una deportista que debe luchar para hacerse un hueco cuando muchos consideran que su oportunidad ya ha pasado.

Uno de mis mayores temores era precisamente el tratamiento técnico. Resulta prácticamente imposible que una actriz, por mucho que entrene, pueda reproducir en poco tiempo la ejecución de una campeona olímpica.

Y aquí la producción ha encontrado una solución inteligente.

Andrea Ros se sometió a una intensa preparación física y técnica, mientras que la propia Sandra participó en la ejecución de los kata, integrados posteriormente mediante efectos digitales que permitieron sustituir su rostro por el de la actriz.

En las ejecuciones de mayor nivel se aprecia esa calidad de movimiento, esa precisión y esa coordinación que no pueden adquirirse simplemente aprendiendo una coreografía.

También merece reconocimiento la dirección de Aritz Moreno. La competición consigue transmitir tensión y emoción sin necesitar un enfrentamiento físico entre dos deportistas. El propio kata, bien filmado, se convierte en espectáculo.

Y eso tiene muchísimo mérito.

La competición también se juega antes de entrar al tatami

Otro de los aspectos que más he disfrutado es la importancia que concede la película a la estrategia competitiva.

Quienes competimos en kata conocemos esa impaciencia por consultar los cruces, estudiar a los posibles rivales y decidir qué kata utilizar en cada eliminatoria. La película traslada ese proceso al máximo nivel.

La preparación de la final olímpica frente a la japonesa Kiyou Shimizu muestra que detrás de una ejecución de apenas unos minutos existe un trabajo estratégico enorme.

Y aquí aparece uno de los momentos más interesantes de la historia: Sandra y Shimizu terminaron ejecutando el mismo kata, Chatanyara Kushanku, en la final de Tokio.

El resultado real fue de 28,06 puntos para Sandra frente a los 27,88 de su rival japonesa.

Dos deportistas extraordinarias, el mismo kata y una medalla olímpica en juego.

Me ha gustado especialmente cómo la película representa la relación entre ambas competidoras. No necesita convertir a la japonesa en una enemiga para construir una rivalidad apasionante.

Hay competición, admiración y respeto. Y eso también forma parte del karate.

La pasión del deportista frente a las decisiones federativas

Hay otro aspecto en el que considero que la película ha sido especialmente valiente: su tratamiento de las dificultades de Sandra Sánchez en su relación con la Federación Española de Karate.

El guion no se limita a mostrar entrenamientos, victorias y medallas. También aborda los desacuerdos y obstáculos que pueden surgir cuando las aspiraciones de un deportista chocan con las decisiones de las estructuras deportivas.

Es una dimensión menos visible del alto rendimiento, pero que merece espacio en una historia como esta.

La película plantea preguntas interesantes sobre los criterios de selección, las oportunidades y el peso de la edad en la carrera de un deportista.

Agradezco que la película no esquive un asunto delicado y permita al espectador reflexionar sobre las dificultades que pueden existir más allá del tatami.

Porque las carreras deportivas no dependen exclusivamente del talento, el esfuerzo o los resultados. También se desarrollan dentro de estructuras y decisiones que forman parte de su realidad.

Sandra Sánchez, más allá de las medallas

Resulta difícil acercarse a esta película sin sentir una simpatía especial por Sandra Sánchez.

Su palmarés habla por sí solo. Campeona del mundo, de Europa y olímpica. Una deportista que llegó a lo más alto cuando otros consideraban que su carrera ya debía estar terminando.

Pero hay algo más.

En Dojo Digital hemos tenido la oportunidad de entrevistarla y comprobar su cercanía y disposición a colaborar con un medio pequeño como el nuestro. Son detalles que dicen mucho de una deportista que, pese a todo lo que ha conseguido, sigue mostrando una atención especial hacia la comunidad del karate.

Es inevitable que esa cercanía haga que uno desee que la película funcione y que su historia llegue lo más lejos posible.

Pero una cosa es querer que una película sea buena y otra muy diferente es salir del cine convencido de que realmente lo es.

Y Karateka me ha convencido.

No solo por Sandra, sino porque Aritz Moreno y su equipo han sabido convertir su trayectoria en una historia cinematográfica que funciona por sí misma.

Una historia para todos, no solo para karatekas

Este es, probablemente, el mayor acierto de la película.

Quienes practicamos karate encontramos infinidad de detalles con los que identificarnos. Reconocemos los entrenamientos, la preparación de los kata, las preocupaciones competitivas y esa obsesión por seguir mejorando que tantas veces resulta incomprensible desde fuera.

Pero Karateka no necesita que el espectador sepa nada de nuestro deporte.

Quien nunca haya entrado en un dojo encontrará una historia de amor, sacrificio, superación, rivalidad y perseverancia. Encontrará personajes con los que identificarse, situaciones que le harán sonreír y momentos capaces de emocionarle.

La película utiliza recursos reconocibles del cine deportivo, pero lo hace con ritmo, buenas interpretaciones y una puesta en escena que consigue que el espectador se interese por algo que quizá nunca había visto: una competición de kata.

Y eso es lo verdaderamente importante.

No han tenido que distorsionar el karate para acercarlo al gran público. Han conseguido acercar al gran público al karate.

Una película que necesitábamos

No sé si Karateka será recordada como una de las grandes películas deportivas del cine español. Eso lo decidirán el tiempo y los espectadores.

Pero sí tengo claro que, para quienes vivimos este deporte, tiene un significado especial.

Estamos acostumbrados a que nuestra pasión apenas tenga presencia fuera de los campeonatos, los dojos y las conversaciones entre karatekas. A emocionarnos con cosas que buena parte de quienes nos rodean no comprende.

Y de repente aparece una película que consigue contar todo eso con respeto, emoción y una calidad cinematográfica más que notable.

Quizá lo más importante de Karateka no sea únicamente que los karatekas nos sintamos representados.

Quizá sea que, después de verla, quienes no practican karate puedan entendernos un poco mejor.

Y eso, para un deporte que tantas veces ha tenido que conformarse con sucedáneos cinematográficos, es muchísimo.

Por eso salí del cine con una sensación que va más allá de haber disfrutado de una buena película.

Salí orgulloso de ser karateka.

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