Este sábado, el pabellón de Adra (Almería) acogió un curso de katas que tuvo como maestro invitado a César Capitán Bernal, 8º Dan, Director del Departamento de Karate Tradicional de la Federación Andaluza y fundador del Club Do Karate. El evento, organizado por el Club de Karate Scorpio, convirtió la mañana en un punto de encuentro para karatekas de todas las edades y niveles, unidos por una misma pasión: el kata.
Nada más entrar, el espacio impresionaba: un tatami blanco impecable ocupaba el centro del pabellón, dotando al lugar de una presencia elegante y solemne. A pesar del calor intenso y la humedad propios de esta época en Adra, el ambiente se mantenía cargado de energía y cordialidad. Participantes desde los cinco años hasta veteranos de más de sesenta compartían tatami, cinturones amarillos junto a cinturones negros, e incluso karatekas llegados del extranjero. La organización del Club Scorpio, impecable, cuidó los detalles y hasta incluyó sorteos de material para cerrar la jornada.
Durante tres horas (de 9 a 12), César Capitán no solo dirigió un curso, sino una auténtica clase magistral. El eje central fue el kata Nijushiho, aunque no se trató de una mera repetición de movimientos. A través de él, el maestro desgranó aspectos esenciales del karate tradicional: la importancia de los tobillos, el control del centro de gravedad y el descenso desde el inicio manteniendo un eje vertical, para después ir desplazándose suavemente, rozando el tatami con el dedo gordo del pie hasta ejecutar la posición y la técnica con precisión. Al final, hubo también un breve acercamiento al Gojushiho Dai.

En determinados momentos, César hizo comentarios interesantes sobre las diferencias entre karate deportivo y karate tradicional. Reflexionó sobre cómo, aunque las modas pueden aportar elementos útiles, es importante que el karateka adapte el kata a su propio estilo, imprimiéndole un toque personal que lo diferencie. Esa idea —hacer el kata tuyo— fue uno de los mensajes más inspiradores de la jornada.
Algo que destacó especialmente fue la manera en que César explicaba cada movimiento. No solo transmitía el carácter del karate, sino que sus correcciones dejaban ver un dominio profundo del cuerpo humano, la anatomía y los principios de la educación física. Cada indicación, ya fuera sobre la posición de las escápulas o la movilidad de la pelvis, estaba cargada de intención pedagógica, con la claridad de quien sabe enseñar y la precisión de quien comprende en profundidad lo que está transmitiendo.
Llamó también la atención el papel de varios jóvenes alumnos suyos, de no más de diez años, que participaron en las demostraciones. Su nivel técnico era altísimo, reflejo de la exigencia y calidad del trabajo que se desarrolla en el Club Do Karate. Y aunque César delegó en ellos muchas explicaciones visuales, él mismo ejecutó fragmentos de los katas, mostrando que su nivel técnico sigue siendo elevado a pesar de los años.

Más allá de la técnica, destacó su cercanía y humanidad. Trató a todos con la misma atención, conversó con los participantes en los descansos y transmitió una sensación de apertura que rompe cualquier barrera maestro-alumno. Esa humildad, viniendo de alguien con su experiencia y reconocimiento, no solo honra su figura, sino que eleva la experiencia formativa.
Las tres horas pasaron volando, incluso bajo un calor sofocante. Salí del curso con la sensación de haber aprendido detalles que mejorarán mi práctica diaria y, sobre todo, con la confirmación de que el karate no es solo técnica: es también actitud, conexión y respeto por la tradición.
Y si el tatami vuelve a reunirnos con César Capitán en un futuro, ahí estaré. Sin dudarlo.

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