Por David Cruz.
Hay caminos que no se trazan con mapas, sino con sudor, disciplina y respeto.
El karate —ese arte que millones practican cada día en los tatamis del mundo— nació mucho antes de tener un nombre. Nació del silencio, del miedo y de la necesidad.
Y su historia, tejida entre templos chinos, islas de Okinawa y gimnasios universitarios en Tokio, es también la historia de la evolución del ser humano: de la guerra al equilibrio, del instinto a la conciencia.
Raíces antiguas: cuando el combate era supervivencia
Antes de que existiera la palabra karate, los hombres ya luchaban. En el antiguo Japón, el Kojiki —el libro más viejo de su historia— describe un duelo a mano desnuda entre dos dioses, Nomi no Sukume y Taima no Kehaia. El combate terminó con la muerte de uno de ellos de una patada. Así nació el sumo primitivo, una lucha sin reglas, sin protecciones y sin más ley que la de sobrevivir.
Siglos más tarde, en la China milenaria, los templos Shaolin se convirtieron en los centros de una disciplina que unía cuerpo y espíritu. Allí, según la leyenda, el monje indio Bodhidharma (Daruma) enseñó ejercicios respiratorios y de fortalecimiento a los monjes que no soportaban las largas horas de meditación. Aquellos movimientos —más espirituales que combativos en sus inicios— fueron la semilla de lo que después se conocería como Kenpo Shaolin, el puño del templo.
Con el tiempo, los monjes se vieron obligados a defender sus templos de bandidos y soldados, desarrollando técnicas de golpeo, proyecciones y defensa sin armas. De ahí nacieron los estilos del norte, con amplios desplazamientos, y los del sur, más cortos y potentes, característicos de la provincia de Fujian. Sería precisamente desde allí desde donde partirían las raíces que llegarían a Okinawa.
De China a Okinawa: el arte prohibido
El archipiélago de las Ryukyu, hoy prefectura japonesa de Okinawa, fue durante siglos un punto de encuentro entre culturas. Sus reyes mantenían la paz enviando tributos a China, y los emisarios chinos, al llegar, traían consigo su conocimiento marcial.
Aquellos soldados e instructores de Fujian enseñaron su arte a los isleños: el Kenpo chino, que allí se conocería como Tô-de (“mano de China”), mientras que las técnicas autóctonas recibirían el nombre de Te (“mano”). De esa fusión —la del Te y el Tô-de— nacería el germen del karate.
Pero su desarrollo no fue fruto de la curiosidad, sino de la prohibición.
A comienzos del siglo XV, el rey Sho Shin prohibió portar armas a los nobles locales para mantener la paz. Doscientos años después, el clan Satsuma de Japón invadió las islas y repitió el decreto: ninguna espada, ninguna lanza, ni siquiera cuchillos grandes.
Desarmados, los okinawenses transformaron herramientas agrícolas en armas —naciendo así el kobudo— y convirtieron su cuerpo en su única defensa.
Cada puño se volvió un arma.
Cada respiración, una estrategia.
Y cada movimiento, una forma de preservar la vida.
Los tres corazones del karate: Shuri, Naha y Tomari
Okinawa dio origen a tres escuelas fundamentales, tres formas de entender el combate que marcarían el destino del karate:
Shuri-te: la espada invisible
Nacido en la capital real, Shuri, era el estilo de los nobles guerreros. Su principal arquitecto fue Sokon Matsumura (1792-1896), maestro de maestros, conocido como Bushi Matsumura. Había estudiado en Japón la escuela de sable Jigen-Ryu, famosa por su golpe único y decisivo.
De ahí heredó la idea de que un solo ataque —bien ejecutado— debía ser suficiente.
De Matsumura aprendió Anko Itosu, quien simplificó y adaptó el arte para enseñarlo en las escuelas, creando los cinco katas Pinan (Heian). Su decisión transformó un arte de guerra en una herramienta de educación física y moral.
Naha-te: el aliento de la grulla blanca
En la ciudad portuaria de Naha, Kanryo Higaonna viajó a China para estudiar durante quince años los secretos del boxeo del sur. Aprendió el Hakutsuru Ken, el boxeo de la grulla blanca, y lo adaptó al cuerpo y espíritu okinawense. Su discípulo Chojun Miyagi sintetizó sus enseñanzas en un estilo equilibrado entre la dureza (Go) y la suavidad (Ju): el Goju-Ryu.
Miyagi no solo creó nuevos katas como Tensho o Gekisai Dai Ichi, sino que dio al karate una identidad espiritual profunda. “Todo en el universo respira duro y suave”, decía. Así bautizó su escuela: Goju-Ryu, “lo duro y lo suave”.
Tomari-te: el puente entre dos mundos
En el pueblo de Tomari surgió un estilo que mezclaba lo mejor de los otros dos. Sus maestros, como Kosaku Matsumora o Chotoku Kyan, refinaron katas como Sochin, Niseishi y Unshu. Este estilo, aunque menos conocido, fue decisivo para el desarrollo de la fluidez y la elegancia en el karate posterior.
La expansión: del secreto al mundo
Durante siglos, el karate fue un arte secreto. Los maestros enseñaban de noche, en patios cerrados, solo a unos pocos alumnos. Las técnicas se transmitían en los katas, secuencias que guardaban el conocimiento prohibido bajo apariencia de danza.
Todo cambió con Anko Itosu. En 1901 logró introducir el karate en las escuelas públicas de Okinawa. Aquel gesto fue revolucionario: el arte que había nacido en la clandestinidad se convirtió en materia educativa.
Entre sus alumnos había un hombre delgado, culto y disciplinado que cambiaría para siempre la historia del karate: Gichin Funakoshi.
Funakoshi y el viaje a Japón
Funakoshi (1868–1957) estudió con Itosu y con Anko Azato. Maestro de escuela y poeta, combinó el arte marcial con la filosofía confuciana.
En 1922, fue invitado a Tokio por Jigoro Kano, fundador del judo, para realizar una demostración en el Kodokan. Aquella exhibición dejó a todos impresionados: Kano vio en el karate un arte con valor educativo y espiritual.
Funakoshi decidió quedarse en Japón, donde fundó su dojo “Shoto-kan” —literalmente, la casa del ondear de los pinos, su seudónimo poético era “Shoto”—.
De ese nombre nació el estilo más difundido del planeta: el Shotokan.
Su hijo Yoshitaka evolucionó la técnica, alargando las posiciones y dando potencia a los movimientos. Más tarde, la Japan Karate Association (JKA), bajo la dirección de Masatoshi Nakayama, codificó el estilo e impulsó su expansión mundial. De sus filas saldrían figuras legendarias como Kase, Enoeda, Shirai y Okazaki, que llevarían el karate a Europa y América.
El florecimiento de los estilos
Mientras Funakoshi consolidaba el Shotokan, otros discípulos siguieron su propio camino:
- Kenwa Mabuni (1889–1952), alumno de Itosu y Higaonna, combinó la fuerza del Shuri-te con la fluidez del Naha-te, creando el Shito-Ryu, un estilo con un repertorio técnico vasto y una gran precisión. Su nombre honra a sus maestros: “Shi” de Itosu y “To” de Higaonna.
- Hironori Otsuka (1892–1982), que además era maestro de jujutsu, fundó el Wado-Ryu, un estilo basado en la armonía (Wa) y la evasión, donde la suavidad vence a la rigidez.
- Shigeru Egami (1912–1981), fiel discípulo de Funakoshi, creó el Shotokai, conservando la pureza filosófica del maestro y rechazando la competición. En su visión, el karate no era una lucha entre dos personas, sino un diálogo entre dos energías.
De estas escuelas nacería el karate moderno, dividido en estilos pero unido por una misma raíz espiritual.
Karate-do: el camino del espíritu
El karate no se entiende sin su filosofía.
Antes de cada clase, los practicantes se sientan en silencio, cierran los ojos (mokuso) y saludan. No es un gesto vacío, sino un ritual de respeto.
El saludo (rei), la reverencia al kamiza (el altar del dojo), la limpieza del tatami, todo forma parte del entrenamiento.
En el corazón del dojo resuenan los cinco preceptos del Dojo Kun:
Hitotsu: Jinkaku kansei ni tsutomuru koto.
Primero: perfeccionar el carácter.
Hitotsu: Makoto no michi o mamoru koto.
Primero: ser fiel y sincero.
Hitotsu: Doryoku no seishin o yashinau koto.
Primero: esforzarse siempre.
Hitotsu: Reigi o omonjiru koto.
Primero: respetar a los demás.
Hitotsu: Kekki no yu o imashimuru koto.
Primero: contener la violencia.
No hay segundos ni terceros preceptos: todos son “primero”, porque todos son igual de esenciales. Así se educa el carácter del budoka.
Del arte marcial al deporte
Tras la Segunda Guerra Mundial, el karate se extendió por todo el mundo. Los soldados estadounidenses destinados en Okinawa lo aprendieron y lo llevaron a su país.
En los años 60, el cine y los campeonatos lo popularizaron aún más, pero también lo transformaron.
La aparición de la competición deportiva separó en parte el karate-do (camino marcial) del karate deportivo. En el kumite, se buscó la velocidad, el punto y la espectacularidad. En el kata, la estética y la precisión. Pero las técnicas más peligrosas del arte original fueron prohibidas por seguridad.
El karate seguía vivo, pero con dos rostros:
uno, orientado a la superación personal;
otro, al rendimiento competitivo.
Como escribió el propio Funakoshi:
Si el karate se convierte en una competición con protecciones, ya no será karate, será otra cosa.”
Y sin embargo, el espíritu permanece. En cada torneo, en cada kata ejecutado con respeto, aún late algo de aquel viejo secreto okinawense.
El karate hoy: tradición y evolución
Hoy, el karate se practica en más de 190 países. Está presente en los Juegos Olímpicos, en federaciones nacionales, en dojos humildes y en templos de alta competición.
Pero más allá de medallas y reglamentos, el karate sigue siendo una vía de formación interior. Su práctica enseña control, humildad y equilibrio.
Cada generación lo reinterpreta: algunos vuelven a las raíces del budo; otros exploran su potencial deportivo; otros lo mezclan con ciencia, pedagogía o meditación.
Pero todos comparten algo: el eco del saludo final, ese oss que encierra respeto, esfuerzo y gratitud.
El legado del puño vacío
El karate nació sin nombre y sin armas.
Se forjó en la oscuridad, resistió prohibiciones y viajó a través de mares y siglos.
De los monjes de Shaolin a los campesinos de Okinawa, de Funakoshi a los campeones actuales, todos buscaron lo mismo: dominarse a sí mismos antes de dominar a otros.
Por eso, cuando un karateka saluda antes de empezar, no está repitiendo un gesto antiguo: está honrando una historia milenaria.
Y en ese instante, el pasado y el presente se encuentran…
…en el silencio del dojo.

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