Hacia una valoración funcional más precisa en la clasificación de deportistas K30 y K40
Teresa Muñoz de Galdeano
Investigadora senior en Bioquímica y Biología Molecular en el Hospital Nacional de Parapléjicos. Responsable nacional de Clasificación de Deportistas con Discapacidad de la Real Federación Española de Karate y cinturón negro 4.º Dan.
Española de Karate y cinturón negro 4.º Dan.
Cuando el diagnóstico no explica cómo se mueve el deportista
Dos deportistas pueden compartir un mismo diagnóstico y, sin embargo, afrontar un kata desde realidades funcionales muy distintas. Uno puede mantener el eje corporal, rotar con control y recuperar la estabilidad después de cada técnica. El otro quizá necesite reducir la amplitud del movimiento, compensar con otras partes del cuerpo o disminuir la velocidad para no perder el equilibrio. La condición de salud puede ser la misma, pero su repercusión sobre la ejecución deportiva no tiene por qué serlo.
Esa diferencia está en el origen de mi trabajo para la consecución del cinturón negro 4.º Dan, centrado en la valoración de los deportistas de las clases K30 y K40. La propuesta parte de una cuestión concreta: cómo traducir limitaciones funcionales muy diversas en una puntuación compensatoria proporcionada, comprensible y reproducible. No se plantea como una crítica al sistema actual, sino como una posible evolución mediante criterios que permitan medir con mayor precisión qué capacidades están afectadas y hasta qué punto condicionan la práctica del karate.
La clasificación es esencial en el deporte adaptado. Su finalidad es reducir la influencia de la discapacidad sobre el resultado de la competición para que el rendimiento dependa, en la mayor medida posible, de la preparación, la técnica y la capacidad deportiva. El diagnóstico y el porcentaje administrativo de discapacidad aportan información necesaria sobre la condición de salud del deportista y permiten establecer su elegibilidad, pero no describen por sí solos cómo se mueve, qué funciones conserva ni qué limitaciones aparecen durante la ejecución de un kata.
Del diagnóstico a las exigencias reales del kata
En el ámbito clínico, una lesión nunca se interpreta únicamente por su nombre. Se estudian su localización, las estructuras afectadas, la fuerza conservada, la movilidad, el equilibrio, el control postural y la coordinación. En karate sucede algo parecido. Un kata exige organizar el cuerpo como una cadena: generar fuerza desde los apoyos, transmitirla a través de la cadera y el tronco, dirigirla hacia los miembros superiores y recuperar una posición estable antes de la siguiente acción.
Cuando alguno de esos elementos está limitado, el cuerpo busca alternativas. Aparecen asimetrías, compensaciones, pérdidas de amplitud, dificultades para frenar el movimiento o problemas para mantener el eje. La repercusión tampoco es uniforme. Una pérdida de fuerza no condiciona el kata del mismo modo que una restricción articular, una alteración del equilibrio o una dificultad para coordinar el movimiento. Por eso, entre el diagnóstico y la puntuación compensatoria resulta necesario observar qué funciones están realmente afectadas.
La propuesta se centra en las dos clases físicas del Para-Karate. La clase K30 agrupa a deportistas que compiten en silla de ruedas, mientras que K40 incluye a quienes realizan el kata en bipedestación y presentan discapacidades físicas que afectan al movimiento. Esta división establece el marco general de competición, pero dentro de cada clase permanece una variabilidad funcional considerable. La pertenencia a una misma categoría no implica que todos los deportistas encuentren las mismas dificultades ni que estas repercutan con la misma intensidad sobre la ejecución.
K30: generar y controlar el movimiento desde la posición sentada
En K30, la ejecución se realiza sin la participación funcional de las piernas en los apoyos y en la transmisión de fuerza propia de la bipedestación. En este contexto, el tronco adquiere un papel central: debe estabilizar el cuerpo, iniciar y controlar las rotaciones, transmitir la fuerza hacia los miembros superiores y permitir la recuperación del eje tras cada técnica. La valoración propuesta se orienta, por tanto, a analizar cómo se organiza el movimiento en sedestación, atendiendo al control postural, la rotación axial, la simetría, las compensaciones y la capacidad para volver a una posición estable. También se considera la fuerza de la musculatura implicada, no como un dato aislado, sino en relación con su función durante la ejecución. El objetivo es determinar hasta qué punto el deportista puede generar, transmitir y frenar el movimiento de manera activa, sin que apoyos externos enmascaren su capacidad funcional real.
K40: distintas limitaciones, distintas repercusiones
En K40, la valoración debe adaptarse a una diversidad funcional mucho mayor, ya que dentro de esta clase conviven amputaciones, limitaciones articulares, pérdidas de fuerza, hemiparesias y alteraciones del control neuromotor. Cada una condiciona el kata de forma distinta: puede limitar el rango de movimiento, comprometer la estabilidad, generar asimetrías o dificultar la coordinación y la precisión. Por ello, la propuesta analiza de manera conjunta la fuerza muscular, la movilidad articular, el equilibrio y el control neuromotor, atendiendo además a si la afectación es unilateral o bilateral. El objetivo es identificar qué componente del movimiento está realmente alterado y cómo repercute sobre la ejecución, evitando aplicar el mismo criterio a limitaciones de naturaleza diferente.
En las alteraciones neuromotoras, la fuerza y la movilidad articular pueden encontrarse relativamente conservadas y, aun así, existir dificultades importantes para ejecutar el kata. La precisión, la velocidad, la alternancia de movimientos, el control de la trayectoria o la capacidad para detener una acción pueden verse afectadas. Por eso, la propuesta incorpora también pruebas dirigidas a valorar coordinación, equilibrio y control motor, de manera que la evaluación no quede reducida a cuánta fuerza posee el deportista o cuánto puede mover una articulación.
Una batería funcional, no una exploración clínica interminable
El objetivo no es convertir la clasificación en una evaluación extensa ni alejada del deporte. Una batería útil debe captar las limitaciones que realmente influyen en el karate, pero también ser aplicable con recursos razonables y dentro del tiempo disponible. Por eso se plantean procedimientos sencillos, conocidos y estandarizables, acompañados de criterios cuantitativos que reduzcan el peso de categorías abiertas como leve, moderado o grave cuando no están vinculadas a referencias claras.
La propuesta busca que cada prueba tenga una relación directa con las exigencias del kata. No se trata de acumular mediciones, sino de seleccionar aquellas que permitan comprender mejor la repercusión de la discapacidad sobre el movimiento. La fuerza, la movilidad, el equilibrio, la coordinación o el control postural solo adquieren sentido dentro de la clasificación cuando ayudan a explicar una limitación deportiva concreta.
Esa información debe integrarse en la valoración global del deportista. Una sola prueba no puede resumir una realidad funcional compleja, del mismo modo que un diagnóstico no basta para anticipar cómo se ejecutará un kata. La utilidad de la batería reside en combinar distintas dimensiones y traducirlas en criterios comparables, sin perder de vista que la discapacidad puede expresarse de forma diferente en cada persona.
De la propuesta a una herramienta validada
Como cualquier planteamiento de este tipo, la batería necesita un proceso de validación. Será necesario aplicarla a un número suficiente de deportistas, estudiar la concordancia entre evaluadores, analizar la estabilidad de los resultados y comprobar qué relación existe entre las pruebas y las demandas reales del kata. Algunas medidas deberán ajustarse y otras quizá demuestren tener menor utilidad de la prevista.
Este proceso no resta valor a la propuesta, sino que define el camino para convertirla en una herramienta fiable. Una batería funcional solo será útil si mide de forma consistente, si puede aplicarse bajo condiciones semejantes y si sus resultados ayudan realmente a distinguir diferentes grados de afectación. La investigación y la práctica deportiva deben avanzar aquí de manera conjunta.
La propuesta parte de una base ya existente y pretende contribuir a su desarrollo. El sistema actual proporciona la estructura necesaria para clasificar a los deportistas y asignar una puntuación compensatoria. El siguiente paso consiste en reforzar la relación entre esa puntuación y las capacidades funcionales que condicionan la ejecución del kata.
Medir mejor para compensar con mayor precisión
La clasificación nunca podrá eliminar todas las diferencias entre los competidores, porque ningún sistema puede hacer que dos cuerpos respondan de manera idéntica ante las exigencias de un kata. Su función es reducir el efecto de la discapacidad para que la preparación y la calidad deportiva tengan el mayor peso posible en el resultado.
Clasificar con mayor precisión no significa cambiar el sentido del sistema, sino reforzarlo. Significa conocer mejor qué limita al deportista, cuánto lo limita y cómo puede traducirse esa afectación en una puntuación proporcionada. Cuanto más sólida sea esa valoración, más cerca estaremos de que, una vez iniciado el kata, sea el karate quien decida.

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