De «mano china» a «mano vacía»: el día en que el karate cambió de nombre y de identidad

Sep 23, 2026

En octubre de 1936, algunos de los grandes maestros de Okinawa se reunieron en Naha para hablar sobre el futuro de su arte. De aquel encuentro salió una decisión aparentemente pequeña —sustituir un carácter por otro— que ayudó a transformar para siempre la manera de entender y presentar el karate.

Hay palabras que sirven para nombrar las cosas. Otras terminan cambiándolas.

Durante siglos, el karate no necesitó una definición precisa. Vivía en Okinawa de otra manera: en la relación entre maestro y discípulo, en la repetición de los kata, en los patios y las casas particulares, en una transmisión que avanzaba de persona a persona sin reglamentos universales ni organizaciones internacionales. No existía todavía un único programa, una indumentaria común o una institución capaz de decir dónde comenzaba y dónde terminaba aquel arte.

Tampoco había un solo nombre.

Antes de convertirse en el karate que hoy conocemos, aquella práctica fue denominada de distintas formas. Una de las más extendidas fue tōde o tōdi, escrita con los caracteres 唐手. El primero de ellos, 唐, remitía a China —originalmente a la dinastía Tang y, por extensión, a lo chino—; el segundo, 手, significaba mano.

Era, literalmente, la «mano china».

La expresión conservaba en apenas dos signos una parte esencial de la historia de Okinawa. Durante siglos, el antiguo Reino de Ryūkyū había mantenido intensos vínculos diplomáticos, comerciales y culturales con China. Por sus puertos circularon delegaciones, funcionarios, navegantes, comerciantes, conocimientos y prácticas procedentes de distintos lugares de Asia.

La influencia china sobre las artes de combate de Okinawa resulta difícil de negar. Mucho más complicado es determinar cuándo llegó, a través de quién y de qué manera concreta se integró en las prácticas locales. Las investigaciones japonesas han planteado diferentes vías de transmisión: las familias procedentes de Fujian asentadas en Kume, los integrantes de las misiones diplomáticas chinas o los funcionarios y comerciantes ryūkyūenses que viajaron al continente.

Todas son hipótesis plausibles. Ninguna explica por sí sola el nacimiento del karate.

La documentación anterior al siglo XIX es escasa y no permite dibujar una línea genealógica limpia desde un sistema chino determinado hasta el karate de Okinawa. La historia real parece mucho menos ordenada y, precisamente por eso, mucho más interesante: un proceso prolongado de encuentros, adaptaciones y transmisiones parciales entre la cultura de Ryūkyū, las artes chinas y las necesidades de quienes practicaban.

El karate no nació un día concreto. Fue sedimentándose.

Una palabra para un arte en transformación

A comienzos del siglo XX, aquel arte reservado durante mucho tiempo a círculos relativamente reducidos empezó a cambiar.

Su introducción en la enseñanza escolar, impulsada por figuras como Itosu Ankō, favoreció una práctica colectiva y más sistemática. En 1922, Funakoshi Gichin realizó en Tokio una demostración dentro de una exposición organizada por el Ministerio de Educación japonés. Después se estableció en la capital y comenzó a enseñar, especialmente en el ámbito universitario.

Otros maestros de Okinawa siguieron caminos semejantes. Mabuni Kenwa se asentó en Osaka. Miyagi Chōjun viajó y enseñó fuera de la isla. Motobu Chōki alcanzó notoriedad en Japón. El antiguo arte de Okinawa estaba dejando de ser una práctica local para entrar en el complejo mundo del budō japonés.

Y para extenderse necesitaba hacerse comprensible.

El karate comenzó a adoptar estructuras que ya existían en otras artes marciales japonesas: grados, uniformes, organizaciones, programas de enseñanza y formas públicas de exhibición. También empezó a buscar una denominación compartida.

La escritura 唐手 presentaba una dificultad. Aunque podía leerse karate, seguía haciendo visible su relación con China. Durante las primeras décadas del siglo XX comenzó a emplearse otra grafía con la misma pronunciación: 空手.

La diferencia cabía en un solo carácter.

唐, China, fue sustituido por 空, vacío.

La «mano china» se convertía en la «mano vacía».

La reunión de Naha

El 25 de octubre de 1936, varios de los nombres más importantes del karate de Okinawa se reunieron en Naha convocados por el periódico Ryūkyū Shimpō.

Alrededor de aquella mesa estaban maestros pertenecientes a tradiciones diferentes: Chōmo Hanashiro, Chōtoku Kyan, Chōki Motobu, Chōshin Chibana, Jūhatsu Kyoda, Chōjun Miyagi y Shinpan Gusukuma, junto con el investigador y editor Genwa Nakasone y representantes de la prensa y la administración.

No se reunían para fundar un estilo ni para decidir qué kata debía practicar todo el mundo. Se enfrentaban a una cuestión más profunda: cómo debía presentarse aquel arte ante la sociedad moderna.

Entre los asuntos tratados apareció su nombre.

La crónica publicada al día siguiente recogió el acuerdo alcanzado: para favorecer la difusión y el desarrollo de la disciplina, resultaba conveniente unificar la denominación bajo la escritura 空手.

Aquella reunión no inventó la expresión «mano vacía». La nueva grafía ya había sido utilizada anteriormente y llevaba años ganando terreno, especialmente entre los grupos universitarios y los maestros que trabajaban en Japón. Lo sucedido en Naha fue otra cosa: proporcionó un respaldo colectivo y simbólico a una transformación que ya estaba en marcha.

El karate miraba hacia el futuro y, al hacerlo, cambiaba la forma de contar su pasado.

Lo que desapareció con un carácter

El cambio suele explicarse de una manera sencilla: 唐手 significaba «mano china» y 空手, «mano vacía». Pero entre ambos nombres se movía mucho más que una cuestión lingüística.

Japón atravesaba durante la década de 1930 un periodo de nacionalismo creciente y expansión militar. Las relaciones con China se deterioraban rápidamente y el clima político no era indiferente a la aceptación de un arte que aspiraba a ser reconocido como budō japonés. Algunos investigadores interpretan que abandonar el carácter 唐 ayudaba a reducir la asociación explícita con China y facilitaba la integración cultural del karate en Japón.

Sin embargo, sería excesivo atribuir toda la decisión a una única causa política.

空 también ofrecía una lectura técnica inmediata: el combate sin armas, con las manos vacías. Y permitía una interpretación filosófica vinculada a la noción de vacío presente en el pensamiento budista. Funakoshi desarrollaría esta dimensión al explicar que el practicante debía vaciarse de egoísmo y malas intenciones, del mismo modo que un valle vacío puede recibir cualquier sonido.

La nueva palabra funcionaba en varios niveles. Era japonesa, comprensible, marcial y filosófica. Ayudaba a presentar el karate no como una curiosidad procedente de una periferia del país, sino como un camino de formación comparable al judo o al kendō.

Cambió el carácter. Permaneció la pronunciación. Pero la identidad que esa palabra proyectaba ya no era exactamente la misma.

¿Una ruptura con China?

Sería tentador contar esta historia como una separación definitiva: el karate abandonó su pasado chino para convertirse en japonés. La realidad, una vez más, se resiste a ser tan sencilla.

Cambiar el nombre no borró las huellas técnicas y culturales acumuladas durante generaciones. Los kata conservaron nombres de origen incierto, sonidos transmitidos desde otras lenguas y movimientos cuya genealogía continúa siendo objeto de debate. Sanchin, Seisan, Naihanchi, Passai o Kūsankū siguieron viajando de maestro a discípulo, aunque su escritura, ejecución e interpretación fueran transformándose.

Tampoco existía entonces un karate único. Las tradiciones de Shuri, Naha y Tomari habían evolucionado mediante relaciones personales, intercambios y formas diferentes de entender el cuerpo y el combate. Los estilos que hoy conocemos estaban todavía definiéndose o consolidándose.

El nuevo nombre unificó la imagen exterior del karate, pero no eliminó su diversidad interior.

Quizás ahí se encuentre una de las paradojas más hermosas de su historia: para cruzar el mundo, el karate necesitó un nombre común; para seguir vivo, necesitó conservar muchas voces.

El nombre que conquistó el mundo

En 2005, el Parlamento de la Prefectura de Okinawa declaró el 25 de octubre como Día del Karate. La elección recordaba aquella reunión celebrada en Naha en 1936 y el acuerdo que consolidó oficialmente la escritura 空手.

Desde entonces, karatekas de diferentes países, generaciones y escuelas se reúnen cada año en Okinawa para practicar y celebrar el legado de un arte convertido en patrimonio cultural de su tierra natal.

Hoy escribimos «karate» con naturalidad. Vemos los dos caracteres bordados en cinturones, caligrafiados en dojos, impresos en libros y reproducidos en miles de emblemas. Parecen haber estado siempre ahí.

Pero las palabras también tienen memoria.

En el espacio que separa 唐 de 空 permanece la historia de un pequeño reino conectado con Asia; de maestros que enseñaron en patios, escuelas y universidades; de un arte que tuvo que transformarse para sobrevivir; de una tradición que se volvió japonesa sin dejar de ser okinawense y que llegó a ser universal sin desprenderse por completo de sus raíces chinas.

En 1936 cambió una palabra.

Y dentro de ella comenzó a cambiar el mundo del karate.


Fuentes principales

  • Archivo de la Prefectura de Okinawa: «25 de octubre, Día del Karate».
  • Gobierno de la Prefectura de Okinawa: documentación sobre la historia y evolución de las denominaciones del karate.
  • Ryūkyū Shimpō: crónica de la mesa redonda celebrada el 25 de octubre de 1936, conservada por el Archivo de la Prefectura de Okinawa.
  • El karate tradicional de Okinawa en la actualidad: las raíces del karate que se expandió por el mundo, serie japonesa publicada por WEB Daisan Bunmei.
  • Investigación sobre la transmisión de las artes marciales chinas a Ryūkyū y el origen del tōde, Instituto de Salud y Ciencias del Deporte de la Universidad Chūō.

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