Cuando Ankō Itosu abrió las puertas de la escuela al antiguo arte de Okinawa, aseguró buena parte de su futuro. Pero para poder enseñarlo a cientos de jóvenes tuvo que convertir una transmisión personal, reservada y marcial en un método colectivo de educación. El karate sobrevivió. La pregunta es si siguió siendo exactamente el mismo.
Antes de aprender a conquistar el mundo, el karate tuvo que aprender a entrar en una clase.
No fue un paso pequeño.
Hasta comienzos del siglo XX, el arte marcial de Okinawa había vivido principalmente en círculos reducidos. Su conocimiento avanzaba despacio, de un maestro a unos pocos discípulos, en una transmisión construida sobre la observación, la repetición y el contacto directo. No había programas universales, exámenes comunes ni grandes grupos moviéndose al mismo tiempo. Tampoco existía aún el karate como una disciplina homogénea, organizada en estilos claramente delimitados.
Había maestros, alumnos, kata y formas distintas de comprender el combate.
Entonces apareció la escuela.
Y entre el antiguo arte y las aulas se alzó una figura fundamental: Itosu Ankō.
Su nombre suele aparecer acompañado de expresiones como «padre del karate moderno» o «maestro de maestros». No son elogios vacíos. Entre sus discípulos se encuentran algunas de las personas que después desempeñaron un papel decisivo en la expansión y organización del karate, como Funakoshi Gichin, Mabuni Kenwa, Chibana Chōshin, Hanashiro Chōmo o Yabu Kentsū.
Pero la verdadera dimensión de Itosu no se encuentra únicamente en los nombres de quienes aprendieron de él. Está en la transformación que ayudó a poner en marcha.
Con Itosu, el karate dejó de ser solamente un conocimiento recibido. Comenzó a convertirse en un conocimiento enseñable.
Del patio del maestro al patio de la escuela
Itosu nació en Shuri en 1831, cuando Okinawa todavía formaba parte del Reino de Ryūkyū. Vivió, por tanto, la desaparición de aquel reino, su incorporación al Estado japonés y la acelerada modernización de la sociedad durante la era Meiji.
Fue testigo de un cambio de mundo.
El antiguo orden al que había pertenecido el karate se deshacía. Las familias de la aristocracia ryūkyūense perdían su posición, las instituciones tradicionales eran reemplazadas y Japón construía un sistema educativo y militar moderno. Una disciplina transmitida mediante relaciones privadas corría el riesgo de quedar encerrada en un tiempo que estaba desapareciendo.
Itosu comprendió que el karate necesitaba encontrar un nuevo lugar en la sociedad.
La escuela se lo ofreció.
La documentación histórica sitúa en 1901 la incorporación del tōde —la denominación habitual antes de consolidarse la palabra karate— a la educación física de la Escuela Primaria de Shuri. En 1905, su enseñanza se extendió a la Escuela Secundaria de la Prefectura de Okinawa y a la Escuela Normal, encargada de formar a futuros maestros.
El cambio de escenario alteraba necesariamente la práctica.
Ya no se trataba de enseñar a uno o dos discípulos escogidos, capaces de observar durante años las correcciones de un maestro. Ahora había que trabajar con grupos de estudiantes, dentro de un horario, con objetivos educativos y mediante ejercicios que pudieran repetirse de forma ordenada.
El karate entraba en la escuela, pero la escuela también entraba en el karate.
Enseñar a muchos obliga a enseñar de otra manera
La enseñanza colectiva necesita estructura.
Un profesor debe poder colocar a los alumnos en filas, explicar un movimiento, dividir el aprendizaje en etapas y observar si el grupo avanza. La práctica individual y flexible debe transformarse en un método que pueda repetirse.
Ese proceso resulta tan familiar para el karateka actual que cuesta imaginar que alguna vez no existió.
Hoy parece natural comenzar por posiciones, desplazamientos y técnicas básicas; aprender kata siguiendo un orden progresivo; repetir movimientos de manera sincronizada y separar el trabajo en partes comprensibles. Sin embargo, muchas de estas características no deben confundirse automáticamente con una tradición inmutable nacida siglos atrás.
Parte de ese karate fue organizado para poder ser enseñado.
El estudio académico de Hajimu Ishida sobre el papel de Itosu lo sitúa precisamente como el punto de unión entre el karate tradicional y el moderno. Según su análisis, Itosu recibió numerosos kata antiguos, los reelaboró, reorganizó parte de aquel material y creó un sistema pedagógico que permitió ampliar enormemente el número de practicantes.
Su aportación no consistió solo en conservar lo que había aprendido.
También seleccionó, ordenó y transformó.
Los Pinan: un camino dividido en cinco etapas
La expresión más visible de aquella transformación son los cinco kata Pinan.
Pinan Shodan, Nidan, Sandan, Yondan y Godan forman hoy parte del aprendizaje de numerosos estilos, aunque en algunas tradiciones japonesas su orden fue modificado y su nombre pasó a pronunciarse Heian. Para millones de karatekas han sido la puerta de entrada al kata.
Su aparente sencillez puede engañar.
Los Pinan no son únicamente ejercicios básicos. Reúnen desplazamientos, defensas, ataques, cambios de dirección y principios que acompañarán al practicante durante toda su vida. Su importancia histórica está, sobre todo, en la forma de presentar ese contenido: una progresión dividida en cinco secuencias que permite acercarse gradualmente al lenguaje corporal del karate.
La investigación de Ishida atribuye a Itosu la creación de los Pinan como kata modernos y destaca su papel en el establecimiento de un método de enseñanza. La tradición sostiene que los construyó empleando elementos procedentes de formas anteriores, aunque determinar con absoluta precisión qué fragmentos provienen de cada kata resulta más difícil.
No poseemos el cuaderno de trabajo de Itosu. No podemos observarlo escogiendo una técnica de Passai, modificando una secuencia de Kūsankū o descartando un movimiento concreto. Entre la documentación y la tradición permanecen espacios vacíos.
Lo que sí puede afirmarse es que los Pinan respondían perfectamente a la nueva realidad: podían organizar el aprendizaje, distribuir la dificultad y ser practicados colectivamente por jóvenes estudiantes.
El karate adquiría así una gramática escolar.
¿Se vació el karate de sus técnicas más peligrosas?
Aquí comienza uno de los debates más repetidos.
Según una interpretación muy extendida, Itosu habría simplificado el karate para introducirlo en las escuelas y habría eliminado de los kata las técnicas más peligrosas: ataques a los ojos, golpes a zonas vulnerables, luxaciones, controles y recursos poco apropiados para menores.
La explicación resulta verosímil, pero conviene manejarla con cuidado.
Es razonable pensar que una práctica escolar no podía reproducir libremente todos los métodos de una disciplina de combate. También parece evidente que enseñar a grupos numerosos exigía adoptar medidas de seguridad y reducir la complejidad de determinados ejercicios.
Sin embargo, los textos atribuidos al propio Itosu dibujan una realidad más interesante que una simple eliminación.
En sus diez preceptos de 1908, Itosu explica que no basta con repetir los kata sin comprenderlos. Cada movimiento debe estudiarse conociendo su propósito y la situación en la que podría aplicarse. También menciona formas de liberarse de agarres, métodos de control y técnicas transmitidas oralmente a personas concretas.
Esto significa que Itosu todavía concebía el karate como algo más amplio que la coreografía visible.
El kata era su parte pública, pero no necesariamente contenía toda la enseñanza de forma evidente. A su alrededor continuaban existiendo explicaciones, aplicaciones y conocimientos que dependían de la transmisión directa.
Quizá Itosu no vació los kata de significado. Quizá separó niveles.
Una cosa era aquello que podía enseñarse colectivamente a los estudiantes. Otra, lo que requería madurez, experiencia y la guía cercana de un maestro.
El problema pudo llegar más tarde: cuando la parte visible se expandió por el mundo con mucha más facilidad que las claves necesarias para interpretarla.
Los diez preceptos: un proyecto para el futuro
En octubre de 1908, Itosu presentó ante el departamento educativo de la prefectura un documento conocido como Tōde jukkajō, los diez preceptos del tōde.
Es uno de los escasos textos que permiten acercarse directamente a su pensamiento.
No es un tratado técnico ni una evocación romántica del pasado. Es una propuesta. Itosu defiende el valor del karate como medio para fortalecer el cuerpo y el carácter, establece orientaciones para la práctica y plantea su incorporación a la educación desde edades tempranas.
En sus palabras conviven varios mundos.
Está el antiguo arte marcial, con el entrenamiento del cuerpo, el makiwara, las aplicaciones de los kata y la preparación para responder ante una agresión. Está también la educación física moderna, interesada en desarrollar jóvenes fuertes, disciplinados y resistentes. Y aparece, inevitablemente, el Japón de comienzos del siglo XX, que relacionaba la formación corporal con el servicio militar y la fortaleza de la nación.
No conviene borrar este último elemento.
Itosu escribió después de las victorias japonesas en las guerras contra China y Rusia, en una sociedad que concedía un valor creciente a la preparación física de sus jóvenes. En sus preceptos sostuvo que el karate podía ser útil para quienes posteriormente ingresaran en el ejército y afirmó que, si los maestros formados en Okinawa lo llevaban a sus futuras escuelas, podría extenderse por todo el país en aproximadamente una década.
No fue una predicción exacta.
Fue algo más importante: una visión estratégica.
Itosu comprendió que formar profesores era la manera de multiplicar el karate. Cada estudiante de la Escuela Normal podía marcharse después a otra localidad y enseñar allí lo aprendido. El conocimiento ya no dependería exclusivamente de que un discípulo encontrara personalmente a un gran maestro.
La transmisión se convertía en red.
El karate comenzaba a ser reproducible.
Lo que se ganó
Gracias a esa transformación, el karate salió de los espacios privados.
Pudo ser practicado por jóvenes que nunca habrían accedido a los antiguos círculos de enseñanza. Adquirió una estructura que facilitó su entrada posterior en las universidades japonesas. Creó una base pedagógica sobre la que trabajarían Funakoshi, Mabuni y otros maestros. Sobrevivió a la desaparición del mundo ryūkyūense en el que se había formado y, con el tiempo, cruzó fronteras que Itosu apenas podía imaginar.
Sin aquella adaptación, es posible que parte del karate se hubiera perdido.
Los sistemas transmitidos a muy pocas personas poseen profundidad, pero también fragilidad. Basta con que un maestro muera sin haber completado la enseñanza, que una familia se disperse o que una guerra destruya una generación para que desaparezca un conocimiento acumulado durante siglos.
La enseñanza colectiva redujo ese riesgo.
Itosu entregó al karate una arquitectura capaz de resistir el tiempo.
Lo que pudo perderse
Pero toda transformación tiene un precio.
Cuando una enseñanza creada para unas pocas personas pasa a cientos de alumnos, las explicaciones individuales se reducen. Cuando el movimiento debe ejecutarse al mismo ritmo que el resto del grupo, hay menos espacio para la adaptación personal. Cuando un kata se convierte en herramienta de educación física, su simetría, su orden y su efecto formativo pueden terminar ocupando el lugar de su lógica combativa.
La expansión conserva unas cosas y debilita otras.
El karate escolar favoreció la postura, la coordinación, la disciplina, el esfuerzo y el trabajo colectivo. Pero una práctica concebida para formar el cuerpo no siempre transmite por sí sola la distancia, la intención, el desequilibrio, el agarre o la decisión que dan sentido a una técnica frente a otra persona.
No podemos atribuir a Itosu todas las simplificaciones posteriores. Él insistió expresamente en que los movimientos del kata debían comprenderse y aplicarse con una finalidad concreta. Su proyecto no era repetir formas vacías.
Sin embargo, el sistema que ayudó a crear hacía posible que la forma viajara sin que toda su explicación viajase con ella.
Ahí reside su gran paradoja.
¿Conservador o reformador?
Preguntar si Itosu salvó el karate o lo transformó para siempre plantea una falsa elección.
Hizo ambas cosas.
Lo conservó porque comprendió que una tradición incapaz de adaptarse podía desaparecer. Lo transformó porque ninguna práctica entra en la escuela y sale completamente intacta. Cambian el número de alumnos, el tiempo disponible, los objetivos, la seguridad, el lenguaje y la relación con el maestro.
Itosu no fue simplemente el guardián de un legado. Fue uno de sus grandes arquitectos.
Recibió un arte nacido en otro tiempo y construyó un puente hacia el siglo XX. Sobre ese puente caminaron después los fundadores de escuelas, los instructores enviados al extranjero, los maestros que enseñaron en universidades y los millones de practicantes que comenzaron su camino repitiendo un Pinan.
Es posible que parte del karate antiguo quedara atrás.
También es posible que, sin aquella decisión, hoy apenas pudiéramos buscar sus huellas.
Cada vez que un grupo de niños se coloca en filas y comienza un kata, la transformación iniciada por Itosu vuelve a ocurrir. En esa escena conviven la pérdida y la supervivencia, la tradición y el cambio, el antiguo maestro y la escuela moderna.
El karate que heredamos no llegó hasta nosotros a pesar de haber cambiado.
Llegó porque alguien se atrevió a cambiarlo.
Fuentes principales
- Ishida, Hajimu: «Sobre el papel de Itosu Ankō en el karate de Okinawa», Research Journal of Budō, volumen 20, 1987.
- Itosu Ankō: Tōde jukkajō o «Diez preceptos del tōde», documento presentado al departamento educativo de Okinawa en 1908.
- Gobierno de la Prefectura de Okinawa: cronología histórica del karate.
- Biblioteca Prefectural de Okinawa y Base de Datos Cooperativa de Referencias de la Biblioteca Nacional de Japón: documentación y referencias bibliográficas sobre los diez preceptos de Itosu.
- Yanagihara, Shigeo: «Itosu Ankō, impulsor de la difusión del karate», serie El karate tradicional de Okinawa en la actualidad, WEB Daisan Bunmei.

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