El karate nació en Okinawa, pero sus raíces se extienden al otro lado del mar de China Oriental. Entre el Reino de Ryūkyū y las costas de Fujian circularon durante siglos personas, conocimientos y formas de combatir. La relación está fuera de duda. Reconstruir exactamente cómo se produjo es una historia mucho más difícil.
El mar que separa Okinawa de China también las unió.
Durante siglos no fue una frontera vacía, sino un camino. Por sus aguas viajaron comerciantes, diplomáticos, funcionarios, intérpretes, estudiantes, navegantes y emisarios. Con ellos cruzaron mercancías, lenguas, ceremonias, ideas y conocimientos cuya huella todavía permanece en la cultura de las islas Ryūkyū.
Es razonable pensar que también viajaron formas de combate.
El propio nombre utilizado durante buena parte de la historia del karate parecía reconocerlo. Antes de que se impusiera la escritura 空手, «mano vacía», era habitual emplear 唐手, término que en Okinawa se pronunciaba tōde o tōdi y que podía entenderse como «mano china».
China estaba escrita en el nombre.
Sin embargo, reconocer una influencia no equivale a conocer su historia completa. Entre afirmar que el karate recibió aportaciones chinas y sostener que procede directamente de un sistema, una familia o un maestro determinado existe una distancia enorme.
Ese espacio entre lo probable y lo demostrado ha sido ocupado con frecuencia por leyendas, genealogías perfectas y relatos repetidos tantas veces que han terminado adquiriendo apariencia de certeza.
La realidad documental es menos cómoda.
Y mucho más fascinante.
Ryūkyū no vivía aislado
Para entender el origen del karate hay que dejar de imaginar Okinawa como una isla culturalmente cerrada.
El Reino de Ryūkyū ocupaba una posición estratégica entre China, Japón, Corea y el sudeste asiático. En 1372, el reino de Chūzan inició relaciones tributarias con la dinastía Ming. Desde comienzos del siglo XV, los monarcas ryūkyūenses recibieron el reconocimiento formal del emperador chino mediante misiones de investidura.
Estas relaciones no fueron esporádicas.
Las delegaciones enviadas desde China podían estar formadas por cientos de personas y permanecer en las islas durante meses. A su vez, funcionarios y estudiantes de Ryūkyū viajaban a Fuzhou, Nankín o Pekín. Comerciantes y navegantes pasaban largos periodos en territorio chino, mientras conocimientos técnicos y culturales llegaban a Naha.
La investigación publicada por la Universidad Chūō agrupa en tres grandes vías las hipótesis sobre la llegada de artes marciales chinas a Ryūkyū:
- La transmisión por inmigrantes procedentes de Fujian.
- La enseñanza de miembros de las misiones diplomáticas chinas.
- El aprendizaje realizado en China por viajeros ryūkyūenses.
Las tres rutas son históricamente posibles.
El problema es que posible no significa demostrado.
Las treinta y seis familias de Kume
Una de las explicaciones más conocidas sitúa el origen de la influencia marcial china en Kume, el antiguo barrio de Naha estrechamente vinculado con China.
La tradición sostiene que en 1392 llegó desde Fujian una comunidad conocida como las «treinta y seis familias». El número no debe interpretarse necesariamente como un censo exacto de treinta y seis apellidos; podía expresar la idea de un grupo amplio y organizado.
Sus miembros y descendientes desempeñaron funciones esenciales para el Reino de Ryūkyū. Participaron en la navegación, la construcción y reparación de embarcaciones, la traducción, la diplomacia, la administración y el comercio exterior. Kume se convirtió en un espacio privilegiado para el intercambio de conocimientos con China.
La hipótesis parece lógica: si llegaron especialistas en numerosas materias, entre ellos pudieron viajar personas conocedoras de artes de combate.
Además, algunos karatekas de épocas posteriores estuvieron relacionados con Kume o con familias vinculadas a su comunidad. La memoria oral conservó también la idea de que determinadas formas de tōde habían sido transmitidas allí.
Pero falta la pieza decisiva.
No se han encontrado documentos de los siglos XIV al XVII que identifiquen a un miembro de aquellas familias enseñando un sistema de combate, describan qué técnicas transmitió o establezcan una continuidad verificable entre aquella comunidad y los kata que conocemos.
Kume es un escenario muy probable para el intercambio.
No es todavía una partida de nacimiento del karate.
Los hombres que acompañaban a los enviados chinos
La segunda hipótesis dirige la mirada hacia las misiones de investidura.
Cuando un nuevo rey accedía al trono de Ryūkyū, el emperador chino enviaba una delegación para reconocer formalmente su autoridad. Estas expediciones podían reunir entre doscientas y trescientas personas. Entre ellas viajaban funcionarios, marineros, intérpretes, médicos, artistas y personal encargado de proteger al grupo.
Algunos integrantes poseerían conocimientos marciales.
Las delegaciones permanecían normalmente alrededor de tres meses en Ryūkyū, aunque existen casos en los que la estancia se prolongó mucho más. Había, por tanto, tiempo suficiente para observar, intercambiar y aprender.
Resulta difícil imaginar que durante siglos de contacto ninguna técnica fuese compartida.
Lo que no sabemos es quién enseñó, a quién, durante cuánto tiempo y con qué profundidad. Tampoco podemos determinar si aquellas enseñanzas formaban sistemas completos o eran recursos concretos incorporados después a métodos locales.
Las artes marciales no siempre viajan como un programa cerrado.
A veces lo hace una manera de colocar las manos. Un ejercicio respiratorio. Una forma de generar fuerza. Un método para desequilibrar. Una secuencia recordada durante años y adaptada después por otro cuerpo, otra cultura y otra necesidad.
Quizá la influencia china sobre el karate no llegó dentro de una única caja.
Quizá cruzó el mar en fragmentos.
Los ryūkyūenses que viajaron a China
La tercera vía cambia la dirección de la historia.
China no solo visitó Ryūkyū. Ryūkyū viajó a China.
Las misiones tributarias llevaron periódicamente a funcionarios, estudiantes, comerciantes y marineros hasta puertos como Quanzhou y Fuzhou. Muchos permanecían allí durante meses. Algunos estudiantes llegaron a pasar años en instituciones chinas.
La documentación confirma esos viajes. Confirma los lugares de residencia y las funciones de buena parte de sus participantes. Lo que rara vez registra es aquello que pudieron aprender fuera de sus obligaciones oficiales.
Un funcionario podía estudiar lengua, protocolo o administración y, al mismo tiempo, observar prácticas marciales. Un comerciante podía establecer contacto con una escuela local. Un marinero podía aprender métodos de defensa utilizados en los puertos.
Las oportunidades existieron.
Las pruebas concretas son mucho más escasas.
Sabemos que cientos de ryūkyūenses convivieron durante largos periodos con comunidades de Fujian. No sabemos cuántos estudiaron artes de combate ni qué conocimientos regresaron con ellos.
La ausencia de documentos no demuestra que no sucediera.
Tampoco permite narrarlo como un hecho.
Kūsankū y el documento que abrió una ventana
Entre todas estas sombras aparece un nombre: Kūsankū.
La referencia histórica más conocida se encuentra en el Ōshima Hikki, un texto redactado en 1762 por el erudito japonés Tobe Yoshihiro. Ese año, una embarcación de Ryūkyū que viajaba hacia Satsuma fue desviada por una tormenta y llegó a una isla de la provincia de Tosa. Tobe recogió información sobre Ryūkyū a partir del testimonio de miembros de la tripulación.
Entre sus relatos se menciona a un personaje chino llamado Kōshōkun, cuya pronunciación en Okinawa habría dado lugar a Kūsankū.
El texto lo describe como un hombre aparentemente delgado y poco poderoso, pero capaz de controlar y derribar a personas físicamente más fuertes. Su método combinaba el uso de las manos con un trabajo eficaz de las piernas. También se dice que llegó acompañado por discípulos.
Es una referencia extraordinaria porque constituye una de las noticias escritas más antiguas relacionadas con una práctica de combate china en Ryūkyū.
Pero debemos observar cuidadosamente qué demuestra.
El autor no presenció las habilidades de Kūsankū. Recogió un testimonio transmitido por marineros ryūkyūenses. El texto confirma que en 1762 circulaba en Ryūkyū la memoria de un experto chino con ese nombre o título.
No demuestra que creara el kata actual.
Tampoco prueba que todo el karate proceda de su enseñanza.
La relación entre aquel personaje y las distintas versiones del kata Kūsankū —Kankū en algunas escuelas japonesas— es plausible y ha sido transmitida por la tradición. Sin embargo, entre la noticia del siglo XVIII y las formas conservadas posteriormente existe un vacío documental que no puede llenarse únicamente porque compartan un nombre.
Kūsankū es una pista excepcional.
No es la solución completa del misterio.
Un kata no es un fósil intacto
Cuando se busca el origen chino del karate, es tentador comparar un kata de Okinawa con una forma china y esperar encontrar una coincidencia perfecta.
Si los movimientos se parecen, se proclama el parentesco. Si no lo hacen, se descarta.
La transmisión humana rara vez funciona así.
Un kata puede cambiar al pasar de un maestro a otro. Puede acortarse, ampliarse o adaptarse a una constitución física distinta. Una técnica puede conservar su forma exterior mientras cambia su interpretación. Un movimiento aprendido en China puede mezclarse con métodos locales y, después de varias generaciones, resultar irreconocible.
También sucede lo contrario: dos movimientos pueden parecerse sin proceder directamente uno del otro, porque el cuerpo humano dispone de un número limitado de maneras eficaces de golpear, protegerse, agarrar o desequilibrar.
Por eso, las semejanzas visuales constituyen indicios, no pruebas definitivas.
La investigación de la Universidad Chūō propone comparar de forma sistemática los nombres y las estructuras técnicas de los kata con las taolu chinas, especialmente las procedentes de Fujian. Pero advierte que semejante trabajo exige conocimiento histórico, lingüístico y técnico por ambas partes.
No basta con encontrar un vídeo parecido.
Hace falta investigación conjunta entre especialistas chinos y japoneses capaces de estudiar movimientos, dialectos, documentos y transformaciones históricas.
Fujian y la grulla blanca
Entre las posibles influencias, el boxeo de la grulla blanca de Fujian ocupa un lugar destacado.
Las similitudes señaladas suelen concentrarse en determinados métodos respiratorios, posiciones relativamente cortas, acciones circulares, acondicionamiento corporal y formas de contacto presentes especialmente en tradiciones vinculadas a Naha.
La cercanía geográfica y los contactos documentados con Fuzhou hacen razonable investigar esta relación.
Sin embargo, «grulla blanca» no designa una única práctica inmutable. Existen diferentes ramas, transformaciones y genealogías. Tampoco todo el karate de Okinawa comparte las mismas características.
Un estudio japonés dedicado específicamente a la relación entre el karate de Okinawa y la grulla de Fujian reconoce que la noticia sobre Kūsankū demuestra una presencia o influencia china, pero señala que todavía no sabemos exactamente qué método practicaba.
Decir que algunas líneas del karate recibieron influencias de sistemas del sur de China resulta razonable.
Afirmar que todo el karate procede directamente de una escuela concreta de grulla blanca exige pruebas que aún no poseemos.
Lo que cambia en el siglo XIX
La oscuridad documental comienza a disminuir durante el siglo XIX.
A partir de entonces aparecen maestros, viajes y relaciones más próximos en el tiempo, aunque sus biografías tampoco están libres de discrepancias. Las tradiciones de Naha vinculan a Higaonna Kanryō con el estudio de artes chinas en Fuzhou. Uechi Kanbun también viajó a Fujian y construyó su enseñanza a partir de lo aprendido allí.
En estos casos, la conexión china ya no pertenece a un pasado remoto e indeterminado. Hay nombres, lugares, discípulos y memorias más cercanas.
Aun así, reconstruir qué aprendió exactamente cada maestro continúa siendo difícil. Las escuelas chinas pudieron transformarse o desaparecer; las denominaciones personales no siempre correspondían a estilos formalmente definidos; y las enseñanzas regresaron a Okinawa para seguir evolucionando.
El conocimiento recibido no fue conservado en una urna.
Fue practicado, interpretado y transformado.
Lo que sabemos
Podemos afirmar con seguridad que el Reino de Ryūkyū mantuvo durante siglos una relación intensa con China.
Sabemos que existieron comunidades vinculadas a Fujian en Naha.
Sabemos que delegaciones chinas permanecieron durante meses en las islas y que numerosos ryūkyūenses viajaron y residieron en China.
Sabemos que en 1762 se registró por escrito el recuerdo de un experto chino llamado Kūsankū.
Sabemos que, durante el siglo XIX, maestros de Okinawa viajaron a Fujian y relacionaron su práctica con enseñanzas recibidas allí.
Y sabemos que el propio término tōde reconocía una asociación con China.
Negar la influencia china sería ignorar el contexto histórico en el que se desarrolló el arte.
Lo que suponemos
Es razonable pensar que algunos miembros de las familias asentadas en Kume conocieran prácticas de combate.
Es probable que integrantes de las misiones de investidura mostraran o enseñaran técnicas durante sus estancias.
También es plausible que funcionarios, estudiantes, comerciantes y navegantes de Ryūkyū aprendieran métodos marciales en territorio chino.
Podemos considerar que el personaje recogido en el Ōshima Hikki guarda relación con la tradición del kata Kūsankū.
Y existen razones para investigar conexiones entre determinados sistemas de Fujian y algunas líneas del karate de Okinawa.
Son hipótesis sólidas.
Todavía son hipótesis.
Lo que sigue sin demostrarse
No conocemos a un único fundador chino del karate.
No se ha identificado un sistema completo del que desciendan todas sus escuelas.
No podemos afirmar que las treinta y seis familias llevaran consigo el karate ya formado.
No sabemos qué arte practicaba exactamente Kūsankū ni cuánto de su enseñanza permanece en los kata actuales.
Tampoco puede trazarse una línea continua y documentada desde una escuela concreta de Fujian hasta la totalidad del karate de Okinawa.
Los huecos de la historia no deben rellenarse con seguridad impostada.
Reconocerlos no empobrece el relato. Le devuelve honestidad.
Un arte nacido del encuentro
Preguntar cuánto hay de China en el karate quizá no admita una cifra ni una respuesta sencilla.
El karate no parece haber sido importado como un objeto terminado. Tampoco surgió en Okinawa sin relación con el exterior. Se formó en un territorio atravesado por influencias, dentro de una sociedad capaz de recibir conocimientos y hacerlos propios.
China aportó técnicas, ideas, métodos y posibilidades.
Okinawa los seleccionó, mezcló, reinterpretó y transmitió de acuerdo con su cultura y sus necesidades. Más tarde, Japón reorganizó aquel arte, modificó su lenguaje y lo integró en el universo del budō moderno. Finalmente, su expansión internacional volvió a transformarlo.
Buscar una pureza original puede ser la pregunta equivocada.
La historia del karate no es la historia de una técnica que viajó intacta desde un punto hasta otro. Es la historia de sucesivas traducciones: entre países, lenguas, cuerpos, generaciones y épocas.
Su raíz china no reduce su identidad okinawense.
La explica.
Y quizá la imagen más fiel de su nacimiento no sea la de un maestro revelando un arte completo a un discípulo, sino la de muchas embarcaciones cruzando durante siglos el mar de China Oriental.
En cada una viajaba una pequeña parte de algo que Okinawa terminaría convirtiendo en karate.
Fuentes principales
- Kobayashi, Katsunori; Miyamoto y Aoki, Seiryō: «Problemas de investigación sobre la transmisión de las artes marciales chinas a Ryūkyū y el nacimiento del tōde», Instituto de Salud y Ciencias del Deporte de la Universidad Chūō.
- Tobe Yoshihiro: Ōshima Hikki, 1762.
- Kadekaru Tōru: investigación doctoral sobre la formación histórica del karate de Okinawa, Universidad de Waseda.
- Investigación sobre el karate de Okinawa y el boxeo de la grulla de Fujian, Universidad de las Artes de la Prefectura de Okinawa.

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