Antonio López Mateos: “El karate es mi vida; sin él no sería quien soy”

May 7, 2026

Superó un cáncer, volvió al tatami, compite al máximo nivel andaluz y nacional, y habla del karate como algo más que un deporte: una familia, una vía de escape y una forma de seguir adelante.

Antonio López Mateos transmite algo que va más allá de los resultados. Quien lo conoce habla de su positividad, de su forma de afrontar las cosas y de una energía especial que deja huella. Esa manera de ser cobra todavía más valor cuando se conoce todo lo que ha tenido que superar en los últimos años. A pesar de haber pasado por una enfermedad muy dura, Antonio ha seguido adelante con una fortaleza admirable, construyendo al mismo tiempo una trayectoria deportiva de enorme mérito.

Antes de conocer su historia completa, Antonio ya me había llamado la atención en competición. No fue solo por su forma de pelear, sino por todo lo que se movía alrededor de él. Recuerdo verlo en el tatami y escuchar desde fuera una escena muy de familia, muy de club: “¿Quién quieres que esté contigo? ¿Me pongo yo o se pone mamá?”. En ese momento pensé que allí había algo especial. No era solo un competidor. Había un entorno, una familia y un club sosteniendo desde abajo.

Después supe mucho más. Su madre, Leticia Mateos, seleccionadora de kata de Almería, me habló de su historia, de su enfermedad, de su regreso al karate y de todo lo que había significado para él volver a entrenar y competir. Y entonces aquella primera impresión cobró mucho más sentido.

Pero esta no es solo una entrevista sobre enfermedad. Ni siquiera solo sobre superación. Es también la historia de un competidor joven, ambicioso, que entrena fuerte, que quiere seguir creciendo y que se define a sí mismo como un luchador. Un karateka que ha convertido el club, el entrenamiento y la competición en una parte esencial de su vida.

En dojodigital hablamos con él sobre el hospital, el regreso al dojo, sus compañeros, su entrenador, sus objetivos deportivos y la mentalidad con la que afronta cada combate.


Para quien todavía no te conozca bien, ¿quién es Antonio López Mateos fuera del tatami?

Tengo 19 años, vivo en Granada y siempre he estado muy ligado al mundo del deporte. Me apasiona desde pequeño y, de hecho, mis estudios van por ahí: hice un grado medio y ahora estoy con el superior de deporte.

Siempre he tenido claro que quiero dedicarme a esto y que el deporte forma parte de mi vida.


¿Cómo te definirías como persona? ¿Qué crees que te caracteriza más?

Me considero una persona humilde y trabajadora. Soy alguien que tiene sueños y que lucha por conseguirlos.

También me considero una persona amigable, con muchos amigos, y que intenta cuidar a la gente que tiene alrededor. Me gusta estar bien con los demás y que ellos estén bien conmigo. En general, pienso que soy una buena persona.


¿Qué lugar ocupa el karate en tu vida a día de hoy?

Ahora mismo el karate es mi vida. Paso más tiempo en el gimnasio que en mi casa, entreno muchas horas al día.

Sin el karate no sería quien soy. No tendría los amigos que tengo ni la vida que llevo ahora. Para mí ya no es solo un deporte, es una familia. Lo considero algo que forma parte de mí.


Antonio habla del karate como quien habla de una casa. No solo de un lugar donde se entrena, sino de un espacio al que se pertenece. Esa idea aparece muchas veces en sus respuestas: el club, el grupo, los compañeros, el entrenador. En su historia, el karate no es únicamente competición. Es identidad.


Has pasado por una etapa muy dura en los últimos años. Mirándolo hoy con perspectiva, ¿cómo recuerdas todo aquel proceso?

La verdad es que lo llevé mejor de lo que mucha gente puede pensar. Apenas lloré, dos o tres veces como mucho.

Ahora lo veo casi como una anécdota, aunque también pienso que debería tenerlo más presente para valorar más todo lo que tengo y lo que estoy consiguiendo. A veces no lo pienso tanto como debería.

Pienso que quizá debería decirme más veces: “He pasado por esto y mira dónde estoy, mira lo que estoy haciendo, mira lo que estoy logrando”. Creo que tenerlo más presente también me ayudaría a valorar más las cosas.


En los momentos más difíciles, ¿qué fue lo que más te ayudó a mantenerte fuerte y seguir adelante?

Lo más duro no fue solo la enfermedad, sino todo lo que me quitó. No podía entrenar, no podía salir con mis amigos… además era época COVID, así que tampoco podía ver a casi nadie. Me quitaron mi vida normal.

Lo que más me ayudó fue mi madre y mi familia. También mis amigos, aunque no pudiera verlos como antes. Sabía que había gente que lo estaba pasando mal por cómo lo estaba pasando yo.

Recuerdo especialmente a un amigo, Andrés Morata, que venía todos los días a verme. Y hubo un día que no se me va a olvidar nunca: cuando vinieron todos los del gimnasio a verme desde abajo del hospital. Yo estaba en la ventana y ellos abajo. Eso me dio muchísima fuerza.

También el equipo médico se portó muy bien conmigo. Recuerdo especialmente a Juanfran, mi oncólogo, que me ayudó mucho durante todo el proceso. Pero de quien más me acuerdo es de mi madre. Y también tengo que decir que en algunos momentos no la traté como debería. Ahora me arrepiento. Creo que me equivoqué en ese aspecto.


La imagen es poderosa: Antonio en una habitación de hospital, en plena época de restricciones, viendo a sus compañeros desde una ventana. Ellos abajo, él arriba. Sin poder abrazarse, sin poder entrar, pero conectados. A veces un club no se mide por las medallas que gana, sino por lo que hace cuando uno de los suyos no puede entrenar.

La historia de Antonio también habla de lo que puede llegar a ser un club de karate cuando funciona de verdad. No solo un sitio donde se entrena, se compite y se corrigen técnicas. Un club puede ser una red, una segunda casa, un lugar donde un niño o un adolescente aprende disciplina, pero también pertenencia. En el caso del club de Wenceslao Angulo, esa idea aparece una y otra vez en el relato de Antonio: compañeros que preguntan, familias pendientes, un entrenador que busca la forma de mantenerlo conectado al karate incluso en los momentos más difíciles.


En un momento en el que la enfermedad y el COVID te habían apartado de tu vida normal, ¿qué significó sentir que el club seguía pendiente de ti?

Significó mucho. Aunque no pudiera entrenar ni estar con ellos como antes, sentía que seguía formando parte del club. Estaban pendientes de mí, preguntaban a mi madre, intentaban saber cómo iba y algunas madres que trabajaban en el hospital incluso venían a verme.

Eso me hacía sentir que no estaba fuera del grupo. Seguía siendo parte de la familia del club.


¿Qué papel tuvo tu entrenador en todo ese proceso?

Tuvo una parte muy importante durante todo ese tiempo, sobre todo cuando volví después del cáncer, pero también mientras estaba en mitad del proceso.

Wenceslao fue fundamental. Yo quería seguir haciendo karate, y él consiguió que me mandasen vídeos desde la Federación Española. También consiguió una camiseta de Laura Palacio, que en ese momento estaba en la selección española. Todo eso me ayudó mucho.


Cuando volviste a entrenar, ¿cómo te recibió el club?

Cuando volví a entrenar era como si nada hubiera pasado. Todo el mundo me acogió igual, todo el mundo me esperaba. Me seguían tratando como si fuera de la familia.

No fue como algo raro, como si después de mucho tiempo volviera alguien nuevo. Todo lo contrario. Fue como si nunca me hubiera ido.


Esa frase resume muy bien una parte esencial de la historia: “fue como si nunca me hubiera ido”. Para alguien que había sentido que la enfermedad y el COVID le habían quitado su vida normal, volver al dojo no era solo volver a entrenar. Era recuperar una parte de sí mismo.

Eso dice mucho del club. Porque un deportista que se aparta durante meses por una enfermedad puede sentir que todo ha seguido sin él. Que el grupo ha avanzado, que la rutina ha cambiado, que hay una distancia difícil de salvar. Antonio, sin embargo, cuenta lo contrario: volvió y encontró su sitio intacto. Esa es quizá una de las mejores definiciones de lo que debería ser un dojo.


Tu vuelta a la competición llegó bastante pronto. ¿Cómo viviste ese primer campeonato después de todo lo que habías pasado?

La verdad es que fue pronto. No sé exactamente cuánto tiempo había pasado, pero fue pronto.

Sentía un poco de miedo, porque todavía competía con el reservorio puesto, que era donde me ponían la medicación. Mi abuela me preparó una camiseta interior con un parche de gomaespuma en la zona del reservorio, para protegerme mejor por si recibía algún golpe, pero al final no me la puse.

Iba con ese miedo de pensar: “¿Y si me dan un golpe ahí?”. No por los golpes normales del combate, sino por si me daban justo en el aparato. Pero en general fui sin miedo y volví bien.


Según recuerda su entorno, Antonio volvió a entrenar apenas unos meses después de terminar el tratamiento. Y seis meses después decidió competir, todavía con el reservorio puesto y animado por su oncólogo. Aquel regreso no fue simbólico: volvió para competir. Y terminó subcampeón de Andalucía.


¿Te esperabas volver con buenos resultados tan pronto?

No, la verdad. Cuando volví a competir no me esperaba los resultados que tuve.

Estaba flojo, había perdido mucho peso, pero mi condición física seguía ahí. Entrenando la fui recuperando rápido.


¿Tuviste miedo a recibir golpes o a cómo iba a responder tu cuerpo?

A los golpes normales, no. En la cara no he tenido miedo nunca, la verdad.

Lo único era lo que decía antes: el reservorio. Tenía miedo a que me golpearan ahí, en esa zona. Pero en general no competí con miedo.


¿Hubo algún momento en el que dijeras: “vale, ya estoy de vuelta de verdad”?

Desde el momento en que empecé a entrenar otra vez en el club, ya dije: “estoy de vuelta”.

Pero cuando de verdad sentí que volvía a mi nivel fue más adelante. Recuerdo una Liga Nacional en la que perdí un bronce, pero ese resultado me clasificó para la gran final en Pontevedra. En esa final quedé primero en el ranking, creo que fue mi primer año de sub-21.

Ahí sí pensé que estaba de vuelta, que volvía a ser el que quería ser, que podía volver a ser campeón otra vez.

También me ha pasado en algunos combates después de todo aquello. Ganar ciertos combates me hacía decir: “ya estoy de vuelta”.


La vuelta de Antonio no fue un gesto romántico ni una escena de película. Fue más larga, más real y más deportiva: recuperar peso, volver a entrenar, competir otra vez, medir el cuerpo, volver a sentirse fuerte, ganar combates, clasificarse, pelear rondas importantes. La vida no siempre vuelve de golpe. A veces vuelve por asaltos.


A nivel deportivo, ¿cómo te definirías como competidor?

Me considero un luchador. Pienso que nunca me rindo, salvo que haya una diferencia muy grande, pero siempre intento dar lo máximo de mí.

Soy un competidor que casi nunca deja de atacar. Siempre intento tirar hacia adelante y marcar muchos puntos.


¿Cuáles crees que son tus puntos fuertes en competición?

Mi punto fuerte es que marco muchos puntos, que soy muy ofensivo y que siempre voy hacia delante.

Y mi punto débil es que también me marcan mucho. Eso es algo que tengo que mejorar.


Esta respuesta dice mucho de él como competidor. No intenta vender una imagen perfecta. Se define como atacante, como alguien que suma mucho, pero también reconoce con naturalidad que esa forma de competir tiene un coste. Es una lectura honesta, y eso en un deportista joven vale bastante.


He visto que entrenas muy fuerte, incluso con gente de mucho nivel. ¿Cómo es tu día a día de entrenamiento?

Entreno fuerte y tengo la suerte de hacerlo con deportistas que están a un nivel espectacular.

Entreno con compañeros como Alejandro Jiménez, Zamoran Shotte y Abril Angulo. Me encanta seguir ese ritmo.

En el gimnasio somos una familia. Todos tiramos de todos. Hay días en los que uno viene con menos ganas y otro tira de él. Sabemos que algunos compañeros vienen siempre con muchas ganas, pero si algún día no vienen igual, los demás tiramos también de ellos.

Eso es lo importante del club: somos una familia, celebramos los resultados de todos y nos sentimos uno.


¿Cuántas horas entrenas y cómo estructuras tu preparación?

Entreno entre una hora y media y dos horas al día, de lunes a jueves. Luego viernes, sábado y domingo depende de los entrenamientos que tengamos con la federación.

Los demás días intento descansar y aprovechar al máximo los entrenamientos.


Después de todo lo que has vivido, ¿dirías que compites con una mentalidad diferente?

Sí, creo que cambia. Después de pasar por algo así, valoras más ciertas cosas.

Pero también creo que sigo siendo competitivo, que quiero ganar y que quiero seguir mejorando.


¿Qué objetivos te marcas ahora mismo dentro del karate?

Este es mi último año de sub-21, así que mi objetivo principal es hacer podio en el Campeonato de España y clasificarme para la gran final de la Liga Nacional en sub-21.

Este año, por desgracia, no he podido pelear las primeras rondas porque estoy lesionado del hombro. Me operaron en diciembre, después de Canarias, y ahora estoy recuperándome.

Después del verano volveremos con más fuerza. Pero el objetivo principal es hacer podio en el Campeonato de España.


¿Hasta dónde quieres llegar en este deporte?

A mí me gusta competir. Soy un friki de la competición.

Hasta dónde puedo llegar no lo decido ahora. Seguiré hasta que vea que ya no estoy al nivel o que no puedo pelear más. Mientras esté al nivel, voy a seguir peleando.


¿Tienes algún referente o alguien en quien te fijes?

Me fijo mucho en mi entrenador, Wenceslao Angulo, por la constancia que tiene y por cómo trabaja en los entrenamientos.

También me fijo mucho en Abril Angulo. Entrena muchísimo y siempre va al cien por cien, incluso los días en los que no hay tantas ganas. Creo que eso es muy importante, no solo para mí, sino para todos.


Fuera del tatami, ¿cómo te ves en el futuro? ¿Te gustaría seguir ligado al deporte?

Sí, me gustaría seguir ligado al deporte. Para eso estoy estudiando y creo que es a lo que me quiero dedicar.

El deporte es lo que me gusta y lo que quiero que forme parte de mi vida.


Antonio López Mateos habla como un chaval joven, pero en su historia hay una madurez que no se fuerza. No pretende dar lecciones. No dramatiza más de la cuenta. A veces incluso parece que le cuesta mirar hacia atrás y reconocer la magnitud de lo vivido. Pero ahí está: una enfermedad dura, una vuelta temprana al karate, un club que no lo soltó, una madre presente, un entrenador clave y un competidor que sigue mirando hacia delante.

Quizá por eso su historia funciona. Porque no se queda en el hospital. Ni tampoco solo en el podio. Se queda en ese punto intermedio donde el karate deja de ser únicamente deporte y se convierte en algo más: una forma de pertenecer, de recuperar la normalidad y de seguir peleando.

A veces hablamos del karate como deporte, como competición o como medallas. Pero en historias como la de Antonio se ve otra dimensión: la del club como espacio de pertenencia, como estructura emocional y como lugar donde muchos jóvenes encuentran disciplina, referentes y una familia deportiva. El resultado importa, claro. Pero hay cosas que se construyen antes de subir al tatami. Y, seguramente, también son las que permiten volver a él cuando la vida se pone más difícil.

1 Comentario

  1. Carmen Medina

    Antonio eres un chaval muy fuerte y constante. Tienes toda mi admiración. Leticia puedes sentirte muy orgullosa. Enhorabuena por todos esos logros.

    Responder

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Artículos relacionados

Artículos relacionados