Vet3 (46–50): 26 competidores, nivel altísimo… y una categoría que ya no pasa desapercibida
Hay un fenómeno que ya no se puede barrer debajo de la alfombra: el kárate veterano está viviendo un boom. Crece en número, crece en nivel y —esto es lo más interesante— crece en peso dentro del circuito. Lo que antes algunos reducían a “una categoría bonita” empieza a parecerse demasiado a lo que siempre debió ser: competición seria.
Si alguien quiere comprobarlo, que mire el termómetro más alto: Veteranos 3 (46–50) en la Liga Nacional. Veintiséis competidores.
En máster, eso no es “una cifra buena”. Es un aviso.
Y no hablamos de una categoría inflada a base de inscripciones. Hablamos de una categoría que se ha llenado… de gente que sabe competir.
El boom veterano: por qué está pasando ahora
No hay una sola razón. Han coincidido varias, y todas empujan en la misma dirección:
1) La gente ya no se retira como antes. Muchos karatekas han vuelto después de años, pero no vuelven por nostalgia: vuelven con objetivos. Con otra cabeza.
2) Hoy se entrena mejor. Más preparación física, más planificación, más análisis, más método de club y más cultura competitiva. El veterano actual no compite “como puede”. Compite con un plan.
3) El máster se ha ganado respeto a base de hechos. Cuando los cuadros se llenan, hay rivalidad real y las finales se deciden por detalles técnicos, deja de ser “un añadido” y se convierte en una parte central del espectáculo.
Vet3 (46–50): dos cosas difíciles de ver juntas
Lo excepcional de esta Vet3 no es solo el número. Es la combinación:
mucha participación
y mucho nivel
Con 26 inscritos, el margen de error se vuelve mínimo. No hay cruces “amables”. No hay rondas de trámite. En un cuadro así, incluso el favorito sabe que puede encontrarse un rival incómodo demasiado pronto.
Y aquí hay un matiz importante. No he competido todavía en esta categoría, así que no puedo hablar desde la experiencia directa. Pero sí puedo decir lo que me han transmitido quienes ya han estado ahí: que el ambiente en veteranos es competitivo y exigente, pero también respetuoso, limpio y con una sensación de comunidad que no siempre se encuentra en otras franjas.
Se aprieta, pero se reconoce el kárate del otro. Se compite con intensidad, pero sin esa murga permanente. Hay rivalidad, pero también un código compartido.
Y cuando competitividad real y buen ambiente conviven, algo está funcionando.
Mi primera vez: Vet3, Liga Nacional… y un regreso reciente
En mi caso hay un detalle que cambia el enfoque: compito por primera vez en Veteranos 3 y es mi primera Liga Nacional. Y, además, llevo relativamente poco desde que volví a las artes marciales: un año y medio.
Eso me coloca en un punto concreto: no vengo a contarlo desde la teoría, sino desde la piel. Desde el calentamiento, el cuadro, los nervios, el silencio antes de ejecutar… y la realidad de plantarte en una categoría de 26 donde casi cualquiera puede cruzarse contigo y exigirte un nivel técnico máximo.
No lo digo como excusa. Lo digo como contexto. Porque esto va a ser una crónica “desde dentro”.
Los 26: protagonistas y un cuadro sin regalos
Con 26 inscritos es imposible hablar solo de dos o tres nombres. Basta mirar el listado para entenderlo: esta Vet3 mezcla escuela, experiencia, palmarés, hambre y cartas tapadas. Un cuadro así no se “supera”. Se atraviesa.
Pero si hay un foco inevitable, es el gran cartel que flota sobre la categoría: Botrán vs Veiga.
Y no es solo un cruce de nombres. Es un cruce de estilos. Shotokan contra Shito-ryu. Control estructural y limpieza técnica frente a explosión, ritmo y potencia expresiva. Cadencia medida frente a intensidad que marca territorio desde el primer gesto.
Botrán representa el oficio competitivo de quien sabe gestionar rondas, sostener tensión y convencer desde la precisión. Es el tipo de competidor que no necesita exagerar nada: su ejecución habla por él.
Veiga, por su parte, compite también en individual y llega con ambición y con esa sensación de que quiere dejar huella en una categoría que no regala nada. Su presencia eleva el nivel general. Cuando él está en el cuadro, todo el cuadro sube un escalón.
Ese duelo no es solo atractivo. Es estructural. Puede condicionar todo el campeonato.
Ahora bien: pensar que esta Vet3 se reduce a dos nombres sería un error.
Alrededor hay aspirantes con argumentos sólidos. David Aparicio, explosivo, con un Shito-ryu potente y mentalidad de podio. Sergio Felipe De Cabo Machín, aspirante real al oro, competidor acostumbrado a sostener nivel ronda tras ronda. Oumar Fall Ndao, actual campeón de Andalucía: presencia, potencia y capacidad de imponer desde el primer movimiento.
Y hay nombres que, desde la experiencia directa, sé que no se pueden subestimar. José Miguel Giráldez Galán, con quien pude competir en el último Campeonato de Andalucía, es un ejemplo claro: su nivel es serio, sólido y perfectamente capaz de meterse en cualquier ronda decisiva. Es de los que no necesitan titulares para demostrar que están ahí.
Luego están los perfiles que te ganan el campeonato por oficio: Jesús Ruiz Alcolea con el sello Kazokusport; Cebrián Pardo desde el entorno Carbonell; García Serrano aportando estructura; Krings Lafuente con el combustible de la revancha tras una descalificación reciente. Hambre pura.
Chamorro de la Orden, maestro en Tsukuri, representa la experiencia que no se acelera. De los que no regalan nada y saben competir desde la calma.
Rafael Fernández Luna entra en el grupo de competidores con costumbre de podio. Francisco Javier Acedo aporta completitud y solvencia. Jorge Racero presencia y recorrido. Eduardo Menés Planas credenciales nacionales que pesan. José Luis Martínez Díaz décadas de experiencia que sostienen nivel cuando el campeonato se estrecha.
Y luego están los nombres que pueden convertirse en sorpresa sin previo aviso: Asensio Rojas, Castellanos Zamora, De Olano Mata, Fernández Sánchez, García Gracia, Gómez Rodríguez, Ponce Durán, Saorín Morote, Soler Ramos… y todos los demás.
En una categoría de 26, las sorpresas no son excepción. Son parte del sistema.
Lo que viene: crónica desde dentro
Esto no es una previa para quedar bien. Es una foto real de lo que está pasando:
veteranos está creciendo
Vet3 se ha convertido en un bloque potente
el nivel es alto
la categoría ya no pasa desapercibida
y la Liga Nacional, en esta franja, promete rivalidad, aspirantes… y giros
Yo lo voy a vivir por primera vez desde dentro. Y lo voy a contar como se tiene que contar: con detalle, con honestidad y con respeto.
Porque si algo está claro es que nuestros máster ya no compiten por nostalgia. Compiten de verdad.
Hay caminos que no se trazan con mapas, sino con sudor, disciplina y respeto. El karate —ese arte que millones practican cada día en los tatamis del mundo— nació mucho antes de tener un nombre. Nació del silencio, del miedo y de la necesidad. Y su historia, tejida entre templos chinos, islas de Okinawa y gimnasios universitarios en Tokio, es también la historia de la evolución del ser humano: de la guerra al equilibrio, del instinto a la conciencia.
Raíces antiguas: cuando el combate era supervivencia
Antes de que existiera la palabra karate, los hombres ya luchaban. En el antiguo Japón, el Kojiki —el libro más viejo de su historia— describe un duelo a mano desnuda entre dos dioses, Nomi no Sukume y Taima no Kehaia. El combate terminó con la muerte de uno de ellos de una patada. Así nació el sumo primitivo, una lucha sin reglas, sin protecciones y sin más ley que la de sobrevivir.
Siglos más tarde, en la China milenaria, los templos Shaolin se convirtieron en los centros de una disciplina que unía cuerpo y espíritu. Allí, según la leyenda, el monje indio Bodhidharma (Daruma) enseñó ejercicios respiratorios y de fortalecimiento a los monjes que no soportaban las largas horas de meditación. Aquellos movimientos —más espirituales que combativos en sus inicios— fueron la semilla de lo que después se conocería como Kenpo Shaolin, el puño del templo.
Con el tiempo, los monjes se vieron obligados a defender sus templos de bandidos y soldados, desarrollando técnicas de golpeo, proyecciones y defensa sin armas. De ahí nacieron los estilos del norte, con amplios desplazamientos, y los del sur, más cortos y potentes, característicos de la provincia de Fujian. Sería precisamente desde allí desde donde partirían las raíces que llegarían a Okinawa.
De China a Okinawa: el arte prohibido
El archipiélago de las Ryukyu, hoy prefectura japonesa de Okinawa, fue durante siglos un punto de encuentro entre culturas. Sus reyes mantenían la paz enviando tributos a China, y los emisarios chinos, al llegar, traían consigo su conocimiento marcial.
Aquellos soldados e instructores de Fujian enseñaron su arte a los isleños: el Kenpo chino, que allí se conocería como Tô-de (“mano de China”), mientras que las técnicas autóctonas recibirían el nombre de Te (“mano”). De esa fusión —la del Te y el Tô-de— nacería el germen del karate.
Pero su desarrollo no fue fruto de la curiosidad, sino de la prohibición. A comienzos del siglo XV, el rey Sho Shin prohibió portar armas a los nobles locales para mantener la paz. Doscientos años después, el clan Satsuma de Japón invadió las islas y repitió el decreto: ninguna espada, ninguna lanza, ni siquiera cuchillos grandes. Desarmados, los okinawenses transformaron herramientas agrícolas en armas —naciendo así el kobudo— y convirtieron su cuerpo en su única defensa.
Cada puño se volvió un arma. Cada respiración, una estrategia. Y cada movimiento, una forma de preservar la vida.
Los tres corazones del karate: Shuri, Naha y Tomari
Okinawa dio origen a tres escuelas fundamentales, tres formas de entender el combate que marcarían el destino del karate:
Shuri-te: la espada invisible
Nacido en la capital real, Shuri, era el estilo de los nobles guerreros. Su principal arquitecto fue Sokon Matsumura (1792-1896), maestro de maestros, conocido como Bushi Matsumura. Había estudiado en Japón la escuela de sable Jigen-Ryu, famosa por su golpe único y decisivo. De ahí heredó la idea de que un solo ataque —bien ejecutado— debía ser suficiente. De Matsumura aprendió Anko Itosu, quien simplificó y adaptó el arte para enseñarlo en las escuelas, creando los cinco katas Pinan (Heian). Su decisión transformó un arte de guerra en una herramienta de educación física y moral.
Naha-te: el aliento de la grulla blanca
En la ciudad portuaria de Naha, Kanryo Higaonna viajó a China para estudiar durante quince años los secretos del boxeo del sur. Aprendió el Hakutsuru Ken, el boxeo de la grulla blanca, y lo adaptó al cuerpo y espíritu okinawense. Su discípulo Chojun Miyagi sintetizó sus enseñanzas en un estilo equilibrado entre la dureza (Go) y la suavidad (Ju): el Goju-Ryu. Miyagi no solo creó nuevos katas como Tensho o Gekisai Dai Ichi, sino que dio al karate una identidad espiritual profunda. “Todo en el universo respira duro y suave”, decía. Así bautizó su escuela: Goju-Ryu, “lo duro y lo suave”.
Tomari-te: el puente entre dos mundos
En el pueblo de Tomari surgió un estilo que mezclaba lo mejor de los otros dos. Sus maestros, como Kosaku Matsumora o Chotoku Kyan, refinaron katas como Sochin, Niseishi y Unshu. Este estilo, aunque menos conocido, fue decisivo para el desarrollo de la fluidez y la elegancia en el karate posterior.
La expansión: del secreto al mundo
Durante siglos, el karate fue un arte secreto. Los maestros enseñaban de noche, en patios cerrados, solo a unos pocos alumnos. Las técnicas se transmitían en los katas, secuencias que guardaban el conocimiento prohibido bajo apariencia de danza.
Todo cambió con Anko Itosu. En 1901 logró introducir el karate en las escuelas públicas de Okinawa. Aquel gesto fue revolucionario: el arte que había nacido en la clandestinidad se convirtió en materia educativa.
Entre sus alumnos había un hombre delgado, culto y disciplinado que cambiaría para siempre la historia del karate: Gichin Funakoshi.
Funakoshi y el viaje a Japón
Funakoshi (1868–1957) estudió con Itosu y con Anko Azato. Maestro de escuela y poeta, combinó el arte marcial con la filosofía confuciana. En 1922, fue invitado a Tokio por Jigoro Kano, fundador del judo, para realizar una demostración en el Kodokan. Aquella exhibición dejó a todos impresionados: Kano vio en el karate un arte con valor educativo y espiritual.
Funakoshi decidió quedarse en Japón, donde fundó su dojo “Shoto-kan” —literalmente, la casa del ondear de los pinos, su seudónimo poético era “Shoto”—. De ese nombre nació el estilo más difundido del planeta: el Shotokan.
Su hijo Yoshitaka evolucionó la técnica, alargando las posiciones y dando potencia a los movimientos. Más tarde, la Japan Karate Association (JKA), bajo la dirección de Masatoshi Nakayama, codificó el estilo e impulsó su expansión mundial. De sus filas saldrían figuras legendarias como Kase, Enoeda, Shirai y Okazaki, que llevarían el karate a Europa y América.
El florecimiento de los estilos
Mientras Funakoshi consolidaba el Shotokan, otros discípulos siguieron su propio camino:
Kenwa Mabuni (1889–1952), alumno de Itosu y Higaonna, combinó la fuerza del Shuri-te con la fluidez del Naha-te, creando el Shito-Ryu, un estilo con un repertorio técnico vasto y una gran precisión. Su nombre honra a sus maestros: “Shi” de Itosu y “To” de Higaonna.
Hironori Otsuka (1892–1982), que además era maestro de jujutsu, fundó el Wado-Ryu, un estilo basado en la armonía (Wa) y la evasión, donde la suavidad vence a la rigidez.
Shigeru Egami (1912–1981), fiel discípulo de Funakoshi, creó el Shotokai, conservando la pureza filosófica del maestro y rechazando la competición. En su visión, el karate no era una lucha entre dos personas, sino un diálogo entre dos energías.
De estas escuelas nacería el karate moderno, dividido en estilos pero unido por una misma raíz espiritual.
Karate-do: el camino del espíritu
El karate no se entiende sin su filosofía. Antes de cada clase, los practicantes se sientan en silencio, cierran los ojos (mokuso) y saludan. No es un gesto vacío, sino un ritual de respeto. El saludo (rei), la reverencia al kamiza (el altar del dojo), la limpieza del tatami, todo forma parte del entrenamiento.
En el corazón del dojo resuenan los cinco preceptos del Dojo Kun:
Hitotsu: Jinkaku kansei ni tsutomuru koto. Primero: perfeccionar el carácter. Hitotsu: Makoto no michi o mamoru koto. Primero: ser fiel y sincero. Hitotsu: Doryoku no seishin o yashinau koto. Primero: esforzarse siempre. Hitotsu: Reigi o omonjiru koto. Primero: respetar a los demás. Hitotsu: Kekki no yu o imashimuru koto. Primero: contener la violencia.
No hay segundos ni terceros preceptos: todos son “primero”, porque todos son igual de esenciales. Así se educa el carácter del budoka.
Del arte marcial al deporte
Tras la Segunda Guerra Mundial, el karate se extendió por todo el mundo. Los soldados estadounidenses destinados en Okinawa lo aprendieron y lo llevaron a su país. En los años 60, el cine y los campeonatos lo popularizaron aún más, pero también lo transformaron.
La aparición de la competición deportiva separó en parte el karate-do (camino marcial) del karate deportivo. En el kumite, se buscó la velocidad, el punto y la espectacularidad. En el kata, la estética y la precisión. Pero las técnicas más peligrosas del arte original fueron prohibidas por seguridad.
El karate seguía vivo, pero con dos rostros: uno, orientado a la superación personal; otro, al rendimiento competitivo.
Como escribió el propio Funakoshi:
Si el karate se convierte en una competición con protecciones, ya no será karate, será otra cosa.”
Y sin embargo, el espíritu permanece. En cada torneo, en cada kata ejecutado con respeto, aún late algo de aquel viejo secreto okinawense.
El karate hoy: tradición y evolución
Hoy, el karate se practica en más de 190 países. Está presente en los Juegos Olímpicos, en federaciones nacionales, en dojos humildes y en templos de alta competición. Pero más allá de medallas y reglamentos, el karate sigue siendo una vía de formación interior. Su práctica enseña control, humildad y equilibrio.
Cada generación lo reinterpreta: algunos vuelven a las raíces del budo; otros exploran su potencial deportivo; otros lo mezclan con ciencia, pedagogía o meditación. Pero todos comparten algo: el eco del saludo final, ese oss que encierra respeto, esfuerzo y gratitud.
El legado del puño vacío
El karate nació sin nombre y sin armas. Se forjó en la oscuridad, resistió prohibiciones y viajó a través de mares y siglos. De los monjes de Shaolin a los campesinos de Okinawa, de Funakoshi a los campeones actuales, todos buscaron lo mismo: dominarse a sí mismos antes de dominar a otros.
Por eso, cuando un karateka saluda antes de empezar, no está repitiendo un gesto antiguo: está honrando una historia milenaria.
Y en ese instante, el pasado y el presente se encuentran… …en el silencio del dojo.
El día que me pusieron el cinturón negro no fue la culminación cinematográfica que había imaginado: no hubo vítores, ni un trofeo brillante que justificara todo el camino. Hubo un silencio distinto, un intercambio de miradas con el sensei y la sensación —extraña, profunda— de que aquello no cerraba nada: abría una puerta. Fue en ese instante cuando entendí que el cinturón negro no era el final del trayecto, sino el punto de partida de un aprendizaje más serio y, a la vez, más humilde.
Cuando la meta se descubre como principio
Hasta entonces, como a tantos, me habían vendido la idea de que el cinturón negro era una meta: un objetivo a tachar de la lista. Y sí, obtenerlo tiene un valor enorme —visualiza esfuerzo, constancia y una colección de pequeñas derrotas superadas—, pero al ponértelo te das cuenta de algo inesperado: ya conoces lo básico para empezar a aprender kárate de verdad. Es el momento en el que el sentidoi puede dejar de corregirte los fundamentos y empezar a hablar contigo de ángulos, intención y bunkai; el momento en que puedes juntarte con otros cinturones negros y mantener una conversación fluida sobre principios que antes parecían abstracción.
Káratedō es un camino que no termina. Se adapta a cada etapa de la vida: cuando eres joven te atraen la velocidad y el combate; más adelante, la profundidad técnica o la relación corporal; y en la madurez, el significado del gesto y la transmisión a otros. Los cinturones sirven para visualizar trayectos —son mapas de hitos—, pero no deberían confundirse con el ego. Un cinturón no te hace mejor persona; te pone frente a la responsabilidad de seguir aprendiendo sin falsa superioridad.
Aprender a ver más allá de la técnica
Después de alcanzar el negro, lo que cambia no es solo tu capacidad técnica, sino la naturaleza de tus preguntas. Antes preguntabas: “¿cómo se hace?”; ahora preguntas: “¿por qué se hace así?” y “¿qué significa esto en combate real?”. La conversación en el dojo se vuelve más rica: se habla de timing, de intención, de economía del movimiento. Y esa conversación exige humildad, porque cuanto más sabes, más errores detectas en tu propio gesto.
La relación con otros karatekas también cambia. Con los compañeros de cinturón marrón o negro se generan debates amables, encuentros para pulir detalles y la posibilidad de explorar aplicaciones reales de las katas (bunkai). Aprender a hablar de kárate es casi tan importante como aprender a practicarlo.
Consejos prácticos para quien empieza (y para quien se queda)
Si estás pensando en ponerte un karategi mañana, aquí van pasos concretos para no perderte en el camino:
Prioriza la constancia sobre la intensidad. Dos entrenamientos semanales constantes valen más que cinco semanas intensas y luego abandono.
Trabaja lo básico hasta que no duela hacerlo mal. Postura, respiración, guardia: repítelos como si fueran la base del edificio.
Busca un sensei que corrija con paciencia, no con teatralidad. La calidad de la enseñanza marca el 70% del progreso.
Entrena con compañeros más fuertes y con los que son menos hábiles. Te enseñan cosas distintas.
Cuida el cuerpo: prevén lesiones con movilidad, fortalecimiento y descanso; nadie progresa mucho con una lesión mal curada.
No compres lo primero que brilla. Un karategi sencillo y cómodo funciona; invierte en técnica antes que en material caro.
Grábate ocasionalmente. El vídeo es un espejo infalible: te muestra lo que crees que haces y lo que haces en realidad.
Enseña pronto. Explicar una técnica es la manera más rápida de descubrir lo que no entiendes.
La trampa del ego y la tentación de la etiqueta
Un riesgo real es confundir el cinturón con la autoridad absoluta. He visto cinturones negros que hablan desde la superioridad, y cinturones blancos que transmiten con más humildad. El verdadero valor de un negro se mide en su disposición a mantener la curiosidad y a ayudar al que empieza. Si buscas el cinturón para sumar likes o prestigio, habrás malinterpretado el ejercicio: la esencia está en el trabajo diario, no en la hebilla.
¿Y los patrocinadores? ¿Qué pueden aportar?
Para que el kárate crezca y llegue a más gente, necesitamos alianzas coherentes: escuelas locales que financien programas de iniciación; marcas de karategi que ofrezcan material asequible para la cantera; patrocinadores que impulsen jornadas de puertas abiertas y becas para familias con menos recursos. Un patrocinio bien planteado no compra protagonismo; amplifica acceso. Si una empresa aporta equipamiento y visibilidad, el dojo puede ofrecer más plazas, proyectos escolares y eventos que atraigan público.
Para cerrar: una invitación sencilla
Si aún dudas si entrar al dojo mañana, te lo digo sin filtros: no vas a convertirte en nadie en una semana. Pero entrarás a un lugar donde aprenderás a sostenerte cuando las cosas fallen, a escuchar sin juzgar y a mejorar con paciencia. Ponte el karategi, respira y quédate en la clase. Si el camino es para ti, lo sabrás en la tercera sesión; y si no, al menos habrás probado algo que muchos no se atreven.
Este sábado, el pabellón de Adra (Almería) acogió un curso de katas que tuvo como maestro invitado a César Capitán Bernal, 8º Dan, Director del Departamento de Karate Tradicional de la Federación Andaluza y fundador del Club Do Karate. El evento, organizado por el Club de Karate Scorpio, convirtió la mañana en un punto de encuentro para karatekas de todas las edades y niveles, unidos por una misma pasión: el kata.
Nada más entrar, el espacio impresionaba: un tatami blanco impecable ocupaba el centro del pabellón, dotando al lugar de una presencia elegante y solemne. A pesar del calor intenso y la humedad propios de esta época en Adra, el ambiente se mantenía cargado de energía y cordialidad. Participantes desde los cinco años hasta veteranos de más de sesenta compartían tatami, cinturones amarillos junto a cinturones negros, e incluso karatekas llegados del extranjero. La organización del Club Scorpio, impecable, cuidó los detalles y hasta incluyó sorteos de material para cerrar la jornada.
Durante tres horas (de 9 a 12), César Capitán no solo dirigió un curso, sino una auténtica clase magistral. El eje central fue el kata Nijushiho, aunque no se trató de una mera repetición de movimientos. A través de él, el maestro desgranó aspectos esenciales del karate tradicional: la importancia de los tobillos, el control del centro de gravedad y el descenso desde el inicio manteniendo un eje vertical, para después ir desplazándose suavemente, rozando el tatami con el dedo gordo del pie hasta ejecutar la posición y la técnica con precisión. Al final, hubo también un breve acercamiento al Gojushiho Dai.
En determinados momentos, César hizo comentarios interesantes sobre las diferencias entre karate deportivo y karate tradicional. Reflexionó sobre cómo, aunque las modas pueden aportar elementos útiles, es importante que el karateka adapte el kata a su propio estilo, imprimiéndole un toque personal que lo diferencie. Esa idea —hacer el kata tuyo— fue uno de los mensajes más inspiradores de la jornada.
Algo que destacó especialmente fue la manera en que César explicaba cada movimiento. No solo transmitía el carácter del karate, sino que sus correcciones dejaban ver un dominio profundo del cuerpo humano, la anatomía y los principios de la educación física. Cada indicación, ya fuera sobre la posición de las escápulas o la movilidad de la pelvis, estaba cargada de intención pedagógica, con la claridad de quien sabe enseñar y la precisión de quien comprende en profundidad lo que está transmitiendo.
Llamó también la atención el papel de varios jóvenes alumnos suyos, de no más de diez años, que participaron en las demostraciones. Su nivel técnico era altísimo, reflejo de la exigencia y calidad del trabajo que se desarrolla en el Club Do Karate. Y aunque César delegó en ellos muchas explicaciones visuales, él mismo ejecutó fragmentos de los katas, mostrando que su nivel técnico sigue siendo elevado a pesar de los años.
Más allá de la técnica, destacó su cercanía y humanidad. Trató a todos con la misma atención, conversó con los participantes en los descansos y transmitió una sensación de apertura que rompe cualquier barrera maestro-alumno. Esa humildad, viniendo de alguien con su experiencia y reconocimiento, no solo honra su figura, sino que eleva la experiencia formativa.
Las tres horas pasaron volando, incluso bajo un calor sofocante. Salí del curso con la sensación de haber aprendido detalles que mejorarán mi práctica diaria y, sobre todo, con la confirmación de que el karate no es solo técnica: es también actitud, conexión y respeto por la tradición.
Y si el tatami vuelve a reunirnos con César Capitán en un futuro, ahí estaré. Sin dudarlo.
Vivimos en la era del “ya”. Todo es inmediato. Un clic. Un scroll. Un like. Una nueva dosis de dopamina cada tres segundos. TikTok, YouTube, Instagram… Cada notificación es una recompensa. Cada segundo de atención es moneda de cambio. Y en medio de todo eso, aparece el karate. Silencioso. Exigente. Implacable. El enemigo perfecto del mundo moderno.
El karate no busca gustarte. No está diseñado para entretenerte. Te exige. Te frustra. Te pone frente al espejo. Y ahí es donde empieza su magia.
Porque mientras el mundo compite por captar tu atención durante quince segundos, el karate te pide concentración plena durante una hora. Mientras todo fuera es velocidad, en el dojo hay pausa. Repetición. Detalle. Control.
No hay filtros. No hay atajos. No hay dopamina barata.
Y por eso funciona.
En un mundo donde todo se “consume”, el karate se vive. Donde todo es “contenido”, el karate es experiencia. Donde todo es apariencia, el karate busca esencia.
Entrenar un kata no da likes. Repetir un movimiento cien veces no genera views. Pero fortalece algo que estamos perdiendo: La capacidad de mantener el foco. La tolerancia a la frustración. El valor del esfuerzo sostenido.
Muchos padres nos preguntan: “¿Cómo consigo que mi hijo deje de mirar el móvil?” La respuesta no está en prohibir, sino en ofrecer algo mejor. Algo que conecte con su necesidad real de superación, de pertenencia, de identidad.
Y ahí es donde entra el dojo. No como castigo, sino como alternativa real.
Porque no hay algoritmo que pueda competir con la satisfacción de dominar un kata. Ni pantalla que iguale el respeto que se siente al saludar a tu sensei. Ni vídeo viral que supere la sensación de mejorar día tras día. Aunque nadie lo vea. Aunque no lo grabes. Aunque no lo subas.
Karate es disciplina sin gritos. Es autoestima sin aplausos. Es dopamina lenta… de la que realmente vale.
Y lo más curioso es esto: Cuanto más tiempo pasan los niños en el dojo, menos miran el móvil. No porque se les prohíba. Sino porque ya no lo necesitan tanto. Empiezan a entender que lo que cuesta… vale más.
¿Y tú? ¿Qué crees que está perdiendo esta generación con tanta pantalla? ¿Puede el karate ser un refugio, un escudo, un despertar? Cuéntanoslo.
Comparte este artículo si tú también crees que el karate es mucho más que un deporte.
Por David Lozano (Entrenador en FisioRecovery) El kumite actual no se gana solo con técnica ni con fondo físico. Hoy, quien marca es quien llega antes. Quien lanza el ataque en el momento justo, con la potencia necesaria y en el menor tiempo posible. Esa capacidad explosiva no es cuestión de suerte ni de genética: se entrena. Y una de las herramientas más eficaces para desarrollarla es la pliometría.
Sí, hablamos de saltos. Pero no de saltar por saltar. Hablamos de movimientos específicos que preparan tu cuerpo para reaccionar más rápido, para desplazarse mejor, para frenar con control y salir como un resorte en el momento decisivo. En este artículo vamos a explicarte qué es la pliometría, por qué es clave en el kumite y, sobre todo, por qué no debes lanzarte a hacerla sin antes preparar bien tu cuerpo.
La pliometría se basa en el ciclo de estiramiento-acortamiento (CEA). Es decir, el músculo se alarga rápidamente (fase excéntrica) y luego se contrae con fuerza (fase concéntrica). Esto genera un movimiento explosivo, muy útil en acciones como un desplazamiento, un contraataque o una combinación ofensiva. Todo eso que ves cada fin de semana en competiciones de alto nivel se apoya en este tipo de mecánica.
Pero hay un detalle que casi nadie te cuenta: antes de aprender a acelerar, hay que aprender a frenar. En el kumite, la capacidad de desacelerar con control es tan importante como la de explotar hacia adelante. Y eso no se entrena haciendo saltos directamente. Se entrena construyendo una base sólida de fuerza, especialmente fuerza excéntrica. Trabajos como sentadillas lentas, zancadas con control en la bajada, ejercicios de estabilización del tronco o aterrizajes con técnica son fundamentales. Todo esto debería formar parte de tu rutina varias semanas antes de introducir cualquier tipo de salto reactivo.
Porque saltar sin saber aterrizar es como lanzar sin saber bloquear: puede salir bien una vez, pero a la larga, te la estás jugando. Una buena fase de aterrizaje, con control del tronco, de la rodilla y del tobillo, es la diferencia entre avanzar o acabar con molestias (o algo peor). Y hablando de aterrizar: hablemos del pie. Sí, del pie. Ese gran olvidado que, en realidad, es el primer y último punto de contacto con el tatami. Un aterrizaje mal hecho, plano o con el talón, transfiere toda la carga al resto del cuerpo. Pero un aterrizaje correcto, con el metatarso activo y el tobillo alineado, permite absorber mejor el impacto y preparar la siguiente acción. Lo mismo ocurre con la propulsión: un pie reactivo y fuerte es el que te lanza hacia adelante con más potencia. Así que si quieres mejorar de verdad tu desplazamiento, empieza también por entrenar el pie.
¿Y qué nos dice la ciencia sobre todo esto? Pues que no es solo teoría. Hay estudios con karatekas juveniles que muestran mejoras del 10 al 14 % en salto vertical y tiempo de reacción después de seis semanas de entrenamiento pliométrico. También se ha comprobado que los competidores que obtienen mejores resultados en kumite suelen tener una mayor potencia de salto, mejor capacidad de desaceleración y tiempos de contacto con el suelo más cortos. En resumen: si mejoras cómo pisas, cómo aterrizas y cómo saltas, mejoras tu kumite.
Entonces, ¿cómo lo integramos en un entrenamiento real? No necesitas montar un circuito de crossfit. Basta con sesiones de 15 a 20 minutos, dos o tres veces por semana, siempre después del calentamiento y antes del trabajo técnico. Un ejemplo básico podría ser: 2 series de 8 drop-jumps desde 30 cm, 3 series de 6 saltos laterales sobre valla combinados con un gyaku-zuki reactivo, 2 series de 5 skater bounds integrados con desplazamiento, y para terminar, 1 serie de 10 saltos en profundidad con salida a mawashi-geri. Siempre con atención al control del movimiento, al gesto técnico y a la calidad por encima de la cantidad.
¿Y las lesiones? Claro que existen riesgos, como en cualquier tipo de entrenamiento. Pero si se hace bien, con progresión, técnica y sentido común, la pliometría no solo no lesiona, sino que protege. Fortalece articulaciones, mejora la coordinación y reduce el riesgo de sobrecargas o esguinces. Especialmente en competidoras femeninas y en veteranos que están volviendo al tatami tras años de inactividad.
En resumen: no basta con repetir técnicas si tu cuerpo no está preparado para ejecutarlas a la velocidad que exige el kumite actual. La pliometría es el puente entre tu fuerza y tu acción. Es lo que convierte tu entrenamiento físico en puntos reales sobre el tatami.
Lo fácil sería decirte que empieces mañana a hacer saltos. Pero en DojoDigital no vamos de eso. Sabemos que para sacar partido a la pliometría, primero hay que entenderla, construir una base, saber aterrizar y controlar el cuerpo. Por eso, este artículo es solo el comienzo. Vamos a publicar más contenido sobre cómo trabajar la fuerza excéntrica, cómo entrenar la desaceleración, cómo activar el pie, y cómo diseñar rutinas progresivas desde cero (o desde -5, como decimos nosotros).
Si quieres entrenar como un competidor de kumite, sin saltarte etapas y sin jugártela a una lesión, quédate con nosotros. Síguenos en DojoDigital.es y no te pierdas los próximos artículos. Aquí hablamos de karate en serio. Del que se entrena. Del que evoluciona. Porque en kumite, quien llega primero… no siempre es el mejor. Pero casi siempre gana.