por davidcruzmartos@gmail.com | Jun 3, 2026 | ARTÍCULOS
Repetir, corregir y competir bajo presión no solo mejora la técnica: también enseña al cerebro a sostener lo difícil sin huir.
Por David Cruz.
Vivimos en una época empeñada en hacernos la vida más fácil.
Y, en muchos aspectos, eso es una conquista. La tecnología nos ayuda, nos ahorra tiempo, nos acerca información y nos permite resolver problemas que antes exigían mucho más esfuerzo. Negarlo sería absurdo.
Pero hay una pregunta que conviene hacerse con calma: ¿qué ocurre cuando eliminamos demasiada incomodidad de la vida cotidiana?
Porque no toda incomodidad es mala.
Hay una incomodidad absurda, innecesaria, que solo desgasta. Pero también existe otra incomodidad distinta: la que obliga a adaptarse, a mejorar, a sostener el esfuerzo, a controlar los impulsos y a no abandonar cuando algo se complica.
Esa incomodidad, bien entendida, educa.
Y el kata, quizá más que ninguna otra parte del karate, lleva décadas enseñándolo sin necesidad de ponerle grandes palabras.
Soy maestro de Primaria y especialista en Educación Física desde hace más de 18 años. En todo este tiempo he visto cambiar muchas cosas en los niños: la forma de aprender, la atención, la paciencia, la relación con el error y la capacidad para sostener una tarea cuando no hay una recompensa inmediata.
No se trata de decir que los niños de ahora sean peores. No lo son. Esa frase, además de injusta, suele servir para no pensar demasiado.
Cada generación crece en el mundo que le toca. Y el mundo actual está diseñado para reducir cada vez más la espera, el esfuerzo y la frustración.
Si algo aburre, se cambia.
Si algo tarda, molesta.
Si algo cuesta, se abandona.
Si algo no estimula rápido, parece que no sirve.
El problema no son los niños. El problema es que muchas veces les estamos ofreciendo muy pocas oportunidades reales para entrenar la voluntad.
Y la voluntad, como el cuerpo, también necesita carga.
En los últimos años se habla mucho de la corteza prefrontal. Es una zona del cerebro relacionada con funciones muy importantes: la planificación, la toma de decisiones, el autocontrol, la atención sostenida, la regulación emocional y la capacidad para retrasar recompensas.
Dicho de forma sencilla: es una parte fundamental para hacer lo que debemos hacer, incluso cuando no nos apetece hacerlo.
Y eso, en el karate, aparece constantemente.
Aparece cuando un niño tiene que repetir una técnica que no le sale.
Aparece cuando debe escuchar una corrección sin tomársela como un ataque.
Aparece cuando espera su turno sin desconectarse.
Aparece cuando se equivoca delante del grupo y tiene que volver a intentarlo.
Aparece cuando prepara un kata durante semanas y descubre que saber el orden no significa saber hacerlo bien.
El kata es una escuela magnífica de ese tipo de incomodidad.
No ofrece resultados inmediatos. No cambia de estímulo cada treinta segundos. No premia la prisa. No se deja dominar solo con memoria. Obliga a repetir, observar, corregir, ajustar y volver a empezar.
Pero lo importante no es repetir por repetir.
La repetición vacía no educa demasiado. Repetir mal también puede consolidar errores. Lo verdaderamente valioso es la repetición consciente: esa que busca un detalle, una sensación, una intención, una mejora concreta.
Un kata empieza siendo una secuencia.
Después se convierte en una estructura.
Más tarde empieza a revelar capas: la dirección, el ritmo, la respiración, la mirada, el peso, la cadera, el kime, la transición, el equilibrio, el sentido de combate que debe vivir dentro de la forma.
Por eso repetir un kata no significa hacer siempre lo mismo.
Significa volver al mismo lugar siendo un poco distinto.
Y ahí aparece una de las ideas más interesantes desde el punto de vista educativo y neurológico: el cerebro se adapta a aquello que practica.
Si practicamos evitar toda incomodidad, nos volvemos cada vez más dependientes de la comodidad. Si practicamos atravesar situaciones difíciles de manera progresiva, segura y con sentido, aprendemos a tolerarlas mejor.
Esto no es magia. Es adaptación.
Cada vez que un karateka se expone a una situación incómoda y consigue atravesarla sin huir, está enviando un mensaje muy concreto a su cerebro: esto es difícil, pero puedo sostenerlo.
La primera vez cuesta más.
La segunda sigue imponiendo.
La décima quizá todavía incomoda.
Pero algo empieza a cambiar. El cuerpo reconoce mejor la situación. La respiración se ordena antes. La atención tarda menos en volver. La presión deja de ser una amenaza absoluta y empieza a convertirse en un entorno conocido.
Eso también es entrenamiento.
No se ve como un gyaku zuki. No se mide como una medalla. No siempre aparece en una clasificación. Pero está ahí.
Y quien compite en kata lo sabe perfectamente.
Entrar en un pabellón lleno, esperar en cámara de llamadas, escuchar tu nombre, colocarte frente a los jueces, sentir la mirada de la grada y ejecutar un kata sabiendo que todo se decide en unos minutos es una forma muy intensa de incomodidad.
Las piernas pesan diferente.
La boca se seca.
El primer kiai parece salir de otro cuerpo.
La mente intenta irse al error antes incluso de haber empezado.
Y, aun así, hay que hacerlo.
Ahí el karateka no solo está compitiendo. Está entrenando su capacidad para regularse bajo presión.
No se trata de eliminar los nervios. Ese objetivo, además de irreal, sería poco inteligente. Los nervios también indican que algo importa.
La cuestión es otra: aprender a actuar aunque existan nervios.
Ese aprendizaje vale mucho más allá del tatami.
Porque la vida adulta no es una sucesión de situaciones cómodas. Hay exámenes, entrevistas, exposiciones orales, trabajos exigentes, críticas, errores propios, decepciones, responsabilidades, decisiones difíciles y momentos en los que uno tiene que sostener la presión sin romperse.
Un niño que aprende a competir en kata con nervios, a aceptar una corrección difícil, a perder una ronda sin buscar excusas o a repetir una técnica hasta mejorarla, está entrenando algo que puede servirle mucho más adelante.
Está aprendiendo a estar incómodo sin huir.
Y eso es profundamente educativo.
La infancia no debería ser una burbuja donde desaparece toda dificultad. Debería ser un espacio seguro donde aprender a enfrentarse, poco a poco, a dificultades reales. Con acompañamiento, con respeto, con límites y con sentido.
El dojo puede ofrecer precisamente eso: incomodidad con estructura.
Hay normas. Hay compañeros. Hay un entrenador. Hay progresión. Hay respeto. Hay un marco donde el niño puede equivocarse sin que el error lo destruya.
Puede sentir vergüenza y seguir.
Puede frustrarse y volver.
Puede perder y aprender.
Puede recibir una corrección y mejorar.
Puede comprobar que aquello que al principio parecía imposible empieza a ser manejable.
Esa experiencia deja huella.
No porque el karate sea una solución mágica para todos los problemas. No lo es. Conviene evitar los discursos grandilocuentes. El karate no convierte automáticamente a un niño en una persona disciplinada, fuerte y preparada para la vida.
Depende de cómo se enseñe.
Porque también hay formas de entrenar que no educan. Hay repeticiones mecánicas, exigencias mal entendidas, correcciones destructivas y entrenamientos que confunden disciplina con rigidez. La incomodidad, sin criterio, puede ser simplemente desgaste.
Pero cuando el kata se trabaja bien, con exigencia inteligente, se convierte en una herramienta de enorme valor.
Enseña que mejorar lleva tiempo.
Enseña que el detalle importa.
Enseña que el error no es una humillación, sino una información.
Enseña que la atención se entrena.
Enseña que la presión se puede gestionar.
Enseña que repetir no es retroceder, sino profundizar.
Y, sobre todo, enseña algo que hoy necesitamos recordar con urgencia: no todo lo que incomoda debe evitarse.
A veces, lo que incomoda nos está formando.
En educación vemos cada vez más niños con dificultades para esperar, insistir, aceptar un “no”, rehacer una tarea o tolerar una corrección. No porque sean incapaces, sino porque muchas veces su entorno les ofrece demasiadas vías de escape antes de que puedan entrenar esa capacidad.
El karate, en cambio, no permite escapar tan rápido.
El kata te coloca delante de ti mismo. No hay filtro. No hay edición. No hay atajo. Lo que haces aparece. Lo que falta, también.
Esa rodilla que cae.
Esa mirada que no manda.
Esa cadera que llega tarde.
Esa posición que no sostiene la técnica.
Ese ritmo que se rompe cuando entra la presión.
La repetición lo muestra.
La corrección lo afina.
La competición lo pone a prueba.
Y el cerebro aprende.
Aprende que el malestar no siempre es peligro. Aprende que los nervios no significan incapacidad. Aprende que equivocarse no acaba con nada. Aprende que una corrección puede doler un poco al orgullo y aun así ser necesaria. Aprende que la presión no desaparece, pero puede gestionarse.
Ese es uno de los grandes valores del kata en nuestro tiempo.
No solo conservar una tradición.
No solo formar competidores.
No solo pulir técnicas.
También ayudar a formar personas capaces de sostener el esfuerzo cuando la recompensa no llega al instante.
Quizá el problema no sea que los niños tengan menos fuerza de voluntad.
Quizá el problema sea que les estamos ofreciendo cada vez menos oportunidades reales para entrenarla.
El dojo, bien entendido, puede seguir siendo uno de esos lugares.
Un lugar donde la incomodidad no se evita por sistema.
Se acompaña.
Se ordena.
Se entrena.
Porque al final, el kata no solo prepara para ejecutar mejor delante de unos jueces.
Prepara para algo mucho más amplio: aprender a mantenerse firme cuando la vida, como tantas veces ocurre, no se pone cómoda.
por davidcruzmartos@gmail.com | Abr 30, 2026 | ARTÍCULOS
Cada convocatoria de una selección nacional deja una lista de nombres. Pero también deja algo más: conversación, análisis, ilusión, decepciones contenidas y muchas lecturas posibles.
Tras la publicación de los seleccionados españoles para el Campeonato de Europa absoluto de Frankfurt 2026, en dojodigital quisimos abrir una pregunta sencilla a la comunidad: ¿a quién echas en falta?
La respuesta ha sido interesante. No tanto por la cantidad de nombres, sino por el tono. En los comentarios no ha aparecido una queja vacía ni una crítica destructiva. Lo que ha surgido ha sido algo mucho más valioso: karatekas, entrenadores, compañeros y aficionados aportando nombres de competidores que, según su criterio, también tienen nivel para representar a España.
Y esa diferencia importa.
Porque no es lo mismo discutir una lista desde el reproche que hacerlo desde el reconocimiento. Mencionar a un deportista que no está no significa quitar mérito a quien sí ha sido seleccionado. Al contrario: significa que el karate español tiene profundidad, alternativas y mucho nivel interno. Y eso, para una selección nacional, siempre es una buena noticia.
Los que van: la responsabilidad de representar a España
Lo primero debe ser reconocer a quienes estarán en Frankfurt.
Ser seleccionado para un Campeonato de Europa absoluto no es un trámite. Es el resultado de años de entrenamiento, competiciones, concentraciones, derrotas, victorias y decisiones tomadas muchas veces lejos del foco. Quienes vestirán el karategi de la selección española no solo llevan su nombre en la espalda: llevan también la responsabilidad de representar a todo un país.
En kata, en kumite, en individual o por equipos, cada deportista seleccionado ha recorrido un camino exigente para llegar ahí. Algunos lo hacen desde la experiencia internacional. Otros desde una juventud que ya empieza a pedir sitio en la élite. Algunos llegan como campeones nacionales. Otros, por trayectoria, ranking, confianza técnica o papel dentro del equipo.
Pero todos llegan con algo en común: han sido elegidos para defender a España en una de las citas más importantes del calendario europeo.
Y eso merece respeto.
Los que no van: estar fuera no significa estar lejos
Pero una convocatoria también tiene otra cara: la de quienes no aparecen en la lista.
Y aquí conviene decirlo claro: quedarse fuera de una selección no significa no tener nivel.
En un país competitivo, muchas veces ocurre justo lo contrario. Significa que hay más deportistas preparados que plazas disponibles. Significa que una categoría puede tener varios nombres con argumentos. Significa que el margen entre estar dentro y quedarse fuera puede ser mínimo.
Por eso tiene tanto valor que la comunidad haya mencionado nombres en los comentarios. No como una forma de deslegitimar la lista, sino como una manera de reconocer el trabajo de competidores que siguen empujando desde detrás, desde al lado o desde muy cerca.
Porque quienes no van también forman parte del nivel de la selección. Son los que obligan a los que están a seguir mejorando. Son los que elevan cada Campeonato de España, cada Liga Nacional, cada concentración y cada combate. Son los que hacen que nadie pueda acomodarse.
En la élite, los que se quedan fuera también construyen el nivel de los que entran.
El comentario que resume la mentalidad de élite
Entre todas las respuestas, hubo una especialmente significativa. Wenceslao Angulo, entrenador de Alex Jiménez Díaz, dejó en los comentarios una reflexión que resume muy bien lo que significa competir al máximo nivel:
“Esto es élite y @alexjimenezdiazz hará lo que debe hacer un competidor élite, aceptar, entrenar y competir mejor aún para volver a estar en esa terna de elegidos. Es la mejor manera de hacer crecer a nuestra selección española. Hacer que está nueva experiencia de no estar en una lista sea positivo para él en el futuro. Gracias por pensar en él.”
La frase tiene mucho fondo.
Porque transforma una ausencia en una tarea. No habla desde la queja ni desde el reproche, sino desde una idea muy propia del alto rendimiento: aceptar, entrenar y volver mejor.
Ese es quizá uno de los grandes aprendizajes de la élite. La decepción es humana. La respuesta, en cambio, define al deportista.
No estar en una lista puede doler. Puede frustrar. Puede incluso dejar preguntas abiertas. Pero también puede convertirse en combustible. En una razón más para volver al tatami, ajustar detalles, competir mejor y estar preparado para la próxima oportunidad.
En cierto modo, no entrar también mantiene viva la llama.
Porque el competidor que siente que podía estar y no está tiene dos caminos: apagarse o entrenar con más intención. Y en la élite, los que vuelven más fuertes suelen ser los que han sabido convertir ese golpe en dirección.
El papel invisible de los entrenadores
También hay que mirar hacia los entrenadores.
Detrás de cada deportista que va y de cada deportista que se queda fuera hay un equipo de trabajo. Hay entrenadores que corrigen, planifican, acompañan, sostienen y, muchas veces, ayudan a interpretar los momentos más difíciles.
Un entrenador no solo prepara una final. También prepara al competidor para aceptar una derrota, una lesión, una decisión complicada o una convocatoria que no llega.
Y ahí es donde se nota el verdadero trabajo formativo. Cuando el mensaje no es “nos han quitado algo”, sino “vamos a entrenar para volver”, hay alto rendimiento. Hay educación deportiva. Hay cultura competitiva.
El comentario de Wenceslao Angulo tiene valor precisamente por eso: porque no reduce la ausencia a una queja, sino que la convierte en parte del proceso.
Ese tipo de mirada también hace crecer al karate español.
Seleccionar es decidir, y decidir es dejar fuera
Pero si hablamos de convocatorias, también hay que reconocer el papel de los seleccionadores.
Desde fuera, una lista siempre parece más sencilla de lo que realmente es. Se mira un podio, un ranking, un resultado reciente o una trayectoria concreta y se sacan conclusiones rápidas. Pero seleccionar no es solo ordenar nombres en una tabla.
Un seleccionador tiene que valorar muchos factores a la vez: rendimiento nacional, experiencia internacional, estado de forma, ranking, adaptación táctica, dinámica de equipo, lesiones, proyección, regularidad, comportamiento en concentraciones, compatibilidad con otros competidores y necesidades concretas de una competición determinada.
Y después de valorar todo eso, tiene que hacer lo más difícil: elegir.
Elegir a uno casi siempre significa dejar fuera a otro que también tiene argumentos. Esa es la parte incómoda del cargo. No hay lista perfecta cuando el nivel es alto. Siempre habrá nombres defendibles fuera. Siempre habrá deportistas que podrían haber estado. Siempre habrá debate.
Precisamente por eso, cuanto mejor se expliquen los criterios generales de una convocatoria, más fácil será que la comunidad entienda el proceso. No se trata de justificar cada decisión individual ni de convertir una lista en un juicio público, sino de ayudar a que deportistas, entrenadores y aficionados comprendan qué elementos pesan en el alto nivel.
Esa comunicación también forma parte del crecimiento de una selección. Cuando el criterio se entiende, el debate no desaparece, pero gana calidad.
Pero eso no convierte necesariamente una convocatoria en equivocada. A veces simplemente confirma que el karate español tiene más nivel que plazas disponibles.
El valor de una comunidad que debate con respeto
También merece reconocimiento la gente que ha comentado.
Porque una comunidad deportiva no se construye solo a base de aplausos. Se construye también cuando sus miembros opinan, aportan nombres, argumentan y se atreven a mirar más allá de la lista oficial.
Los comentarios que mencionan a competidores ausentes tienen valor cuando nacen desde el respeto. Porque ayudan a visibilizar trayectorias. Porque recuerdan que hay deportistas trabajando muy bien aunque no estén en la convocatoria. Porque amplían la conversación y hacen que el karate tenga más voz.
Ese es uno de los objetivos de dojodigital: que el karate se hable, se piense y se debata con criterio.
No se trata de enfrentar a los que van con los que no van. Se trata de reconocer que todos forman parte del mismo ecosistema competitivo. Los seleccionados, los que se quedan cerca, los entrenadores, los seleccionadores y la comunidad que sigue cada categoría con atención.
Cuando el debate se hace con respeto, el karate gana.
Una lista no apaga la llama
Una convocatoria dura unos días en la conversación pública. Para los seleccionados, abre el camino hacia un Campeonato de Europa. Para quienes se quedan fuera, puede abrir otra etapa: la de volver al entrenamiento con más hambre.
Porque no estar hoy no significa no estar mañana.
Cada lista marca un momento, no una sentencia definitiva. El alto nivel cambia rápido. Un resultado, una temporada, una mejora táctica, una competición internacional o una nueva oportunidad pueden volver a colocar un nombre en la terna.
Por eso, quizá la lectura más valiosa de todo este debate sea esa: la llama sigue viva.
Sigue viva en quienes van a Frankfurt a representar a España.
Sigue viva en quienes se han quedado fuera y quieren volver a estar.
Sigue viva en los entrenadores que trabajan cada día para acercar a sus deportistas a ese nivel.
Sigue viva en los seleccionadores que tienen que tomar decisiones difíciles.
Y sigue viva en una comunidad que conoce a sus competidores, los sigue, los valora y los pone sobre la mesa.
Quizá el verdadero titular no sea solo quién está en la lista.
Quizá el titular sea que España tiene tantos nombres con nivel que cada convocatoria abre debate.
Y eso, aunque duela a quienes se quedan fuera, también habla muy bien del presente del karate español.
por davidcruzmartos@gmail.com | Mar 12, 2026 | ARTÍCULOS
El kata no es teatro. Pero tampoco es una coreografía vacía.
Es un combate que solo existe en la mente del competidor… y el reto es conseguir que los jueces también lo vean.
Quien haya competido alguna vez en kata lo sabe bien. Cuando entras al tatami estás solo. No hay adversario frente a ti, no hay contacto, no hay intercambio real de técnicas. Sin embargo, cada movimiento tiene un oponente. Cada giro responde a un ataque. Cada pausa forma parte del ritmo de un combate que solo existe en la cabeza del competidor.
Ese es, probablemente, el mayor desafío del kata competitivo: hacer visible una batalla que nadie más puede ver.
Durante años, el kata de competición ha caminado por una línea muy fina: entre transmitir combate… y convertirse en espectáculo.
Porque cuando el nivel técnico se dispara —como ocurre hoy en el circuito internacional— las diferencias entre competidores se vuelven cada vez más pequeñas. Las posturas son sólidas, la velocidad es altísima, el equilibrio es impecable. En ese escenario, cualquier detalle que llame la atención puede marcar la diferencia.
Y ahí empezaron a aparecer ciertas tendencias.
Respiraciones cada vez más dramáticas. Golpes al karategi. Pisotones que resonaban en el tatami. Gestos exagerados que buscaban subrayar cada técnica. Recursos pensados para impactar visualmente, para captar la atención del juez en una competición donde, a veces, decenas de katas técnicamente impecables se suceden uno tras otro.
El problema es que esa frontera es peligrosa. Porque el kata siempre ha tenido un componente expresivo —es inevitable cuando se representa un combate imaginario—, pero cuando esa expresión se convierte en teatralidad, el riesgo es evidente: el combate desaparece y lo que queda es una actuación.
Ahí es donde parece situarse el nuevo reglamento de kata de la WKF para 2026.
Entre sus principios se insiste en algo que en realidad siempre ha estado en la base del karate: el kata no debe convertirse en una actuación teatral, sino mantener el realismo marcial, mostrando concentración, potencia y la sensación de impacto real en las técnicas. WKF Kata Competition Rules 2026…
De hecho, el reglamento señala de forma explícita que ciertos recursos teatrales —como pisotear, golpear el karategi o exagerar la respiración— deben considerarse faltas graves en la evaluación del kata. WKF Kata Competition Rules 2026…
El mensaje parece claro: el kata no necesita efectos especiales.
Lo que necesita es intención.
Intención en la mirada, que fija a un adversario invisible.
Intención en el ritmo, que alterna explosión y control como en un combate real.
Intención en el kime, ese instante en el que una técnica transmite la sensación de impacto.
Cuando eso ocurre, el kata deja de ser una sucesión de movimientos y se convierte en algo mucho más interesante: una pelea que el espectador empieza a imaginar.
Sin embargo, sobre el tatami la realidad es más compleja.
Porque si algo se percibe hoy en muchas competiciones es confusión.
El reglamento ha cambiado, sí. Pero muchos competidores todavía no tienen claro cómo aplicarlo en la práctica.
Algunos han optado por un enfoque prudente. Han reducido cualquier gesto que pueda interpretarse como teatralidad. Menos dramatización, menos recursos visuales, más sobriedad técnica.
Otros, en cambio, siguen compitiendo exactamente igual que antes. Respiraciones exageradas, golpes al karategi, dramatización en ciertos momentos del kata… con la sensación de que, en muchas competiciones, esos detalles todavía pasan desapercibidos.
Y ahí aparece la gran incógnita.
Porque mientras en algunas competiciones internacionales ya hemos visto sanciones claras aplicando la nueva normativa, en muchos torneos nacionales o regionales la sensación es que el nuevo reglamento todavía no ha terminado de llegar del todo al tatami.
El resultado es un escenario curioso: competidores que no saben si deben adaptarse ya… o esperar a que la aplicación del reglamento sea realmente uniforme.
En otras palabras: nadie quiere ser el primero en renunciar a algo que todavía puede dar ventaja.
Quizá estemos simplemente en una fase de transición. Los reglamentos cambian rápido, pero las tendencias competitivas tardan más tiempo en desaparecer.
Mientras tanto, el kata sigue caminando por esa línea tan delicada entre marcialidad y espectáculo.
Y el debate vuelve al mismo punto.
¿Debe el kata competitivo alejarse definitivamente de cualquier elemento teatral?
¿O ciertos recursos expresivos forman parte inevitable de transmitir combate?
Y sobre todo:
¿Está el nuevo reglamento cambiando realmente la forma de competir… o todavía estamos en un momento en el que cada tatami parece aplicar las reglas de forma diferente?
Porque al final el reto sigue siendo el mismo de siempre:
convencer a siete jueces de que la batalla que estás librando en tu mente… está ocurriendo de verdad.
Y ahora queremos leer vuestra opinión.
¿Creéis que el kata se estaba volviendo demasiado teatral?
¿Habéis notado cambios reales en las competiciones desde el nuevo reglamento?
¿O todavía se sigue premiando lo mismo que antes?
por davidcruzmartos@gmail.com | Mar 11, 2026 | ARTÍCULOS
En el karate hay grados que marcan etapas, y hay otros que representan toda una vida dedicada al tatami. La concesión del 9.º Dan a Luis García Jiménez pertenece claramente a esta segunda categoría. No se trata únicamente de un reconocimiento técnico o simbólico: es la culminación de una trayectoria que combina competición, enseñanza, desarrollo de clubes y gestión federativa durante décadas.
Para muchos karatekas andaluces su nombre está ligado a su papel institucional como presidente de la Federación Andaluza de Karate, pero su historia dentro del karate comienza mucho antes de cualquier cargo. Antes de convertirse en dirigente, Luis García Jiménez fue un competidor de alto nivel y formó parte de una generación que vivió de primera mano el crecimiento del karate español en el ámbito deportivo.
A la actividad como instructor y formador se sumó la implicación en la estructura federativa. Este tipo de trabajo, mucho menos visible que el de la competición, resulta sin embargo fundamental para el desarrollo del deporte: organización de campeonatos, coordinación de clubes, formación de técnicos, representación institucional y consolidación de estructuras deportivas.
Dentro de ese proceso llegó su etapa al frente de la Federación Andaluza de Karate, desde donde ha participado en la organización y desarrollo del karate en una de las comunidades con mayor actividad dentro de España. Andalucía cuenta con una amplia red de clubes, una gran base de practicantes y una presencia constante en competiciones nacionales, lo que convierte la gestión federativa en una tarea especialmente compleja.
Además de su papel en la estructura autonómica, Luis García Jiménez también forma parte de la junta directiva de la Real Federación Española de Karate, donde ocupa el cargo de vicepresidente. Esta doble presencia —en la federación andaluza y en la estructura nacional— refleja el peso que su figura ha adquirido dentro del karate federado en España.
Su trayectoria también está vinculada directamente al desarrollo de clubes y a la enseñanza. En el ámbito andaluz aparece asociado al Club Deportivo Karate Luis García en Málaga y al Club Deportivo Karate Fuengirola, donde ejerce labores técnicas y de formación. Esta conexión con el trabajo de base es un elemento clave para entender su carrera: no se trata únicamente de un dirigente, sino también de un instructor implicado en la práctica cotidiana del karate.
Durante los últimos años, Andalucía se ha consolidado como una de las territoriales con mayor presencia en el karate español. Resultados deportivos, organización de competiciones y desarrollo del parakarate forman parte de esa evolución. En campeonatos nacionales recientes, la comunidad ha logrado resultados destacados, incluyendo un liderazgo claro en el medallero de parakarate y un papel relevante en competiciones de kata y kumite.
En ese contexto se entiende mejor la concesión del 9.º Dan, un grado reservado a figuras cuya trayectoria ha tenido una influencia prolongada en el desarrollo del karate. No se concede únicamente por antigüedad o práctica técnica, sino como reconocimiento a décadas de trabajo dedicadas a la enseñanza, la promoción y la organización del deporte.
El recorrido de Luis García Jiménez refleja precisamente esa combinación de facetas: competidor, instructor, responsable de club, dirigente autonómico y miembro de la estructura federativa nacional. Un perfil que ilustra bien la evolución del karate contemporáneo, donde el desarrollo del deporte depende tanto del trabajo en el tatami como de la construcción de estructuras organizativas sólidas.
La concesión de su 9.º Dan puede leerse, por tanto, como algo más que un reconocimiento personal. También representa el reconocimiento a una etapa del karate andaluz y al trabajo de quienes han contribuido a consolidarlo durante años.
Porque al final, más allá de grados o cargos, el verdadero legado de cualquier figura dentro del karate suele encontrarse en algo más simple y más difícil de medir al mismo tiempo: los dojos que siguen abiertos, los alumnos que continúan entrenando y las generaciones que mantienen vivo el camino del karate.
por davidcruzmartos@gmail.com | Feb 19, 2026 | ARTÍCULOS
Vet3 (46–50): 26 competidores, nivel altísimo… y una categoría que ya no pasa desapercibida
Hay un fenómeno que ya no se puede barrer debajo de la alfombra: el kárate veterano está viviendo un boom. Crece en número, crece en nivel y —esto es lo más interesante— crece en peso dentro del circuito. Lo que antes algunos reducían a “una categoría bonita” empieza a parecerse demasiado a lo que siempre debió ser: competición seria.
Si alguien quiere comprobarlo, que mire el termómetro más alto: Veteranos 3 (46–50) en la Liga Nacional.
Veintiséis competidores.
En máster, eso no es “una cifra buena”. Es un aviso.
Y no hablamos de una categoría inflada a base de inscripciones. Hablamos de una categoría que se ha llenado… de gente que sabe competir.
El boom veterano: por qué está pasando ahora
No hay una sola razón. Han coincidido varias, y todas empujan en la misma dirección:
1) La gente ya no se retira como antes.
Muchos karatekas han vuelto después de años, pero no vuelven por nostalgia: vuelven con objetivos. Con otra cabeza.
2) Hoy se entrena mejor.
Más preparación física, más planificación, más análisis, más método de club y más cultura competitiva. El veterano actual no compite “como puede”. Compite con un plan.
3) El máster se ha ganado respeto a base de hechos.
Cuando los cuadros se llenan, hay rivalidad real y las finales se deciden por detalles técnicos, deja de ser “un añadido” y se convierte en una parte central del espectáculo.
Vet3 (46–50): dos cosas difíciles de ver juntas
Lo excepcional de esta Vet3 no es solo el número. Es la combinación:
mucha participación
y mucho nivel
Con 26 inscritos, el margen de error se vuelve mínimo. No hay cruces “amables”. No hay rondas de trámite. En un cuadro así, incluso el favorito sabe que puede encontrarse un rival incómodo demasiado pronto.
Y aquí hay un matiz importante. No he competido todavía en esta categoría, así que no puedo hablar desde la experiencia directa. Pero sí puedo decir lo que me han transmitido quienes ya han estado ahí: que el ambiente en veteranos es competitivo y exigente, pero también respetuoso, limpio y con una sensación de comunidad que no siempre se encuentra en otras franjas.
Se aprieta, pero se reconoce el kárate del otro.
Se compite con intensidad, pero sin esa murga permanente.
Hay rivalidad, pero también un código compartido.
Y cuando competitividad real y buen ambiente conviven, algo está funcionando.
Mi primera vez: Vet3, Liga Nacional… y un regreso reciente
En mi caso hay un detalle que cambia el enfoque: compito por primera vez en Veteranos 3 y es mi primera Liga Nacional. Y, además, llevo relativamente poco desde que volví a las artes marciales: un año y medio.
Eso me coloca en un punto concreto: no vengo a contarlo desde la teoría, sino desde la piel. Desde el calentamiento, el cuadro, los nervios, el silencio antes de ejecutar… y la realidad de plantarte en una categoría de 26 donde casi cualquiera puede cruzarse contigo y exigirte un nivel técnico máximo.
No lo digo como excusa. Lo digo como contexto. Porque esto va a ser una crónica “desde dentro”.
Los 26: protagonistas y un cuadro sin regalos
Con 26 inscritos es imposible hablar solo de dos o tres nombres. Basta mirar el listado para entenderlo: esta Vet3 mezcla escuela, experiencia, palmarés, hambre y cartas tapadas. Un cuadro así no se “supera”. Se atraviesa.
Pero si hay un foco inevitable, es el gran cartel que flota sobre la categoría: Botrán vs Veiga.
Y no es solo un cruce de nombres. Es un cruce de estilos.
Shotokan contra Shito-ryu.
Control estructural y limpieza técnica frente a explosión, ritmo y potencia expresiva.
Cadencia medida frente a intensidad que marca territorio desde el primer gesto.
Botrán representa el oficio competitivo de quien sabe gestionar rondas, sostener tensión y convencer desde la precisión. Es el tipo de competidor que no necesita exagerar nada: su ejecución habla por él.
Veiga, por su parte, compite también en individual y llega con ambición y con esa sensación de que quiere dejar huella en una categoría que no regala nada. Su presencia eleva el nivel general. Cuando él está en el cuadro, todo el cuadro sube un escalón.
Ese duelo no es solo atractivo. Es estructural. Puede condicionar todo el campeonato.
Ahora bien: pensar que esta Vet3 se reduce a dos nombres sería un error.
Alrededor hay aspirantes con argumentos sólidos.
David Aparicio, explosivo, con un Shito-ryu potente y mentalidad de podio.
Sergio Felipe De Cabo Machín, aspirante real al oro, competidor acostumbrado a sostener nivel ronda tras ronda.
Oumar Fall Ndao, actual campeón de Andalucía: presencia, potencia y capacidad de imponer desde el primer movimiento.
Y hay nombres que, desde la experiencia directa, sé que no se pueden subestimar. José Miguel Giráldez Galán, con quien pude competir en el último Campeonato de Andalucía, es un ejemplo claro: su nivel es serio, sólido y perfectamente capaz de meterse en cualquier ronda decisiva. Es de los que no necesitan titulares para demostrar que están ahí.
Luego están los perfiles que te ganan el campeonato por oficio: Jesús Ruiz Alcolea con el sello Kazokusport; Cebrián Pardo desde el entorno Carbonell; García Serrano aportando estructura; Krings Lafuente con el combustible de la revancha tras una descalificación reciente. Hambre pura.
Chamorro de la Orden, maestro en Tsukuri, representa la experiencia que no se acelera. De los que no regalan nada y saben competir desde la calma.
Rafael Fernández Luna entra en el grupo de competidores con costumbre de podio. Francisco Javier Acedo aporta completitud y solvencia. Jorge Racero presencia y recorrido. Eduardo Menés Planas credenciales nacionales que pesan. José Luis Martínez Díaz décadas de experiencia que sostienen nivel cuando el campeonato se estrecha.
Y luego están los nombres que pueden convertirse en sorpresa sin previo aviso: Asensio Rojas, Castellanos Zamora, De Olano Mata, Fernández Sánchez, García Gracia, Gómez Rodríguez, Ponce Durán, Saorín Morote, Soler Ramos… y todos los demás.
En una categoría de 26, las sorpresas no son excepción. Son parte del sistema.
Lo que viene: crónica desde dentro
Esto no es una previa para quedar bien. Es una foto real de lo que está pasando:
veteranos está creciendo
Vet3 se ha convertido en un bloque potente
el nivel es alto
la categoría ya no pasa desapercibida
y la Liga Nacional, en esta franja, promete rivalidad, aspirantes… y giros
Yo lo voy a vivir por primera vez desde dentro.
Y lo voy a contar como se tiene que contar: con detalle, con honestidad y con respeto.
Porque si algo está claro es que nuestros máster ya no compiten por nostalgia.
Compiten de verdad.
por davidcruzmartos@gmail.com | Oct 26, 2025 | ARTÍCULOS
Por David Cruz.
Hay caminos que no se trazan con mapas, sino con sudor, disciplina y respeto.
El karate —ese arte que millones practican cada día en los tatamis del mundo— nació mucho antes de tener un nombre. Nació del silencio, del miedo y de la necesidad.
Y su historia, tejida entre templos chinos, islas de Okinawa y gimnasios universitarios en Tokio, es también la historia de la evolución del ser humano: de la guerra al equilibrio, del instinto a la conciencia.
Raíces antiguas: cuando el combate era supervivencia
Antes de que existiera la palabra karate, los hombres ya luchaban. En el antiguo Japón, el Kojiki —el libro más viejo de su historia— describe un duelo a mano desnuda entre dos dioses, Nomi no Sukume y Taima no Kehaia. El combate terminó con la muerte de uno de ellos de una patada. Así nació el sumo primitivo, una lucha sin reglas, sin protecciones y sin más ley que la de sobrevivir.
Siglos más tarde, en la China milenaria, los templos Shaolin se convirtieron en los centros de una disciplina que unía cuerpo y espíritu. Allí, según la leyenda, el monje indio Bodhidharma (Daruma) enseñó ejercicios respiratorios y de fortalecimiento a los monjes que no soportaban las largas horas de meditación. Aquellos movimientos —más espirituales que combativos en sus inicios— fueron la semilla de lo que después se conocería como Kenpo Shaolin, el puño del templo.
Con el tiempo, los monjes se vieron obligados a defender sus templos de bandidos y soldados, desarrollando técnicas de golpeo, proyecciones y defensa sin armas. De ahí nacieron los estilos del norte, con amplios desplazamientos, y los del sur, más cortos y potentes, característicos de la provincia de Fujian. Sería precisamente desde allí desde donde partirían las raíces que llegarían a Okinawa.
De China a Okinawa: el arte prohibido
El archipiélago de las Ryukyu, hoy prefectura japonesa de Okinawa, fue durante siglos un punto de encuentro entre culturas. Sus reyes mantenían la paz enviando tributos a China, y los emisarios chinos, al llegar, traían consigo su conocimiento marcial.
Aquellos soldados e instructores de Fujian enseñaron su arte a los isleños: el Kenpo chino, que allí se conocería como Tô-de (“mano de China”), mientras que las técnicas autóctonas recibirían el nombre de Te (“mano”). De esa fusión —la del Te y el Tô-de— nacería el germen del karate.
Pero su desarrollo no fue fruto de la curiosidad, sino de la prohibición.
A comienzos del siglo XV, el rey Sho Shin prohibió portar armas a los nobles locales para mantener la paz. Doscientos años después, el clan Satsuma de Japón invadió las islas y repitió el decreto: ninguna espada, ninguna lanza, ni siquiera cuchillos grandes.
Desarmados, los okinawenses transformaron herramientas agrícolas en armas —naciendo así el kobudo— y convirtieron su cuerpo en su única defensa.
Cada puño se volvió un arma.
Cada respiración, una estrategia.
Y cada movimiento, una forma de preservar la vida.
Los tres corazones del karate: Shuri, Naha y Tomari
Okinawa dio origen a tres escuelas fundamentales, tres formas de entender el combate que marcarían el destino del karate:
Shuri-te: la espada invisible
Nacido en la capital real, Shuri, era el estilo de los nobles guerreros. Su principal arquitecto fue Sokon Matsumura (1792-1896), maestro de maestros, conocido como Bushi Matsumura. Había estudiado en Japón la escuela de sable Jigen-Ryu, famosa por su golpe único y decisivo.
De ahí heredó la idea de que un solo ataque —bien ejecutado— debía ser suficiente.
De Matsumura aprendió Anko Itosu, quien simplificó y adaptó el arte para enseñarlo en las escuelas, creando los cinco katas Pinan (Heian). Su decisión transformó un arte de guerra en una herramienta de educación física y moral.
Naha-te: el aliento de la grulla blanca
En la ciudad portuaria de Naha, Kanryo Higaonna viajó a China para estudiar durante quince años los secretos del boxeo del sur. Aprendió el Hakutsuru Ken, el boxeo de la grulla blanca, y lo adaptó al cuerpo y espíritu okinawense. Su discípulo Chojun Miyagi sintetizó sus enseñanzas en un estilo equilibrado entre la dureza (Go) y la suavidad (Ju): el Goju-Ryu.
Miyagi no solo creó nuevos katas como Tensho o Gekisai Dai Ichi, sino que dio al karate una identidad espiritual profunda. “Todo en el universo respira duro y suave”, decía. Así bautizó su escuela: Goju-Ryu, “lo duro y lo suave”.
Tomari-te: el puente entre dos mundos
En el pueblo de Tomari surgió un estilo que mezclaba lo mejor de los otros dos. Sus maestros, como Kosaku Matsumora o Chotoku Kyan, refinaron katas como Sochin, Niseishi y Unshu. Este estilo, aunque menos conocido, fue decisivo para el desarrollo de la fluidez y la elegancia en el karate posterior.
La expansión: del secreto al mundo
Durante siglos, el karate fue un arte secreto. Los maestros enseñaban de noche, en patios cerrados, solo a unos pocos alumnos. Las técnicas se transmitían en los katas, secuencias que guardaban el conocimiento prohibido bajo apariencia de danza.
Todo cambió con Anko Itosu. En 1901 logró introducir el karate en las escuelas públicas de Okinawa. Aquel gesto fue revolucionario: el arte que había nacido en la clandestinidad se convirtió en materia educativa.
Entre sus alumnos había un hombre delgado, culto y disciplinado que cambiaría para siempre la historia del karate: Gichin Funakoshi.
Funakoshi y el viaje a Japón
Funakoshi (1868–1957) estudió con Itosu y con Anko Azato. Maestro de escuela y poeta, combinó el arte marcial con la filosofía confuciana.
En 1922, fue invitado a Tokio por Jigoro Kano, fundador del judo, para realizar una demostración en el Kodokan. Aquella exhibición dejó a todos impresionados: Kano vio en el karate un arte con valor educativo y espiritual.
Funakoshi decidió quedarse en Japón, donde fundó su dojo “Shoto-kan” —literalmente, la casa del ondear de los pinos, su seudónimo poético era “Shoto”—.
De ese nombre nació el estilo más difundido del planeta: el Shotokan.
Su hijo Yoshitaka evolucionó la técnica, alargando las posiciones y dando potencia a los movimientos. Más tarde, la Japan Karate Association (JKA), bajo la dirección de Masatoshi Nakayama, codificó el estilo e impulsó su expansión mundial. De sus filas saldrían figuras legendarias como Kase, Enoeda, Shirai y Okazaki, que llevarían el karate a Europa y América.
El florecimiento de los estilos
Mientras Funakoshi consolidaba el Shotokan, otros discípulos siguieron su propio camino:
- Kenwa Mabuni (1889–1952), alumno de Itosu y Higaonna, combinó la fuerza del Shuri-te con la fluidez del Naha-te, creando el Shito-Ryu, un estilo con un repertorio técnico vasto y una gran precisión. Su nombre honra a sus maestros: “Shi” de Itosu y “To” de Higaonna.
- Hironori Otsuka (1892–1982), que además era maestro de jujutsu, fundó el Wado-Ryu, un estilo basado en la armonía (Wa) y la evasión, donde la suavidad vence a la rigidez.
- Shigeru Egami (1912–1981), fiel discípulo de Funakoshi, creó el Shotokai, conservando la pureza filosófica del maestro y rechazando la competición. En su visión, el karate no era una lucha entre dos personas, sino un diálogo entre dos energías.
De estas escuelas nacería el karate moderno, dividido en estilos pero unido por una misma raíz espiritual.
Karate-do: el camino del espíritu
El karate no se entiende sin su filosofía.
Antes de cada clase, los practicantes se sientan en silencio, cierran los ojos (mokuso) y saludan. No es un gesto vacío, sino un ritual de respeto.
El saludo (rei), la reverencia al kamiza (el altar del dojo), la limpieza del tatami, todo forma parte del entrenamiento.
En el corazón del dojo resuenan los cinco preceptos del Dojo Kun:
Hitotsu: Jinkaku kansei ni tsutomuru koto.
Primero: perfeccionar el carácter.
Hitotsu: Makoto no michi o mamoru koto.
Primero: ser fiel y sincero.
Hitotsu: Doryoku no seishin o yashinau koto.
Primero: esforzarse siempre.
Hitotsu: Reigi o omonjiru koto.
Primero: respetar a los demás.
Hitotsu: Kekki no yu o imashimuru koto.
Primero: contener la violencia.
No hay segundos ni terceros preceptos: todos son “primero”, porque todos son igual de esenciales. Así se educa el carácter del budoka.
Del arte marcial al deporte
Tras la Segunda Guerra Mundial, el karate se extendió por todo el mundo. Los soldados estadounidenses destinados en Okinawa lo aprendieron y lo llevaron a su país.
En los años 60, el cine y los campeonatos lo popularizaron aún más, pero también lo transformaron.
La aparición de la competición deportiva separó en parte el karate-do (camino marcial) del karate deportivo. En el kumite, se buscó la velocidad, el punto y la espectacularidad. En el kata, la estética y la precisión. Pero las técnicas más peligrosas del arte original fueron prohibidas por seguridad.
El karate seguía vivo, pero con dos rostros:
uno, orientado a la superación personal;
otro, al rendimiento competitivo.
Como escribió el propio Funakoshi:
Si el karate se convierte en una competición con protecciones, ya no será karate, será otra cosa.”
Y sin embargo, el espíritu permanece. En cada torneo, en cada kata ejecutado con respeto, aún late algo de aquel viejo secreto okinawense.
El karate hoy: tradición y evolución
Hoy, el karate se practica en más de 190 países. Está presente en los Juegos Olímpicos, en federaciones nacionales, en dojos humildes y en templos de alta competición.
Pero más allá de medallas y reglamentos, el karate sigue siendo una vía de formación interior. Su práctica enseña control, humildad y equilibrio.
Cada generación lo reinterpreta: algunos vuelven a las raíces del budo; otros exploran su potencial deportivo; otros lo mezclan con ciencia, pedagogía o meditación.
Pero todos comparten algo: el eco del saludo final, ese oss que encierra respeto, esfuerzo y gratitud.
El legado del puño vacío
El karate nació sin nombre y sin armas.
Se forjó en la oscuridad, resistió prohibiciones y viajó a través de mares y siglos.
De los monjes de Shaolin a los campesinos de Okinawa, de Funakoshi a los campeones actuales, todos buscaron lo mismo: dominarse a sí mismos antes de dominar a otros.
Por eso, cuando un karateka saluda antes de empezar, no está repitiendo un gesto antiguo: está honrando una historia milenaria.
Y en ese instante, el pasado y el presente se encuentran…
…en el silencio del dojo.