Hay caminos que no se trazan con mapas, sino con sudor, disciplina y respeto. El karate —ese arte que millones practican cada día en los tatamis del mundo— nació mucho antes de tener un nombre. Nació del silencio, del miedo y de la necesidad. Y su historia, tejida entre templos chinos, islas de Okinawa y gimnasios universitarios en Tokio, es también la historia de la evolución del ser humano: de la guerra al equilibrio, del instinto a la conciencia.
Raíces antiguas: cuando el combate era supervivencia
Antes de que existiera la palabra karate, los hombres ya luchaban. En el antiguo Japón, el Kojiki —el libro más viejo de su historia— describe un duelo a mano desnuda entre dos dioses, Nomi no Sukume y Taima no Kehaia. El combate terminó con la muerte de uno de ellos de una patada. Así nació el sumo primitivo, una lucha sin reglas, sin protecciones y sin más ley que la de sobrevivir.
Siglos más tarde, en la China milenaria, los templos Shaolin se convirtieron en los centros de una disciplina que unía cuerpo y espíritu. Allí, según la leyenda, el monje indio Bodhidharma (Daruma) enseñó ejercicios respiratorios y de fortalecimiento a los monjes que no soportaban las largas horas de meditación. Aquellos movimientos —más espirituales que combativos en sus inicios— fueron la semilla de lo que después se conocería como Kenpo Shaolin, el puño del templo.
Con el tiempo, los monjes se vieron obligados a defender sus templos de bandidos y soldados, desarrollando técnicas de golpeo, proyecciones y defensa sin armas. De ahí nacieron los estilos del norte, con amplios desplazamientos, y los del sur, más cortos y potentes, característicos de la provincia de Fujian. Sería precisamente desde allí desde donde partirían las raíces que llegarían a Okinawa.
De China a Okinawa: el arte prohibido
El archipiélago de las Ryukyu, hoy prefectura japonesa de Okinawa, fue durante siglos un punto de encuentro entre culturas. Sus reyes mantenían la paz enviando tributos a China, y los emisarios chinos, al llegar, traían consigo su conocimiento marcial.
Aquellos soldados e instructores de Fujian enseñaron su arte a los isleños: el Kenpo chino, que allí se conocería como Tô-de (“mano de China”), mientras que las técnicas autóctonas recibirían el nombre de Te (“mano”). De esa fusión —la del Te y el Tô-de— nacería el germen del karate.
Pero su desarrollo no fue fruto de la curiosidad, sino de la prohibición. A comienzos del siglo XV, el rey Sho Shin prohibió portar armas a los nobles locales para mantener la paz. Doscientos años después, el clan Satsuma de Japón invadió las islas y repitió el decreto: ninguna espada, ninguna lanza, ni siquiera cuchillos grandes. Desarmados, los okinawenses transformaron herramientas agrícolas en armas —naciendo así el kobudo— y convirtieron su cuerpo en su única defensa.
Cada puño se volvió un arma. Cada respiración, una estrategia. Y cada movimiento, una forma de preservar la vida.
Los tres corazones del karate: Shuri, Naha y Tomari
Okinawa dio origen a tres escuelas fundamentales, tres formas de entender el combate que marcarían el destino del karate:
Shuri-te: la espada invisible
Nacido en la capital real, Shuri, era el estilo de los nobles guerreros. Su principal arquitecto fue Sokon Matsumura (1792-1896), maestro de maestros, conocido como Bushi Matsumura. Había estudiado en Japón la escuela de sable Jigen-Ryu, famosa por su golpe único y decisivo. De ahí heredó la idea de que un solo ataque —bien ejecutado— debía ser suficiente. De Matsumura aprendió Anko Itosu, quien simplificó y adaptó el arte para enseñarlo en las escuelas, creando los cinco katas Pinan (Heian). Su decisión transformó un arte de guerra en una herramienta de educación física y moral.
Naha-te: el aliento de la grulla blanca
En la ciudad portuaria de Naha, Kanryo Higaonna viajó a China para estudiar durante quince años los secretos del boxeo del sur. Aprendió el Hakutsuru Ken, el boxeo de la grulla blanca, y lo adaptó al cuerpo y espíritu okinawense. Su discípulo Chojun Miyagi sintetizó sus enseñanzas en un estilo equilibrado entre la dureza (Go) y la suavidad (Ju): el Goju-Ryu. Miyagi no solo creó nuevos katas como Tensho o Gekisai Dai Ichi, sino que dio al karate una identidad espiritual profunda. “Todo en el universo respira duro y suave”, decía. Así bautizó su escuela: Goju-Ryu, “lo duro y lo suave”.
Tomari-te: el puente entre dos mundos
En el pueblo de Tomari surgió un estilo que mezclaba lo mejor de los otros dos. Sus maestros, como Kosaku Matsumora o Chotoku Kyan, refinaron katas como Sochin, Niseishi y Unshu. Este estilo, aunque menos conocido, fue decisivo para el desarrollo de la fluidez y la elegancia en el karate posterior.
La expansión: del secreto al mundo
Durante siglos, el karate fue un arte secreto. Los maestros enseñaban de noche, en patios cerrados, solo a unos pocos alumnos. Las técnicas se transmitían en los katas, secuencias que guardaban el conocimiento prohibido bajo apariencia de danza.
Todo cambió con Anko Itosu. En 1901 logró introducir el karate en las escuelas públicas de Okinawa. Aquel gesto fue revolucionario: el arte que había nacido en la clandestinidad se convirtió en materia educativa.
Entre sus alumnos había un hombre delgado, culto y disciplinado que cambiaría para siempre la historia del karate: Gichin Funakoshi.
Funakoshi y el viaje a Japón
Funakoshi (1868–1957) estudió con Itosu y con Anko Azato. Maestro de escuela y poeta, combinó el arte marcial con la filosofía confuciana. En 1922, fue invitado a Tokio por Jigoro Kano, fundador del judo, para realizar una demostración en el Kodokan. Aquella exhibición dejó a todos impresionados: Kano vio en el karate un arte con valor educativo y espiritual.
Funakoshi decidió quedarse en Japón, donde fundó su dojo “Shoto-kan” —literalmente, la casa del ondear de los pinos, su seudónimo poético era “Shoto”—. De ese nombre nació el estilo más difundido del planeta: el Shotokan.
Su hijo Yoshitaka evolucionó la técnica, alargando las posiciones y dando potencia a los movimientos. Más tarde, la Japan Karate Association (JKA), bajo la dirección de Masatoshi Nakayama, codificó el estilo e impulsó su expansión mundial. De sus filas saldrían figuras legendarias como Kase, Enoeda, Shirai y Okazaki, que llevarían el karate a Europa y América.
El florecimiento de los estilos
Mientras Funakoshi consolidaba el Shotokan, otros discípulos siguieron su propio camino:
Kenwa Mabuni (1889–1952), alumno de Itosu y Higaonna, combinó la fuerza del Shuri-te con la fluidez del Naha-te, creando el Shito-Ryu, un estilo con un repertorio técnico vasto y una gran precisión. Su nombre honra a sus maestros: “Shi” de Itosu y “To” de Higaonna.
Hironori Otsuka (1892–1982), que además era maestro de jujutsu, fundó el Wado-Ryu, un estilo basado en la armonía (Wa) y la evasión, donde la suavidad vence a la rigidez.
Shigeru Egami (1912–1981), fiel discípulo de Funakoshi, creó el Shotokai, conservando la pureza filosófica del maestro y rechazando la competición. En su visión, el karate no era una lucha entre dos personas, sino un diálogo entre dos energías.
De estas escuelas nacería el karate moderno, dividido en estilos pero unido por una misma raíz espiritual.
Karate-do: el camino del espíritu
El karate no se entiende sin su filosofía. Antes de cada clase, los practicantes se sientan en silencio, cierran los ojos (mokuso) y saludan. No es un gesto vacío, sino un ritual de respeto. El saludo (rei), la reverencia al kamiza (el altar del dojo), la limpieza del tatami, todo forma parte del entrenamiento.
En el corazón del dojo resuenan los cinco preceptos del Dojo Kun:
Hitotsu: Jinkaku kansei ni tsutomuru koto. Primero: perfeccionar el carácter. Hitotsu: Makoto no michi o mamoru koto. Primero: ser fiel y sincero. Hitotsu: Doryoku no seishin o yashinau koto. Primero: esforzarse siempre. Hitotsu: Reigi o omonjiru koto. Primero: respetar a los demás. Hitotsu: Kekki no yu o imashimuru koto. Primero: contener la violencia.
No hay segundos ni terceros preceptos: todos son “primero”, porque todos son igual de esenciales. Así se educa el carácter del budoka.
Del arte marcial al deporte
Tras la Segunda Guerra Mundial, el karate se extendió por todo el mundo. Los soldados estadounidenses destinados en Okinawa lo aprendieron y lo llevaron a su país. En los años 60, el cine y los campeonatos lo popularizaron aún más, pero también lo transformaron.
La aparición de la competición deportiva separó en parte el karate-do (camino marcial) del karate deportivo. En el kumite, se buscó la velocidad, el punto y la espectacularidad. En el kata, la estética y la precisión. Pero las técnicas más peligrosas del arte original fueron prohibidas por seguridad.
El karate seguía vivo, pero con dos rostros: uno, orientado a la superación personal; otro, al rendimiento competitivo.
Como escribió el propio Funakoshi:
Si el karate se convierte en una competición con protecciones, ya no será karate, será otra cosa.”
Y sin embargo, el espíritu permanece. En cada torneo, en cada kata ejecutado con respeto, aún late algo de aquel viejo secreto okinawense.
El karate hoy: tradición y evolución
Hoy, el karate se practica en más de 190 países. Está presente en los Juegos Olímpicos, en federaciones nacionales, en dojos humildes y en templos de alta competición. Pero más allá de medallas y reglamentos, el karate sigue siendo una vía de formación interior. Su práctica enseña control, humildad y equilibrio.
Cada generación lo reinterpreta: algunos vuelven a las raíces del budo; otros exploran su potencial deportivo; otros lo mezclan con ciencia, pedagogía o meditación. Pero todos comparten algo: el eco del saludo final, ese oss que encierra respeto, esfuerzo y gratitud.
El legado del puño vacío
El karate nació sin nombre y sin armas. Se forjó en la oscuridad, resistió prohibiciones y viajó a través de mares y siglos. De los monjes de Shaolin a los campesinos de Okinawa, de Funakoshi a los campeones actuales, todos buscaron lo mismo: dominarse a sí mismos antes de dominar a otros.
Por eso, cuando un karateka saluda antes de empezar, no está repitiendo un gesto antiguo: está honrando una historia milenaria.
Y en ese instante, el pasado y el presente se encuentran… …en el silencio del dojo.
Ernesto y yo compartimos muchas cosas en común: el amor por el karate, la pasión por la escalada y, también, algo mucho menos visible pero que marca profundamente la vida de quienes lo padecen: una enfermedad inflamatoria intestinal. En mi caso es Crohn, en el suyo Colitis Ulcerosa. A muchos estos nombres os sonarán a chino, pero son realidades que condicionan la vida de quienes las sufrimos.
En el caso de Ernesto, lejos de pararle, esa condición le ha empujado a reinventarse. Aunque sigue vinculado al mundo del karate, se ha volcado en la escalada, uno de los deportes más duros que existen, pero también de los que más satisfacciones regalan: esfuerzo puro convertido en adrenalina y endorfinas.
Quienes convivimos con este tipo de enfermedades sabemos bien lo que implican, y quizás por eso admiramos todavía más lo que Ernesto hace cada día. Porque él no solo se mide con la roca: inspira. Y eso lo convierte en un HÉROE, en mayúsculas.
Hoy hablamos con él de karate, escalada, su enfermedad y de cómo se ha convertido en un ejemplo a seguir para muchos de nosotros.
1. Ernesto, llevas 25 años vinculado al karate y llegaste a ser subcampeón de España junior, bronce en ligas nacionales y hasta preselección mundial. ¿Cómo recuerdas esa etapa competitiva y qué aprendizajes arrastras todavía hoy? Como tú bien sabrás, los momentos de pódium, títulos y medallas son muy dulces, pero en la competición, como en la vida, también hay altibajos que hay que aprender a gestionar y saber encajar. La competición es muy bonita, pero también desgasta. A día de hoy agradezco haber podido competir y hacerlo a ese nivel, ya que considero que parte de la persona que soy hoy en día es gracias a la competición y al karate. En cuanto a los aprendizajes, han sido tantos… Sobre todo aprendí a no rendirme: aplicado en ese momento a la competición y, en general, a la vida cuando todo son palos y malas noticias.
2. El brote fuerte y la cirugía marcaron un antes y un después en tu vida. ¿Cómo viviste el momento en el que la ostomía entró en escena y cómo cambió tu manera de ver el deporte? He de decir que no fue fácil el hecho de apartarme de la competición y tener que dejar de practicar karate. Para mí ha sido mi vida y no concebía el hecho de entrenar y no poder volver a competir. Fue algo duro, pero también bonito. Ahora enfoco el deporte desde el punto de vista del disfrute y para buscar mi límite tanto físico como mental, pero quitándome de presiones innecesarias.
3. ¿Crees que todo lo aprendido durante tu etapa como karateka —la disciplina, la constancia, la capacidad de sacrificio— te ha servido para afrontar las dificultades relacionadas con tu salud y la ostomía? Por supuesto. Los valores del karate han sido indispensables para afrontar este proceso y para mi vida en general. Aprendes a relativizar los problemas y a resolverlos de una mejor manera, así como a gestionar mejor tus emociones.
4. Muchas personas con enfermedades inflamatorias intestinales sienten un gran miedo cuando escuchan la palabra “ostomía”. ¿Qué mensaje les darías a quienes lo ven como lo peor de la enfermedad? Creo que mucha gente lo asimila como lo peor por el hecho de que es una amputación, algo en muchos casos irreversible y muy agresivo. Pero les diría que si han soportado el dolor, el sangrado constante, las esperas y la desesperación de probar multitud de tratamientos con la esperanza de que funcionen, con la ostomía lo tendrán mucho más fácil después de la aceptación y el postoperatorio. La vida es más tranquila, sin dolores, sin incertidumbres, y para nada es el final: más bien es el principio de una nueva y mejor vida.
5. A pesar de cerrar la etapa de competición, sigues vinculado al karate como coach, árbitro y organizador. ¿Qué significa para ti seguir conectado al tatami desde otros roles? El karate ha significado mi vida y ha hecho de mi persona la persona que soy hoy en día. Le debo tanto que, ni aunque quisiera, podría desvincularme. Me continúa apasionando y emocionando, y me encanta poder seguir aportando a futuras generaciones los conocimientos que he podido adquirir de mis entrenadores y compañeros durante todos estos años.
6. ¿Cómo descubriste la escalada y qué te llevó a iniciarte en un mundo que, aunque a primera vista parece muy distante al karate, comparte muchos de sus valores y filosofía? Desde pequeño he trepado árboles, paredes y algún que otro edificio. Quizás, de alguna manera, era el deporte por el que mi cuerpo se sentía atraído. Siempre he visto a escaladores en alguna ruta de senderismo que he hecho y me he dicho: “algún día estaré ahí”. Creo que era algo que tenía innato y solo hacía falta que pasara algo así para hacerlo posible.
7. Dentro de la escalada hay diferentes modalidades (deportiva, bloque, clásica…). ¿Cuál practicas tú y cuál es la que más disfrutas? Empecé haciendo bloque, ya que en rocódromo es la modalidad que más se practica. Me empezó a llamar mucho la atención la escalada deportiva (con cuerda y en paredes más altas), que generalmente se realiza en la montaña. Puede que esta última sea con la que más cómodo me siento, ya que además de escalar entran en juego la altura y el riesgo, otras dos variantes con las que me encanta estar en contacto. Así que ahora estoy centrado en eso y en sentirme poco a poco lo más cómodo posible.
8. ¿Qué similitudes y diferencias encuentras entre el karate y la escalada a la hora de enfrentarte a un reto? En deportes de alto rendimiento, el trabajo duro, el sacrificio y la preparación tanto física como mental se comparten. Quizás en la escalada, al menos en la deportiva, la preparación psicológica tiene mayor peso y es determinante a la hora de poder encadenar vías más largas o de mayor grado, por el factor del pánico o miedo a la altura o a confiar en apoyos muy pequeños tanto de manos como de pies. Diría que es uno de los mayores problemas a la hora de subir de grado en la escalada. Por otro lado, el karate tiene un factor bastante determinante que no depende de nosotros mismos —el arbitraje y el adversario al que nos enfrentamos—, mientras que en la escalada todo depende de nosotros mismos, algo que me atrae mucho más de este deporte.
9. Has fijado un objetivo muy claro: convertirte en la primera persona ostomizada del mundo en encadenar un 8a en escalada deportiva. ¿De dónde nace esa ambición y cómo estás estructurando el camino para llegar ahí? Empecé en la escalada como cuando empiezo en cualquier deporte: por lo atractivo del propio deporte, sin dejar de disfrutar, pero también para poder superarme a mí mismo y encontrar mi límite. Un límite que poco a poco me he dado cuenta de que está mucho más allá de lo que creía. Sé que soy capaz. Me estoy esforzando mucho y, si las lesiones y circunstancias me respetan, lo conseguiré encadenar. No tengo prisa: es un objetivo a largo plazo, ya que es un grado muy duro y bastante complicado de alcanzar para cualquier escalador. Así que ahora simplemente estoy escalando más y mejor cada día, intentando absorber todo lo que puedo de mis compañeros más experimentados y esforzándome día a día, llevando mi cuerpo a ese límite.
10. Ahora mismo estás en proyectos de 7b/7b+, con la mirada puesta más arriba. ¿Cómo entrenas y gestionas los días buenos y los días malos, física y mentalmente? Evidentemente mi realidad es totalmente distinta a la de una persona sana al 100%. Hay días en los que simplemente levantarme de la cama se hace un mundo. El cansancio extremo, mi cabeza luchando contra mi cuerpo para poder continuar… pero se hace complicado. Esos días simplemente los dejo pasar, no lucho contra ello. Hay que descansar y aceptarlo. Hay días en la montaña de frustración, pero rápidamente lo redirijo hacia algo constructivo: en vez de una derrota, es un aprendizaje. Aprendizaje para estructurar mis entrenamientos de otra manera o saber dónde está mi límite físico. Al fin y al cabo, de todo se aprende y se mejora. Si ese día no se puede, mañana será mejor. Lo único que tengo claro es que no voy a abandonar.
11. Has mencionado que no quieres perder el componente de diversión. Después de tantos años de competir, ¿cómo equilibras esa búsqueda del límite con disfrutar del proceso? Simplemente mantengo constantemente esa idea en mi cabeza: es momento de no machacarse y de divertirse, pero no solo en la roca, sino también en la vida.
12. A nivel personal, ¿qué te está enseñando esta etapa de tu vida que no te enseñó la alta competición? Que hay que disfrutar de cada día como si fuese el último, porque literalmente puede serlo. Que hay que preocuparse menos por ciertos “problemas” que en realidad no lo son y que debemos intentar quitarnos presión de encima, porque sin esa presión muchas veces actuamos o competimos mucho mejor.
13. Muchos karatekas y deportistas pasan por lesiones, operaciones o momentos duros donde piensan en dejarlo. ¿Qué mensaje les darías tú desde tu experiencia? Simplemente que hay veces que tenemos unos planes, pero que la vida tiene otros distintos para nosotros y hay que aceptarlos. Hay que enfocarlo todo desde otra perspectiva para poder recuperarnos y continuar, sin pensar en por qué ha pasado o qué nos ha podido quitar.
14. Para terminar, ¿cómo te imaginas en unos años? ¿Más calmado, como dices, o sigues viéndote persiguiendo nuevos objetivos? No tengo idea de calmarme en cuanto a mis aventuras, jajaja, pero sí quizás en cuanto al nivel de exigencia. De momento me encuentro muy bien, muy fuerte, motivado y con muchísimas ganas de comerme la vida, que creo que es de lo que se trata.
Escuchar a Ernesto es recordar por qué el karate no termina en el tatami. Su historia no habla solo de medallas, ni siquiera de escalada o de ostomías: habla de vida, de resistencia y de esa serenidad que solo se alcanza cuando uno ha pasado por la tormenta y ha decidido seguir.
Lo que en muchos sería un punto final, para él fue un punto y seguido. Transformó el dolor en impulso, la renuncia en reinvención, y la enfermedad en una forma distinta de medir la fuerza: no por los kilos que levantas ni por el grado que encadenas, sino por la capacidad de seguir avanzando, aunque el cuerpo y la mente digan basta.
Quizá por eso su historia inspira tanto. Porque mientras algunos ven límites, Ernesto ve un nuevo comienzo. Porque, como en la escalada, cada agarre —por pequeño que sea— es una oportunidad para subir un poco más alto.
El tatami habló alto y claro el 20 de septiembre. La Copa reunió a una mezcla perfecta de experiencia y juventud; la mayoría de los competidores y medallistas fueron españoles, pero la presencia internacional, aunque limitada, elevó el nivel y dio a la cita un punto extra de atractivo competitivo. El programa oficial y los resultados reflejan una jornada intensa y bien organizada, con dos tatamis funcionando en paralelo y finales concentradas en franjas clave.
La mañana arrancó con fuerza en las categorías sénior. En la masculina K21, Carlos Huertas Ruiz (FEK) confirmó su condición de favorito con un oro construido sobre una ejecución limpia y sin concesiones: respiración controlada, transición clara entre técnicas y precisión en el hanchan, cualidades que convencieron al jurado. En K22, Andrés Monjo Martín (Pozuelo) se impuso con un karate de acentos marcados y ritmo competitivo; en K23, Ángel Turpin Abellán (FEK) volvió a subir al peldaño más alto mostrando un repertorio técnico sólido y maduro.
La presencia extranjera dejó actuaciones para recordar y aportó contraste técnico. Giorgio Puglia (ITA) se proclamó campeón en Junior Masc K21 y Nohan Dudon (FRA) se llevó el oro en Senior Masc K12; además, medallistas como Daniele Alfonsi (ITA) o Manuel Giuge (POR) ofrecieron actuaciones que enriquecieron la comparación entre estilos y niveles. Estas incorporaciones internacionales —aunque minoritarias frente al grueso de participantes nacionales— aportaron un punto de competitividad extra que benefició al público y a los propios competidores.
En féminas sénior, la jornada confirmó el fuerte trabajo formativo que se desarrolla en el ámbito nacional. Lucía Sánchez Rosado (FEK) dominó la K21 con una ejecución sobria y efectiva; Andrea Matari Pérez (FEK) se impuso en K22 demostrando equilibrio, limpieza técnica y presencia sobre el tatami. En las categorías veteranas, nombres como Vicente Yangüez Santalla (K30) y Roberto Rodríguez Silveira (K40) aportaron criterio y experiencia, ofreciendo katas de alto componente técnico que no pasaron desapercibidas.
La cantera respondió con creces. En Benjamín-Infantil masculino, Francisco Javier Rivero García y Lucas Fernández Rodríguez se subieron al podio con actuaciones destacadas; en juveniles, competidores como Rodrigo Almazán Pradell y Nolan Biedma Vallejo mostraron seguridad, repertorios bien trabajados y la actitud competitiva necesaria para progresar. Esa mezcla de calma competitiva y preparación técnica augura un relevo generacional prometedor.
Las pruebas por equipos fueron uno de los platos fuertes para el público. FCMKDA 3 se impuso en Senior Mixto K21 con una sincronía y limpieza que funcionaron como espectáculo; Pozuelo confirmó su potencial colectivo acumulando medallas y diplomas en varias categorías. Las formaciones por equipos, además de ser visualmente llamativas, mostraron coordinación y planificación y ofrecieron a los espectadores los momentos más celebrados de la jornada.
Técnica, emoción y disciplina fueron los ejes de una cita que, en su conjunto, dejó sensaciones positivas. Los competidores mostraron respeto por el reglamento y por el espíritu competitivo; los podios ofrecieron nombres consolidados y nuevas promesas. Las finales, concentradas en horarios estratégicos, permitieron al público vivir la intensidad de las últimas rondas y a los clubes medir el estado de su trabajo técnico.
La Copa del 20 de septiembre funcionó como una buena carta de presentación: alto nivel técnico, cantera con proyección y una pincelada internacional que enriqueció el balance final. Para seguir creciendo es necesario mantener la calidad en la organización, potenciar la difusión de imágenes y entrevistas y cuidar la experiencia de competidores y público para que eventos como este ganen peso mediático y atractivo para patrocinadores. Desde dojodigital.es seguiremos acompañando la temporada, ofreciendo cobertura, entrevistas y seguimiento a los nombres que han marcado la jornada.
El tatami habló con voz propia: técnica, control y carácter definieron una jornada intensa que confirmó la hegemonía de una provincia en el medallero, pero que dejó también medallistas y clubes por todo el mapa andaluz. Fue un día de katas impecables y kumites resueltos por instinto y estrategia. La competición dejó imágenes para recordar, nombres que ya suenan con fuerza y la sensación de una cantera en crecimiento.
Mañana de kata, tarde de kumite La mañana perteneció al kata. Las eliminatorias sirvieron para cribar y las finales para mostrar personalidad. En Sub-21 femenina, Abril Angulo confirmó su proyección con una salida medida, control del ritmo y precisión en cada gesto que le valieron el título. Abril demostró por qué su kata despierta atención: limpieza técnica y capacidad para dominar la final.
En junior femenino la victoria fue para Lucía Mengíbar, que mostró recursos expresivos y seguridad competitiva. En cadete femenina Ornella Rocha Pepermans impuso su criterio técnico y ocupó el escalón más alto del podio. En las categorías masculinas, Ian Álvarez Fotheringham se llevó el oro en kata cadete, Elisey Yagudin venció en kata junior y Gonzalo Rodríguez Palomo cerró la categoría Sub-21 masculina con una actuación rotunda. Esas salidas evidenciaron tanto la formación técnica de los clubes como la madurez de atletas que entrenan para competir.
Análisis por categorías en kata Sub-21 femenina: la final tuvo ritmo medido y resolución técnica. Abril Angulo impuso su experiencia y su kata ganó por claridad y estabilidad. Su triunfo es coherente con su progresión en competiciones de alto nivel y con el trabajo que viene realizando en su preparación.
Junior femenina: Lucía Mengíbar destacó por una ejecución fluida y una puesta en escena compacta. Su kata combinó precisión y una lectura del marcador que le permitió controlar la final. Cadete femenina: Ornella Rocha Pepermans confirmó la madurez de su kata y se subió al primer puesto con autoridad. En masculino, Ian Álvarez ofreció un kata cadete de gran pulso técnico y Elisey Yagudin mostró potencia y control en junior. Estos nombres marcan el nivel actual del kata andaluz y representan las apuestas técnicas de sus clubes.
Kumite: combates que encendieron al público La tarde fue de kumite y el pabellón se encendió con combates muy tácticos. En cadete femenino la categoría de -54 kg tuvo a Clara Narváez Muñoz como campeona. Clara sostuvo combates donde la lectura del rival y la precisión fueron decisivas. En -47 kg Lydia María Pareja Selas ganó con agilidad y control. En cadete masculino se vieron combates cerrados y nombres que emergen con fuerza.
En junior y Sub-21 los duelos fueron duros y los ganadores, nombres ya consolidados en el circuito regional. En Sub-21 masculino -84 kg Alejandro Jiménez Díaz confirmó su jerarquía con combates contundentes y buen uso del timing. En Sub-21 masculino +84 kg Lázaro Carretero Chira impuso su potencia y cerró la categoría con autoridad. En junior +76 kg José Medina de Miguel se alzó con el oro en una categoría de mucha intensidad. Estos triunfos no son casuales; responden a programas de preparación física y tácticos que funcionan en los clubes.
Análisis por categorías en kumite Cadete femenino -54 kg: Clara Narváez supo mantener la compostura en momentos críticos y resolvió con recursos técnicos trabajados. Cadete femenino -47 kg: Lydia Pareja se movió con rapidez y supo aprovechar los espacios. Sub-21 masculino -84 kg: Alejandro Jiménez mostró capacidad para gestionar la presión en eliminatorias largas. Sub-21 masculino +84 kg: Lázaro Carretero impuso su físico y su timing en los emparejamientos decisivos. Junior +76 kg: los combates fueron muy combativos y José Medina emergió con combates resueltos por control y contundencia. Cada una de estas categorías ofreció combates con alternativas constantes, y los vencedores supieron leer y adaptar su plan de combate en cada ronda.
Clubs que marcaron la diferencia El reparto de medallas por clubes confirma la fuerza de estructuras consolidadas. Entre los clubes con mayor presencia en el medallero están Centro Yume, Olympic Karate Marbella y CD Karate Ciudad Jardín, entidades que aportaron medallistas tanto en kata como en kumite. También destacaron clubes con programas competitivos muy trabajados: C D Wenceslao Angulo Shito Ryu sumó numerosos podios y Club Karate Kanku contó con resultados relevantes en distintas categorías. El registro por clubes muestra una distribución amplia de talento y confirma que la formación de base está bien extendida por la comunidad.
Medallistas que dejaron huella Además de los campeones ya citados, el campeonato dejó una lista larga de nombres que merecen reconocimiento por sus actuaciones. Entre los medallistas que brillaron estuvieron Brenda Cheryl Valencia, Carla Bredoux Sánchez, Ainara Sánchez García, Gustavo Valdivia Rubio, Mario López Milán, Iván Bogas Padilla, Marcos Camino Bravo, Manuel Béjar López, Noé Boutellier Soria, Helena González del Moral, Aitana Cano Ayala, Carlos Labrador Chango, Raúl Navarrete Bonilla, Sergio Rodríguez Espallardo y Alma Villanueva Montes. Cada uno aportó una salida o un combate que fue clave para su club y su delegación.
Proyección y observaciones técnicas Varios medallistas muestran el perfil buscado por los técnicos nacionales: combinación de resultados, constancia y actitud competitiva. Las categorías Sub-21 son especialmente relevantes porque marcan la transición hacia la competición absoluta. Abril Angulo y Alejandro Jiménez aparecen con la consistencia necesaria para mirar más arriba. En kata se aprecia una generación que cuida el detalle técnico sin perder expresividad. En kumite los triunfos responden cada vez más a patrones de trabajo físico y a planes de combate inteligentes implementados por los entrenadores.
Katas que se recordarán por su limpieza y kumites decididos por la estrategia y el corazón. La hegemonía en el medallero responde a la fortaleza de clubs consolidados, pero la lista de medallistas demuestra que el talento está repartido y que la cantera andaluza tiene nombres con proyección. Lo que queda por delante es una oportunidad: aprovechar el trabajo que se ve en el tatami para construir audiencias, atraer apoyos y contar mejor las historias de quienes suben al podio.
El día que me pusieron el cinturón negro no fue la culminación cinematográfica que había imaginado: no hubo vítores, ni un trofeo brillante que justificara todo el camino. Hubo un silencio distinto, un intercambio de miradas con el sensei y la sensación —extraña, profunda— de que aquello no cerraba nada: abría una puerta. Fue en ese instante cuando entendí que el cinturón negro no era el final del trayecto, sino el punto de partida de un aprendizaje más serio y, a la vez, más humilde.
Cuando la meta se descubre como principio
Hasta entonces, como a tantos, me habían vendido la idea de que el cinturón negro era una meta: un objetivo a tachar de la lista. Y sí, obtenerlo tiene un valor enorme —visualiza esfuerzo, constancia y una colección de pequeñas derrotas superadas—, pero al ponértelo te das cuenta de algo inesperado: ya conoces lo básico para empezar a aprender kárate de verdad. Es el momento en el que el sentidoi puede dejar de corregirte los fundamentos y empezar a hablar contigo de ángulos, intención y bunkai; el momento en que puedes juntarte con otros cinturones negros y mantener una conversación fluida sobre principios que antes parecían abstracción.
Káratedō es un camino que no termina. Se adapta a cada etapa de la vida: cuando eres joven te atraen la velocidad y el combate; más adelante, la profundidad técnica o la relación corporal; y en la madurez, el significado del gesto y la transmisión a otros. Los cinturones sirven para visualizar trayectos —son mapas de hitos—, pero no deberían confundirse con el ego. Un cinturón no te hace mejor persona; te pone frente a la responsabilidad de seguir aprendiendo sin falsa superioridad.
Aprender a ver más allá de la técnica
Después de alcanzar el negro, lo que cambia no es solo tu capacidad técnica, sino la naturaleza de tus preguntas. Antes preguntabas: “¿cómo se hace?”; ahora preguntas: “¿por qué se hace así?” y “¿qué significa esto en combate real?”. La conversación en el dojo se vuelve más rica: se habla de timing, de intención, de economía del movimiento. Y esa conversación exige humildad, porque cuanto más sabes, más errores detectas en tu propio gesto.
La relación con otros karatekas también cambia. Con los compañeros de cinturón marrón o negro se generan debates amables, encuentros para pulir detalles y la posibilidad de explorar aplicaciones reales de las katas (bunkai). Aprender a hablar de kárate es casi tan importante como aprender a practicarlo.
Consejos prácticos para quien empieza (y para quien se queda)
Si estás pensando en ponerte un karategi mañana, aquí van pasos concretos para no perderte en el camino:
Prioriza la constancia sobre la intensidad. Dos entrenamientos semanales constantes valen más que cinco semanas intensas y luego abandono.
Trabaja lo básico hasta que no duela hacerlo mal. Postura, respiración, guardia: repítelos como si fueran la base del edificio.
Busca un sensei que corrija con paciencia, no con teatralidad. La calidad de la enseñanza marca el 70% del progreso.
Entrena con compañeros más fuertes y con los que son menos hábiles. Te enseñan cosas distintas.
Cuida el cuerpo: prevén lesiones con movilidad, fortalecimiento y descanso; nadie progresa mucho con una lesión mal curada.
No compres lo primero que brilla. Un karategi sencillo y cómodo funciona; invierte en técnica antes que en material caro.
Grábate ocasionalmente. El vídeo es un espejo infalible: te muestra lo que crees que haces y lo que haces en realidad.
Enseña pronto. Explicar una técnica es la manera más rápida de descubrir lo que no entiendes.
La trampa del ego y la tentación de la etiqueta
Un riesgo real es confundir el cinturón con la autoridad absoluta. He visto cinturones negros que hablan desde la superioridad, y cinturones blancos que transmiten con más humildad. El verdadero valor de un negro se mide en su disposición a mantener la curiosidad y a ayudar al que empieza. Si buscas el cinturón para sumar likes o prestigio, habrás malinterpretado el ejercicio: la esencia está en el trabajo diario, no en la hebilla.
¿Y los patrocinadores? ¿Qué pueden aportar?
Para que el kárate crezca y llegue a más gente, necesitamos alianzas coherentes: escuelas locales que financien programas de iniciación; marcas de karategi que ofrezcan material asequible para la cantera; patrocinadores que impulsen jornadas de puertas abiertas y becas para familias con menos recursos. Un patrocinio bien planteado no compra protagonismo; amplifica acceso. Si una empresa aporta equipamiento y visibilidad, el dojo puede ofrecer más plazas, proyectos escolares y eventos que atraigan público.
Para cerrar: una invitación sencilla
Si aún dudas si entrar al dojo mañana, te lo digo sin filtros: no vas a convertirte en nadie en una semana. Pero entrarás a un lugar donde aprenderás a sostenerte cuando las cosas fallen, a escuchar sin juzgar y a mejorar con paciencia. Ponte el karategi, respira y quédate en la clase. Si el camino es para ti, lo sabrás en la tercera sesión; y si no, al menos habrás probado algo que muchos no se atreven.