Hay libros que enseñan a golpear y hay libros que enseñan a mirar. Karate Invisible — Más allá del tatami, de Álvaro Higueras, pertenece a esta segunda categoría: la de las obras que invitan a detenerse, respirar y recordar por qué empezamos este camino.
Desde la primera página, el autor deja claro que no pretende hablar de técnicas ni de katas, sino del espíritu que da sentido a todo lo demás. Su propuesta es devolverle al Karate-Do su dimensión más profunda: la del Budo entendido como vía de autoconocimiento, educación y equilibrio. Es un texto que suena como una conversación entre maestro y alumno cuando el dojo ya está vacío.
El libro se divide en tres grandes partes —Entender el Camino, El Dojo Kun como brújula ética y Karate-Do para todos—, aunque en realidad todo él funciona como una única reflexión: cómo llevar el Karate más allá del tatami. La lectura avanza con calma y coherencia, sin necesidad de artificios, y su tono meditativo se siente sincero y maduro. Higueras no intenta impresionar: intenta transmitir.
Uno de los grandes aciertos del libro es la forma en que traduce los principios del Dojo Kun a situaciones reales a través de la historia de Takeshi, un joven que busca su propósito mientras enfrenta los altibajos de la vida. Esa estructura sencilla, pero llena de verdad, conecta con cualquier karateka que haya sentido la frustración, el cansancio o la duda, y haya decidido seguir entrenando igual. No hay moralejas forzadas, sino experiencias reconocibles: perseverar sin garantías, actuar con respeto incluso cuando nadie te mira, y recordar que el autocontrol es, en realidad, una forma de libertad.
A lo largo de las páginas, el autor va entrelazando términos esenciales del Karate-Do —Shin-Gi-Tai, Zanshin, Kokoro, Kaizen— con reflexiones sobre la educación, el carácter y la vida cotidiana. No son definiciones académicas, sino puentes entre la práctica marcial y la existencia diaria. Cuando Higueras describe el kata como “meditación en movimiento”, no lo hace desde la teoría: habla desde el cuerpo, desde la respiración, desde la vivencia. Se nota que ha enseñado a muchos alumnos y que cada uno le ha devuelto una lección distinta.
El texto, sin embargo, mantiene un tono muy uniforme a lo largo de toda la obra. Esa serenidad, que es uno de sus mayores valores, puede hacer que el ritmo se vuelva algo lineal en ciertos pasajes. Quizás habría ganado fuerza si se intercalaran anécdotas personales o fragmentos más vividos, pequeñas rupturas que dieran aire entre tanta calma. Pero no se trata de un fallo, sino de una elección estilística coherente con la esencia del libro: un Karate sin prisa, pero con propósito.
En ese equilibrio entre profundidad y claridad reside el encanto de Karate Invisible. No pretende ser un manual, ni una guía espiritual. Es una invitación a mirar hacia dentro. A practicar menos con los puños y más con la mente. A entender que cada gesto en el tatami tiene un reflejo fuera de él.
El mérito de Higueras está en su honestidad. No habla como gurú ni como filósofo: habla como karateka. Su escritura tiene la calma de quien ha repetido miles de veces un saludo, y todavía le encuentra sentido. No busca reinventar nada, sino recordarnos lo esencial: que el verdadero combate no está frente a otro, sino dentro de uno mismo.
Desde dojodigital.es, queremos agradecer a Álvaro Higueras por facilitarnos su obra y, sobre todo, por su esfuerzo en mantener viva la parte más invisible —y más necesaria— del Karate-Do. Su libro demuestra que la técnica puede enseñarse en meses, pero el espíritu se cultiva toda una vida.
Karate Invisible — Más allá del tatami no pretende impresionarte: pretende transformarte. Y lo consigue. Porque, como bien escribe Higueras,
“El verdadero Karate-Do no termina en el dojo; comienza cuando sales de él.”
En el curso de Entrenador Nivel 1, durante las clases de kumite con Eugenio Torres, hubo un detalle que me llamó poderosamente la atención: entre los competidores más jóvenes, abundaba un karategi que hasta entonces me era completamente desconocido.
Entre los alumnos se repetía un mismo karategi: ligero, ceñido y con un aire muy de competición. Llamaba la atención por su aspecto y por cómo se movía con ellos en cada técnica. Así que decidí preguntar. La respuesta fue unánime: “pruébalo, te va a sorprender”.
Un modelo anterior al Takyon
Conviene aclarar que el modelo que analizamos aquí no es el Punok Takyon, sino el modelo anterior, aún disponible en algunas tiendas especializadas. Se trata de una versión más básica, pero plenamente homologada por la WKF y diseñada para la competición. Su precio actual ronda los 159,99 € (un pantalón y dos chaquetas), lo que lo coloca en un rango intermedio dentro de los trajes de alto rendimiento.
Ligereza extrema sin perder firmeza
Uno de los aspectos que más destacan quienes lo han usado durante años es su ligereza. El tejido es tan fino que, como dice un compañero del curso, “parece papel de liar”. Y sin embargo, sorprende por su firmeza. No se arruga, no se desplaza al golpear y se mantiene bien ceñido al cuerpo incluso en secuencias rápidas de kizami o gyaku.
Esa sensación de “segunda piel” parece venir de una confección muy cuidada: costuras diagonales bien tensas, un corte ajustado y una estructura que, a pesar del peso mínimo, mantiene el karategi en su sitio. En kumite eso se agradece. No hay nada más incómodo que lanzar un mawashi y notar que la chaqueta se te ha ido a la espalda.
Detalles que marcan la diferencia
Otro detalle curioso está en los hombros. Punok ha reforzado esta zona con un tejido ligeramente más grueso, donde también se encuentra el logotipo de la marca. Esto, además de servir de anclaje visual, ayuda a que el karategi no se descuadre durante los movimientos. Es un pequeño acierto de diseño que recuerda a las hombreras de los uniformes antiguos, pero aplicado con discreción y sentido práctico.
El pantalón también merece mención aparte. Combina una cintura elástica con cordón simple —como un pantalón deportivo— pero con una sujeción sólida, más cercana a la de un traje de kata. Esto evita que el pantalón se desplace y mantiene la comodidad incluso en combates largos o entrenamientos intensos.
Sensaciones en el tatami
Según quienes lo usan a diario, el Punok se adapta tan bien que a veces “parece que no llevas nada”. Es suave, ligero, y al mismo tiempo ofrece una estructura que acompaña el movimiento. Eso sí, al ser tan liso, el tejido puede provocar que el nudo del cinturón se deshaga con más facilidad, algo anecdótico pero que algunos competidores han notado.
Estética y percepción
Aunque el logotipo de Punok es grande y visible, especialmente en los hombros, a los más jóvenes les encanta. Es un karategi con presencia, moderno y reconocible. Muchos niños y adolescentes sienten auténtica ilusión por ponerse “el Punok”,-nos confirma David. Algo que no suele pasar con marcas más sobrias. En ese sentido, ha logrado lo que pocas marcas consiguen: conectar con la nueva generación de karatekas.
Conclusión
El Punok Kumite (modelo anterior al Takyon) es, en pocas palabras, un traje sorprendentemente bien resuelto. Ligero, firme, cómodo y con un diseño que gusta. No es el más exclusivo ni el más técnico del mercado, pero cumple con nota alta en todos los aspectos importantes para el competidor moderno.
Agradecimiento especial a David Caravaca, competidor de kumite y compañero del curso, por prestarse como modelo y por sus aportaciones. Sin él, este análisis no habría sido posible. Su experiencia en el tatami ha sido clave para entender a fondo las sensaciones que ofrece este Punok.
Hay caminos que no se trazan con mapas, sino con sudor, disciplina y respeto. El karate —ese arte que millones practican cada día en los tatamis del mundo— nació mucho antes de tener un nombre. Nació del silencio, del miedo y de la necesidad. Y su historia, tejida entre templos chinos, islas de Okinawa y gimnasios universitarios en Tokio, es también la historia de la evolución del ser humano: de la guerra al equilibrio, del instinto a la conciencia.
Raíces antiguas: cuando el combate era supervivencia
Antes de que existiera la palabra karate, los hombres ya luchaban. En el antiguo Japón, el Kojiki —el libro más viejo de su historia— describe un duelo a mano desnuda entre dos dioses, Nomi no Sukume y Taima no Kehaia. El combate terminó con la muerte de uno de ellos de una patada. Así nació el sumo primitivo, una lucha sin reglas, sin protecciones y sin más ley que la de sobrevivir.
Siglos más tarde, en la China milenaria, los templos Shaolin se convirtieron en los centros de una disciplina que unía cuerpo y espíritu. Allí, según la leyenda, el monje indio Bodhidharma (Daruma) enseñó ejercicios respiratorios y de fortalecimiento a los monjes que no soportaban las largas horas de meditación. Aquellos movimientos —más espirituales que combativos en sus inicios— fueron la semilla de lo que después se conocería como Kenpo Shaolin, el puño del templo.
Con el tiempo, los monjes se vieron obligados a defender sus templos de bandidos y soldados, desarrollando técnicas de golpeo, proyecciones y defensa sin armas. De ahí nacieron los estilos del norte, con amplios desplazamientos, y los del sur, más cortos y potentes, característicos de la provincia de Fujian. Sería precisamente desde allí desde donde partirían las raíces que llegarían a Okinawa.
De China a Okinawa: el arte prohibido
El archipiélago de las Ryukyu, hoy prefectura japonesa de Okinawa, fue durante siglos un punto de encuentro entre culturas. Sus reyes mantenían la paz enviando tributos a China, y los emisarios chinos, al llegar, traían consigo su conocimiento marcial.
Aquellos soldados e instructores de Fujian enseñaron su arte a los isleños: el Kenpo chino, que allí se conocería como Tô-de (“mano de China”), mientras que las técnicas autóctonas recibirían el nombre de Te (“mano”). De esa fusión —la del Te y el Tô-de— nacería el germen del karate.
Pero su desarrollo no fue fruto de la curiosidad, sino de la prohibición. A comienzos del siglo XV, el rey Sho Shin prohibió portar armas a los nobles locales para mantener la paz. Doscientos años después, el clan Satsuma de Japón invadió las islas y repitió el decreto: ninguna espada, ninguna lanza, ni siquiera cuchillos grandes. Desarmados, los okinawenses transformaron herramientas agrícolas en armas —naciendo así el kobudo— y convirtieron su cuerpo en su única defensa.
Cada puño se volvió un arma. Cada respiración, una estrategia. Y cada movimiento, una forma de preservar la vida.
Los tres corazones del karate: Shuri, Naha y Tomari
Okinawa dio origen a tres escuelas fundamentales, tres formas de entender el combate que marcarían el destino del karate:
Shuri-te: la espada invisible
Nacido en la capital real, Shuri, era el estilo de los nobles guerreros. Su principal arquitecto fue Sokon Matsumura (1792-1896), maestro de maestros, conocido como Bushi Matsumura. Había estudiado en Japón la escuela de sable Jigen-Ryu, famosa por su golpe único y decisivo. De ahí heredó la idea de que un solo ataque —bien ejecutado— debía ser suficiente. De Matsumura aprendió Anko Itosu, quien simplificó y adaptó el arte para enseñarlo en las escuelas, creando los cinco katas Pinan (Heian). Su decisión transformó un arte de guerra en una herramienta de educación física y moral.
Naha-te: el aliento de la grulla blanca
En la ciudad portuaria de Naha, Kanryo Higaonna viajó a China para estudiar durante quince años los secretos del boxeo del sur. Aprendió el Hakutsuru Ken, el boxeo de la grulla blanca, y lo adaptó al cuerpo y espíritu okinawense. Su discípulo Chojun Miyagi sintetizó sus enseñanzas en un estilo equilibrado entre la dureza (Go) y la suavidad (Ju): el Goju-Ryu. Miyagi no solo creó nuevos katas como Tensho o Gekisai Dai Ichi, sino que dio al karate una identidad espiritual profunda. “Todo en el universo respira duro y suave”, decía. Así bautizó su escuela: Goju-Ryu, “lo duro y lo suave”.
Tomari-te: el puente entre dos mundos
En el pueblo de Tomari surgió un estilo que mezclaba lo mejor de los otros dos. Sus maestros, como Kosaku Matsumora o Chotoku Kyan, refinaron katas como Sochin, Niseishi y Unshu. Este estilo, aunque menos conocido, fue decisivo para el desarrollo de la fluidez y la elegancia en el karate posterior.
La expansión: del secreto al mundo
Durante siglos, el karate fue un arte secreto. Los maestros enseñaban de noche, en patios cerrados, solo a unos pocos alumnos. Las técnicas se transmitían en los katas, secuencias que guardaban el conocimiento prohibido bajo apariencia de danza.
Todo cambió con Anko Itosu. En 1901 logró introducir el karate en las escuelas públicas de Okinawa. Aquel gesto fue revolucionario: el arte que había nacido en la clandestinidad se convirtió en materia educativa.
Entre sus alumnos había un hombre delgado, culto y disciplinado que cambiaría para siempre la historia del karate: Gichin Funakoshi.
Funakoshi y el viaje a Japón
Funakoshi (1868–1957) estudió con Itosu y con Anko Azato. Maestro de escuela y poeta, combinó el arte marcial con la filosofía confuciana. En 1922, fue invitado a Tokio por Jigoro Kano, fundador del judo, para realizar una demostración en el Kodokan. Aquella exhibición dejó a todos impresionados: Kano vio en el karate un arte con valor educativo y espiritual.
Funakoshi decidió quedarse en Japón, donde fundó su dojo “Shoto-kan” —literalmente, la casa del ondear de los pinos, su seudónimo poético era “Shoto”—. De ese nombre nació el estilo más difundido del planeta: el Shotokan.
Su hijo Yoshitaka evolucionó la técnica, alargando las posiciones y dando potencia a los movimientos. Más tarde, la Japan Karate Association (JKA), bajo la dirección de Masatoshi Nakayama, codificó el estilo e impulsó su expansión mundial. De sus filas saldrían figuras legendarias como Kase, Enoeda, Shirai y Okazaki, que llevarían el karate a Europa y América.
El florecimiento de los estilos
Mientras Funakoshi consolidaba el Shotokan, otros discípulos siguieron su propio camino:
Kenwa Mabuni (1889–1952), alumno de Itosu y Higaonna, combinó la fuerza del Shuri-te con la fluidez del Naha-te, creando el Shito-Ryu, un estilo con un repertorio técnico vasto y una gran precisión. Su nombre honra a sus maestros: “Shi” de Itosu y “To” de Higaonna.
Hironori Otsuka (1892–1982), que además era maestro de jujutsu, fundó el Wado-Ryu, un estilo basado en la armonía (Wa) y la evasión, donde la suavidad vence a la rigidez.
Shigeru Egami (1912–1981), fiel discípulo de Funakoshi, creó el Shotokai, conservando la pureza filosófica del maestro y rechazando la competición. En su visión, el karate no era una lucha entre dos personas, sino un diálogo entre dos energías.
De estas escuelas nacería el karate moderno, dividido en estilos pero unido por una misma raíz espiritual.
Karate-do: el camino del espíritu
El karate no se entiende sin su filosofía. Antes de cada clase, los practicantes se sientan en silencio, cierran los ojos (mokuso) y saludan. No es un gesto vacío, sino un ritual de respeto. El saludo (rei), la reverencia al kamiza (el altar del dojo), la limpieza del tatami, todo forma parte del entrenamiento.
En el corazón del dojo resuenan los cinco preceptos del Dojo Kun:
Hitotsu: Jinkaku kansei ni tsutomuru koto. Primero: perfeccionar el carácter. Hitotsu: Makoto no michi o mamoru koto. Primero: ser fiel y sincero. Hitotsu: Doryoku no seishin o yashinau koto. Primero: esforzarse siempre. Hitotsu: Reigi o omonjiru koto. Primero: respetar a los demás. Hitotsu: Kekki no yu o imashimuru koto. Primero: contener la violencia.
No hay segundos ni terceros preceptos: todos son “primero”, porque todos son igual de esenciales. Así se educa el carácter del budoka.
Del arte marcial al deporte
Tras la Segunda Guerra Mundial, el karate se extendió por todo el mundo. Los soldados estadounidenses destinados en Okinawa lo aprendieron y lo llevaron a su país. En los años 60, el cine y los campeonatos lo popularizaron aún más, pero también lo transformaron.
La aparición de la competición deportiva separó en parte el karate-do (camino marcial) del karate deportivo. En el kumite, se buscó la velocidad, el punto y la espectacularidad. En el kata, la estética y la precisión. Pero las técnicas más peligrosas del arte original fueron prohibidas por seguridad.
El karate seguía vivo, pero con dos rostros: uno, orientado a la superación personal; otro, al rendimiento competitivo.
Como escribió el propio Funakoshi:
Si el karate se convierte en una competición con protecciones, ya no será karate, será otra cosa.”
Y sin embargo, el espíritu permanece. En cada torneo, en cada kata ejecutado con respeto, aún late algo de aquel viejo secreto okinawense.
El karate hoy: tradición y evolución
Hoy, el karate se practica en más de 190 países. Está presente en los Juegos Olímpicos, en federaciones nacionales, en dojos humildes y en templos de alta competición. Pero más allá de medallas y reglamentos, el karate sigue siendo una vía de formación interior. Su práctica enseña control, humildad y equilibrio.
Cada generación lo reinterpreta: algunos vuelven a las raíces del budo; otros exploran su potencial deportivo; otros lo mezclan con ciencia, pedagogía o meditación. Pero todos comparten algo: el eco del saludo final, ese oss que encierra respeto, esfuerzo y gratitud.
El legado del puño vacío
El karate nació sin nombre y sin armas. Se forjó en la oscuridad, resistió prohibiciones y viajó a través de mares y siglos. De los monjes de Shaolin a los campesinos de Okinawa, de Funakoshi a los campeones actuales, todos buscaron lo mismo: dominarse a sí mismos antes de dominar a otros.
Por eso, cuando un karateka saluda antes de empezar, no está repitiendo un gesto antiguo: está honrando una historia milenaria.
Y en ese instante, el pasado y el presente se encuentran… …en el silencio del dojo.
Ernesto y yo compartimos muchas cosas en común: el amor por el karate, la pasión por la escalada y, también, algo mucho menos visible pero que marca profundamente la vida de quienes lo padecen: una enfermedad inflamatoria intestinal. En mi caso es Crohn, en el suyo Colitis Ulcerosa. A muchos estos nombres os sonarán a chino, pero son realidades que condicionan la vida de quienes las sufrimos.
En el caso de Ernesto, lejos de pararle, esa condición le ha empujado a reinventarse. Aunque sigue vinculado al mundo del karate, se ha volcado en la escalada, uno de los deportes más duros que existen, pero también de los que más satisfacciones regalan: esfuerzo puro convertido en adrenalina y endorfinas.
Quienes convivimos con este tipo de enfermedades sabemos bien lo que implican, y quizás por eso admiramos todavía más lo que Ernesto hace cada día. Porque él no solo se mide con la roca: inspira. Y eso lo convierte en un HÉROE, en mayúsculas.
Hoy hablamos con él de karate, escalada, su enfermedad y de cómo se ha convertido en un ejemplo a seguir para muchos de nosotros.
1. Ernesto, llevas 25 años vinculado al karate y llegaste a ser subcampeón de España junior, bronce en ligas nacionales y hasta preselección mundial. ¿Cómo recuerdas esa etapa competitiva y qué aprendizajes arrastras todavía hoy? Como tú bien sabrás, los momentos de pódium, títulos y medallas son muy dulces, pero en la competición, como en la vida, también hay altibajos que hay que aprender a gestionar y saber encajar. La competición es muy bonita, pero también desgasta. A día de hoy agradezco haber podido competir y hacerlo a ese nivel, ya que considero que parte de la persona que soy hoy en día es gracias a la competición y al karate. En cuanto a los aprendizajes, han sido tantos… Sobre todo aprendí a no rendirme: aplicado en ese momento a la competición y, en general, a la vida cuando todo son palos y malas noticias.
2. El brote fuerte y la cirugía marcaron un antes y un después en tu vida. ¿Cómo viviste el momento en el que la ostomía entró en escena y cómo cambió tu manera de ver el deporte? He de decir que no fue fácil el hecho de apartarme de la competición y tener que dejar de practicar karate. Para mí ha sido mi vida y no concebía el hecho de entrenar y no poder volver a competir. Fue algo duro, pero también bonito. Ahora enfoco el deporte desde el punto de vista del disfrute y para buscar mi límite tanto físico como mental, pero quitándome de presiones innecesarias.
3. ¿Crees que todo lo aprendido durante tu etapa como karateka —la disciplina, la constancia, la capacidad de sacrificio— te ha servido para afrontar las dificultades relacionadas con tu salud y la ostomía? Por supuesto. Los valores del karate han sido indispensables para afrontar este proceso y para mi vida en general. Aprendes a relativizar los problemas y a resolverlos de una mejor manera, así como a gestionar mejor tus emociones.
4. Muchas personas con enfermedades inflamatorias intestinales sienten un gran miedo cuando escuchan la palabra “ostomía”. ¿Qué mensaje les darías a quienes lo ven como lo peor de la enfermedad? Creo que mucha gente lo asimila como lo peor por el hecho de que es una amputación, algo en muchos casos irreversible y muy agresivo. Pero les diría que si han soportado el dolor, el sangrado constante, las esperas y la desesperación de probar multitud de tratamientos con la esperanza de que funcionen, con la ostomía lo tendrán mucho más fácil después de la aceptación y el postoperatorio. La vida es más tranquila, sin dolores, sin incertidumbres, y para nada es el final: más bien es el principio de una nueva y mejor vida.
5. A pesar de cerrar la etapa de competición, sigues vinculado al karate como coach, árbitro y organizador. ¿Qué significa para ti seguir conectado al tatami desde otros roles? El karate ha significado mi vida y ha hecho de mi persona la persona que soy hoy en día. Le debo tanto que, ni aunque quisiera, podría desvincularme. Me continúa apasionando y emocionando, y me encanta poder seguir aportando a futuras generaciones los conocimientos que he podido adquirir de mis entrenadores y compañeros durante todos estos años.
6. ¿Cómo descubriste la escalada y qué te llevó a iniciarte en un mundo que, aunque a primera vista parece muy distante al karate, comparte muchos de sus valores y filosofía? Desde pequeño he trepado árboles, paredes y algún que otro edificio. Quizás, de alguna manera, era el deporte por el que mi cuerpo se sentía atraído. Siempre he visto a escaladores en alguna ruta de senderismo que he hecho y me he dicho: “algún día estaré ahí”. Creo que era algo que tenía innato y solo hacía falta que pasara algo así para hacerlo posible.
7. Dentro de la escalada hay diferentes modalidades (deportiva, bloque, clásica…). ¿Cuál practicas tú y cuál es la que más disfrutas? Empecé haciendo bloque, ya que en rocódromo es la modalidad que más se practica. Me empezó a llamar mucho la atención la escalada deportiva (con cuerda y en paredes más altas), que generalmente se realiza en la montaña. Puede que esta última sea con la que más cómodo me siento, ya que además de escalar entran en juego la altura y el riesgo, otras dos variantes con las que me encanta estar en contacto. Así que ahora estoy centrado en eso y en sentirme poco a poco lo más cómodo posible.
8. ¿Qué similitudes y diferencias encuentras entre el karate y la escalada a la hora de enfrentarte a un reto? En deportes de alto rendimiento, el trabajo duro, el sacrificio y la preparación tanto física como mental se comparten. Quizás en la escalada, al menos en la deportiva, la preparación psicológica tiene mayor peso y es determinante a la hora de poder encadenar vías más largas o de mayor grado, por el factor del pánico o miedo a la altura o a confiar en apoyos muy pequeños tanto de manos como de pies. Diría que es uno de los mayores problemas a la hora de subir de grado en la escalada. Por otro lado, el karate tiene un factor bastante determinante que no depende de nosotros mismos —el arbitraje y el adversario al que nos enfrentamos—, mientras que en la escalada todo depende de nosotros mismos, algo que me atrae mucho más de este deporte.
9. Has fijado un objetivo muy claro: convertirte en la primera persona ostomizada del mundo en encadenar un 8a en escalada deportiva. ¿De dónde nace esa ambición y cómo estás estructurando el camino para llegar ahí? Empecé en la escalada como cuando empiezo en cualquier deporte: por lo atractivo del propio deporte, sin dejar de disfrutar, pero también para poder superarme a mí mismo y encontrar mi límite. Un límite que poco a poco me he dado cuenta de que está mucho más allá de lo que creía. Sé que soy capaz. Me estoy esforzando mucho y, si las lesiones y circunstancias me respetan, lo conseguiré encadenar. No tengo prisa: es un objetivo a largo plazo, ya que es un grado muy duro y bastante complicado de alcanzar para cualquier escalador. Así que ahora simplemente estoy escalando más y mejor cada día, intentando absorber todo lo que puedo de mis compañeros más experimentados y esforzándome día a día, llevando mi cuerpo a ese límite.
10. Ahora mismo estás en proyectos de 7b/7b+, con la mirada puesta más arriba. ¿Cómo entrenas y gestionas los días buenos y los días malos, física y mentalmente? Evidentemente mi realidad es totalmente distinta a la de una persona sana al 100%. Hay días en los que simplemente levantarme de la cama se hace un mundo. El cansancio extremo, mi cabeza luchando contra mi cuerpo para poder continuar… pero se hace complicado. Esos días simplemente los dejo pasar, no lucho contra ello. Hay que descansar y aceptarlo. Hay días en la montaña de frustración, pero rápidamente lo redirijo hacia algo constructivo: en vez de una derrota, es un aprendizaje. Aprendizaje para estructurar mis entrenamientos de otra manera o saber dónde está mi límite físico. Al fin y al cabo, de todo se aprende y se mejora. Si ese día no se puede, mañana será mejor. Lo único que tengo claro es que no voy a abandonar.
11. Has mencionado que no quieres perder el componente de diversión. Después de tantos años de competir, ¿cómo equilibras esa búsqueda del límite con disfrutar del proceso? Simplemente mantengo constantemente esa idea en mi cabeza: es momento de no machacarse y de divertirse, pero no solo en la roca, sino también en la vida.
12. A nivel personal, ¿qué te está enseñando esta etapa de tu vida que no te enseñó la alta competición? Que hay que disfrutar de cada día como si fuese el último, porque literalmente puede serlo. Que hay que preocuparse menos por ciertos “problemas” que en realidad no lo son y que debemos intentar quitarnos presión de encima, porque sin esa presión muchas veces actuamos o competimos mucho mejor.
13. Muchos karatekas y deportistas pasan por lesiones, operaciones o momentos duros donde piensan en dejarlo. ¿Qué mensaje les darías tú desde tu experiencia? Simplemente que hay veces que tenemos unos planes, pero que la vida tiene otros distintos para nosotros y hay que aceptarlos. Hay que enfocarlo todo desde otra perspectiva para poder recuperarnos y continuar, sin pensar en por qué ha pasado o qué nos ha podido quitar.
14. Para terminar, ¿cómo te imaginas en unos años? ¿Más calmado, como dices, o sigues viéndote persiguiendo nuevos objetivos? No tengo idea de calmarme en cuanto a mis aventuras, jajaja, pero sí quizás en cuanto al nivel de exigencia. De momento me encuentro muy bien, muy fuerte, motivado y con muchísimas ganas de comerme la vida, que creo que es de lo que se trata.
Escuchar a Ernesto es recordar por qué el karate no termina en el tatami. Su historia no habla solo de medallas, ni siquiera de escalada o de ostomías: habla de vida, de resistencia y de esa serenidad que solo se alcanza cuando uno ha pasado por la tormenta y ha decidido seguir.
Lo que en muchos sería un punto final, para él fue un punto y seguido. Transformó el dolor en impulso, la renuncia en reinvención, y la enfermedad en una forma distinta de medir la fuerza: no por los kilos que levantas ni por el grado que encadenas, sino por la capacidad de seguir avanzando, aunque el cuerpo y la mente digan basta.
Quizá por eso su historia inspira tanto. Porque mientras algunos ven límites, Ernesto ve un nuevo comienzo. Porque, como en la escalada, cada agarre —por pequeño que sea— es una oportunidad para subir un poco más alto.
El tatami habló alto y claro el 20 de septiembre. La Copa reunió a una mezcla perfecta de experiencia y juventud; la mayoría de los competidores y medallistas fueron españoles, pero la presencia internacional, aunque limitada, elevó el nivel y dio a la cita un punto extra de atractivo competitivo. El programa oficial y los resultados reflejan una jornada intensa y bien organizada, con dos tatamis funcionando en paralelo y finales concentradas en franjas clave.
La mañana arrancó con fuerza en las categorías sénior. En la masculina K21, Carlos Huertas Ruiz (FEK) confirmó su condición de favorito con un oro construido sobre una ejecución limpia y sin concesiones: respiración controlada, transición clara entre técnicas y precisión en el hanchan, cualidades que convencieron al jurado. En K22, Andrés Monjo Martín (Pozuelo) se impuso con un karate de acentos marcados y ritmo competitivo; en K23, Ángel Turpin Abellán (FEK) volvió a subir al peldaño más alto mostrando un repertorio técnico sólido y maduro.
La presencia extranjera dejó actuaciones para recordar y aportó contraste técnico. Giorgio Puglia (ITA) se proclamó campeón en Junior Masc K21 y Nohan Dudon (FRA) se llevó el oro en Senior Masc K12; además, medallistas como Daniele Alfonsi (ITA) o Manuel Giuge (POR) ofrecieron actuaciones que enriquecieron la comparación entre estilos y niveles. Estas incorporaciones internacionales —aunque minoritarias frente al grueso de participantes nacionales— aportaron un punto de competitividad extra que benefició al público y a los propios competidores.
En féminas sénior, la jornada confirmó el fuerte trabajo formativo que se desarrolla en el ámbito nacional. Lucía Sánchez Rosado (FEK) dominó la K21 con una ejecución sobria y efectiva; Andrea Matari Pérez (FEK) se impuso en K22 demostrando equilibrio, limpieza técnica y presencia sobre el tatami. En las categorías veteranas, nombres como Vicente Yangüez Santalla (K30) y Roberto Rodríguez Silveira (K40) aportaron criterio y experiencia, ofreciendo katas de alto componente técnico que no pasaron desapercibidas.
La cantera respondió con creces. En Benjamín-Infantil masculino, Francisco Javier Rivero García y Lucas Fernández Rodríguez se subieron al podio con actuaciones destacadas; en juveniles, competidores como Rodrigo Almazán Pradell y Nolan Biedma Vallejo mostraron seguridad, repertorios bien trabajados y la actitud competitiva necesaria para progresar. Esa mezcla de calma competitiva y preparación técnica augura un relevo generacional prometedor.
Las pruebas por equipos fueron uno de los platos fuertes para el público. FCMKDA 3 se impuso en Senior Mixto K21 con una sincronía y limpieza que funcionaron como espectáculo; Pozuelo confirmó su potencial colectivo acumulando medallas y diplomas en varias categorías. Las formaciones por equipos, además de ser visualmente llamativas, mostraron coordinación y planificación y ofrecieron a los espectadores los momentos más celebrados de la jornada.
Técnica, emoción y disciplina fueron los ejes de una cita que, en su conjunto, dejó sensaciones positivas. Los competidores mostraron respeto por el reglamento y por el espíritu competitivo; los podios ofrecieron nombres consolidados y nuevas promesas. Las finales, concentradas en horarios estratégicos, permitieron al público vivir la intensidad de las últimas rondas y a los clubes medir el estado de su trabajo técnico.
La Copa del 20 de septiembre funcionó como una buena carta de presentación: alto nivel técnico, cantera con proyección y una pincelada internacional que enriqueció el balance final. Para seguir creciendo es necesario mantener la calidad en la organización, potenciar la difusión de imágenes y entrevistas y cuidar la experiencia de competidores y público para que eventos como este ganen peso mediático y atractivo para patrocinadores. Desde dojodigital.es seguiremos acompañando la temporada, ofreciendo cobertura, entrevistas y seguimiento a los nombres que han marcado la jornada.